Ya decía Zubiri que el ser humano posee una inteligencia sentiente. Que la poseamos no quiere decir que la usemos o que hayamos aprendido a usarla. Dicho a la llana, el filósofo quería decir que nuestra inteligencia para captar la realidad ha de acompañarse del sentimiento. Mente y corazón han de actuar conjuntamente. Si se da el divorcio, si la fría inteligencia actúa sóla o, por el contrario, caemos en un fácil sentimentalismo, no podremos apreciar la realidad.

Cuando ocurre un hecho trágico y de enorme resonancia, como los atentados terroristas, no podemos dejarnos arrastrar por consignas repetidas desde altavoces poderosos y caer en irracionales reacciones. Se impone el silencio para que avancemos en el análisis crítico, sin perjuicio de solidarizarnos con las desgraciadas víctimas y sus familiares. Condolernos, transmitir el apoyo tierno y eficaz brota de cualquier corazón biennacido. ¿Pero es suficiente esto?. ¡Y ojo con no caer en la solidaridad selectiva, como denuncia Monseñor Agrelo!: dolernos cuando los asesinados son los nuestros -europeos, occidentales-y cerrar los ojos y los oídos, cuando las víctimas son asiáticas, africanas o latinoamericanas.

No basta, no, con dolernos horrorizados, condenar los hechos y gritar bravuconamente no tenemos miedo. Porque si nos limitamos a eso, enseguida nos distraeremos con cualquier otra cosa, para evadirnos… O responder agresivamente, pidiendo la pena de muerte, el ojo por ojo, mano dura sin contemplaciones.

Sí, el silencio es necesario para analizar críticamente estos sucesos sangrientos. Y dejar que las preguntas broten, ¿por qué?, ¿cuáles son sus causas?. Lo fácil es atribuirlos a una sola. Fácil, ramplón, y totalmente parcial. Las anteojeras de los prejuicios ideológicos y emocionales nos pueden llevar a esa simplificación que nos ahorra la profundización.

Un lúcido artículo del jesuíta Jaume Flaquer señala un conjunto de causas, directas e indirectas: políticas, sociales, económicas, religiosas, psicológicas. Despreciar alguna es condenarse a no ver la realidad en su conjunto.

Hay causas políticas: el trato colonial infligido por potencias occidentales, a países como, por ejemplo, Palestina, Irak, Afganistán. Las guerras provocadas por ellas para extender su influjo geoestratégico.

Causa sociales: la creciente desigualdad social tanto en el tercer mundo como en el desarrollado.

Causas económicas: Se ha convertido el enriquecimiento sin límites y rápido en ídolo de la actual sociedad. La mayor parte de sus recursos pertenecen a esa economía de casino que no busca satisfacer necesidades humanas. Tiene un carácter virtual a golpe de clic que juega con las divisas y con los mercados de futuros. El control del petróleo, la producción y tráfico de armas, la droga, la trata de blancas y los paraísos fiscales constituyen los otros ejes del neoliberalismo global.

Religiosas: su empleo para extender el odio y discriminar a quienes no la practican según su interpretación más rígida. ¿Qué religión puede decir que antes o incluso ahora no ha incurrido en ello?.

¿Podríamos olvidarnos de las causas psicológicas?. Si jóvenes criados en los mismos ambientes, con los mismos credos y formación no caen en las tentaciones terroristas, ¿qué trastornos biológico-cognitivo-emocionales lleva a otros a radicalizarse rápidamente y a decidir que morir matando es el destino que quieren dar a sus vidas?.

El carácter global del terrorismo indica a las claras que para enfrentarse a él los estrechos límites de los Estados nacionales son radicalmente insuficientes. Lo mismo que ante el desafío de las poderosas multinacionales nada valen las anticuadas soberanías nacionales y son necesarios poderes a una escala superior, capaces de arrostrar esos formidables enemigos. De la escasa coordinación de los servicios secretos de los distintos países se aprovecha el terrorismo. ¡Si no están muchas veces enfangados en sus cloacas conectadas con ciertas ramificaciones terroristas!.

Por eso, el terrorismo tiene unos responsables directos:

*los autores materiales de los mismos.

*los autores intelectuales que dirigen y coordinan los atentados.

*los fanáticos imanes salafistas que predican esa perversión del Islam.

Y unos responsables indirectos:

*los poderes políticos que han creado y mantienen situaciones de opresión para muchos pueblos y negocian con el tráfico de armas.

*los directivos de grandes bancos e instituciones financieras que blanquean el dinero con los que se sufragan los gastos del terrorismo.

Y hay colaboradores necesarios:

*los gobiernos que dan cobertura a esos negocios criminales.

*los medios de comunicación que con su sensacionalismo ayudan a incrementar el pavor que quieren producir los terroristas.

*los partidos políticos que se aprovechan de estas tragedias para alimentar su ideología xenófoba e incrementar su clientela con el odio.

*los electores que con sus votos mantienen a gobiernos que permiten el tráfico de armas y declaran secreto de Estado las que vende su propio país y las empresas que se dedican a este negocio criminal.

Y son -somos- colaboradores indirectos los consumidores que aceptamos las reglas del neoliberalismo y compramos bienes producidos a costa de Derechos Humanos y de la Casa Común.

¿En qué categoría incluiremos a los pasotas?. Aquellos que pasan de la política, se limitan a vivir ciegamente y que cuando ocurre alguna de estas tragedias, echarán alguna lagrimita, se niegan a entrar en silencio interior para plantearse, desde su conciencia, por qué se producen. Que nada turbe su plácida modorra existencial es el único propósito de su vida.

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