Siempre hubo emprendedores. Aunque ahora se nos quiera presentar como el momento histórico en que van a surgir o están surgiendo por primera vez. Publicistas, políticos, pedagogos subrayan la necesidad y la importancia del fenómeno emprendedor y lo presentan como la panacea ante esta megacrisis. No existiría la misma especie humana, si unos prehomínidos emprendedores, antepasados nuestros, no se hubieran atrevido a bajar de los árboles, a empezar a caminar erguidos y a otear el horizonte en busca de alimentos y en prevención de posibles peligros.

Los emprendedores nos convirtieron en homo sapiens. Descubrieron algo beneficioso y transmitieron su hallazgo a sus congéneres. Fuese la invención del lenguaje, y con ello la posibilidad del pensamiento, la fabulación de relatos, donde formularon mitos para expresar su vivencia de la realidad, la proclamación de unas reglas éticas que señalasen límites entre lo bueno y lo malo, la habilidad para hacer fuego, la rueda, el empleo de utensilios de piedra y luego de metales, la domesticación de animales, los inicios de la agricultura, la admiración ante el cielo estrellado, son hitos en la larga historia de la humanidad.

Pero esos hallazgos de los emprendedores eran básicamente ambiguos. Podían emplearse para beneficiar o para dañar, para cooperar o para destruir. A favor de otros humanos o en contra de ellos. Por ello, las preguntas que hay que hacer ante cualquier actividad emprendedora son siempre básicamente las mismas: ¿En qué? ¿Con quiénes o contra quiénes?.

Ciertamente la historia de la humanidad es una larga sucesión de personas con iniciativa, capaces de innovar y de hacer avanzar. Si hiciéramos un inventario de esas figuras egregias conocidas, veríamos cómo estaría sesgado en un doble sentido; eurocéntrico y patriarcal. La aportación emprendedora de otras culturas y de la otra mitad, las féminas, está oscurecida, silenciada y olvidada. De justicia es reparar ese silencio, dar a conocer a esas personas que nos ayudados a llegar a donde estamos. Médicos, filósofos, artistas, astrónomos,… personas que pusieron su talento y su esfuerzo constante para avanzar en el conocimiento de la realidad y mejorar la situación humana.

Es verdad que en los dos últimos siglos hemos avanzado mucho, sobre todo en ciencia y tecnología. El poder conseguido es enorme, lo peor es no plantearse la cuestión de con qué criterios se utiliza: ¿beneficia a la humanidad en su conjunto?, ¿cómo afectamos al resto de las especies con las que compartimos la vida en este planeta?.

No criticaré el énfasis que se está poniendo en la necesidad actual de emprendedores. Pero me parece que sólo se presta atención a la actividad económica, regida por la búsqueda del máximo beneficio. ¿Acaso no hay emprendimiento, y muy necesario, en el resto de actividades humanas, no sujetas a las leyes del mercado?. ¿Quién ha promulgado que la gratuidad deba encerrarse en la rutina y no tiene que estar abierta a la innovación ilusionada?. La satisfacción del trabajo bien hecho, para muchas personas, es un aliciente mayor que la rentabilidad económica que obtengan por él, aunque la necesiten. Y esas actividades nuevas, para las que se quieren formar emprendedores ¿van a satisfacer necesidades humanas reales y no artificiales, alimentadas por la publicidad?. ¿Servirán para beneficiar o para dañar?. ¿Fomentarán la paz y la armonía sociales o serán motivo de discordia y de enfrentamientos?. Para ser emprendedor auténtico, ¿no hay que aprender más a que a competir a colaborar?. Los innovadores , ¿los queremos contra otros o con otros?. ¿No debe ser el respeto a la naturaleza, a la biodiversidad, a la responsabilidad de sus actos con las generaciones futuras el marco de todo emprendimiento humano?

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