Me pregunta un amigo cuáles son los rasgos distintivos de un cristiano. Supongo que la pregunta es cuáles debían ser. O hablando con más propiedad, ¿en qué se debe notar que alguien es seguidor de Jesús y no un mero bautizado?.

A mi entender, la distinción radical no se da entre los que se dicen creyentes y los que no. Ni los que se afirman creyentes actúan igual, ni los que se confiesan no creyentes tampoco. La línea roja divisoria se da entre los que sólo se preocupan de sí mismos, buscando su propio estar-bien a toda costa y los que viven actuando favor de los demás, especialmente de los más desfavorecidos.

Entre los primeros que bien pueden llamarse ególatras, hay los que proclamándose creyentes, reducen su vida religiosa al cumplimiento de unos ritos religiosos, sin apenas efectos de los mismos en el resto de sus vidas. Y haylos tan abundantes como los primeros, los que niegan cualquier adscripción religiosa y sólo adoran también su propio ego.

Al otro lado de esa línea están quienes ha optado por vivir con exigencias de servir al bien común, siendo capaces de sacrificar sus pequeñas apetencias por esa Causa de mejora de sus semejantes. En estas tareas se encuentran juntos, codo con codo, creyentes y no creyentes. Si no lo manifiestan, ¿hay algo que pueda distinguirlos?.

Decía el admirado Galeano que la caridad se ejerce desde una posición de superioridad, mientras que la solidaridad denota una relación igualitaria. Discrepo: lo que él llama caridad creo que es filantropía. Desde arriba se arrojan migajas a los desposeídos, para calmar la conciencia y… poner un parche al sistema, aplacando el ansia de revancha de sus víctimas.

La caridad es otra cosa, mucho más radical. Para empezar se ejerce desde abajo, simbólicamente diríamos arrodillados ante los necesitados, pues en ellos se encuentra el mismo Cristo. Y no empieza por repartir bienes materiales, sino por sanar su dignidad herida. Reconocerles su nombre personal, que dejen de ser unos don-nadie. Por eso, la caridad debe comenzar por las más próximos, abriéndose luego sin exclusiones.

¿Puede suponerse que el ejercicio de la caridad sea algo privativo de los creyentes?. Desde luego que no. Todos conocemos personas que, sin apelaciones a la trascendencia, la practican y nos sirven de ejemplo.

Pero la caridad sería incompleta si no alcanzase también también la lucha por la justicia. Una ética, verdaderamente humana, abarca ambas vertientes: la del cuidado, sanadora de las llagas de los sufrientes, y la de la resistencia al mal estructural en la búsqueda de otra sociedad, responsable ante los seres presentes, las generaciones futuras y la Casa Común. En otras palabras: libertad e igualdad enhebradas por la fraternidad.

Como en esas tareas conjuntas coinciden quienes se dicen creyentes y quienes no, la pregunta inicial sigue en pié: ¿Hay rasgos distintivos entre ambos?. Los auténticos seguidores de Jesús tienen una motivación profunda: la Vida y mandato de su Maestro: Amaos los unos y los otros, con un corolario expreso, ser portadores de la Paz y el Perdón que su Amor Resucitado nos dejó. Y una Esperanza profunda: hay otra vida, después de ésta en la que el Dios de los vivos no dejará a las víctimas de la historia sin su reivindicación definitiva.

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