Cuando una persona o un grupo de ellas quiere superar el conocimiento primario, infantil, de las cosas, tiene que ponerse a buscar. La búsqueda puede ser dificultosa y larga, puede durar toda la vida. El camino está lleno de dudas, trampas y errores. La tentación de abandonarlo y aferrarnos a la seguridad de lo que creíamos sabido es fuerte y no nos abandona. ¡Conocemos a tantas personas que nunca se lo plantearon o volvieron a la seguridad de sus creencias infantiles y que son felices!. O al menos, así lo parecen. También hay muchas que han acogido, sin el menor discernimiento, otras creencias, aparentemente novedosas, difundidas por los medios de comunicación. ¡Donde va Vicente…!

El terreno religioso es donde quizá más se nota esa divergencia entre los que se aferran a las creencias y devociones de su infancia y los que andan en búsqueda para profundizarlas y adaptarlas a su evolución adulta. Ver las imágenes, por ejemplo, del fervor popular en la romería del Rocío andaluza o de las largas colas para entraren la catedral de Moscú y así venerar la reliquia de San Nicolás que el Papa Francisco regaló a la iglesia ortodoxa rusa en gesto ecuménico, son muestras de esa fe sencilla y ciega. Debemos respetar a las personas que así lo expresan, máxime si su vida, privada y pública, responde a esa creencia. En cuyo caso, el ejemplo de su vida nos sirve de ejemplo, aunque su sensibilidad sea distinta a la nuestra.

Lo malo es la actitud fanática de quienes se aferran ciegamente a sus creencias heredadas y tratan de imponerlas a los demás. No dudan en tachar de no cristianos a las personas que de buena fe intentan profundizar en su fe, Para ellos -y hay un sector intransigente de la jerarquía que así lo exige- la fe consiste simplemente en aceptar sin rechistar los dogmas, tal y como fueron formulados, los antiguos y los nuevos. De estos últimos, el de la infabilidad papal que no casa con aquella afirmación tajante de Chesterton: al entrar en la iglesia, hay que quitarse el sombrero, pero no la cabeza. Una persona adulta la usa, es librepensadora, analiza lo que dicen y es capaz de aceptarlo o rechazarlo, según un discernimiento sincero. Escucha en su interior las mociones de los espíritus, del bueno -que los lleva a seguir a Dios y los libera- y del malo -que los aleja de Él y los esclaviza-, que le incitan en direcciones opuestas y aprende a distinguirlos.

La búsqueda en solitario es además peligrosa. Si se yerra en el camino, cosa fácil, el extravío puede llevar lejos, sin que se note que se ha elegido una ruta equivocada. De ahí, la necesidad, derivada de la naturaleza social del ser humano, de ir en compañía. Vivir la fe en comunidad en esa búsqueda evita muchos riesgos. No todos, claro, el de equivocarse es constante. La marcha no será tan rápida, como cuando se hace en solitario. Pero puede haber avanzadillas que se adelanten y oteen rutas alternativas y luego transmitan al resto lo que han averiguado. Esa vivencia en búsqueda comunitaria de la fe supone como formuló la Congregación General 34 de los jesuitas: “la manera en que un grupo de personas vive, piensa y siente, se organiza, celebra y comparte la vida”.

La Palabra contenida en la Biblia es guía para el cristiano. Pues somos una religión -como la de nuestros hermanos mayores, los israelitas- de la lectura y sobre todo de la re-lectura del Texto. Cada generación tiene que hacer la suya y puede que, como ahora, en que la historia va acelerada, haya que hacer varias en una misma vida humana. Leer es interpretar lo que se dijo. No son Libros dictados directamente por Dios, como sostiene la versión rígida del Islam respecto al Corán. Son experiencias reflexivas de varios autores sobre hechos, quizá muy anteriores a la época en se escribían, que consideran inspirados por Dios y aleccionadores para el Pueblo al que se dirigen. Lo que no admitirán los cristianos en búsqueda es que la única interpretación válida de los mismos sea la de la jerarquía, establecida de una vez para siempre. Habremos de conocer esa interpretación, claro, pero no para asumirla a ciegas, sino para examinarla comunitariamente y aceptar de ella sólo lo que nos resulte válido para conocer y seguir a Jesús.

Pero la búsqueda no puede ser sólo teórica, limitada a un análisis conceptual. Lo cual no sobra, pero es insuficiente y seguramente no lo más importante. Debe insistir mucho más en el estilo de vida. En superar la esclavitud que esta sociedad consumista e individualista nos impone. En ir a las periferias, como nos recuerda el Pastor Francisco. En pasar del tener al ser.

Conocer mejor al Jesús que es nuestro guía es la tarea en la que están inmersos los cristianos en búsqueda. El Hijo del Hombre, el revelador del Dios con entrañas maternales, que acuñó dos parábolas magistrales: la que decimos del Hijo pródigo y habría que llamar la del Padre misericordioso con dos hijos, el calavera que vuelve hambriento y el mayor rencoroso; y la del buen samaritano, con esa pregunta interpelante: ¿de quién nos hacemos prójimos?.Fue un judío marginal, educado en la escuela del fariseo Hillel, que reducía toda la ley y los profetas a “no hagas a los demás, todo lo que no quieras que te hagan a ti”, siendo todo los demás añadidura y comentario. La escuela rival de Shamai, extremadamente rigorista, es la que recibe los reproches de los evangelios, con el apelativo genérico de fariseos.

Ese mejor conocimiento les lleva a cambiar el tono de sus oraciones. Se alejan de las clásicas, que ven Dios como un perchero en el que colgar nuestras necesidades, de peticiones absurdas, como rogativas o milagros, para desarrollar otras, antiguas o actuales, de acción de gracias, de fortalecimiento en la fe, de acogida a su voluntad, de acercamiento a los hermanos.

Eso les lleva a un sentimiento de incomodidad en la celebración de la Eucaristía, por las rígidas normas litúrgicas que la encorsetan, alejándola de la mentalidad actual. Por ejemplo, la sustitución del murió “por todos”, por la fórmula del “por muchos” que excluiría aciertas personas de la eficacia de la salvación. O la insistencia en cómo deben ser las especies sacramentales, el pan y el vino, que no admite las dificultades de los celíacos o las diferencias culturales distintas a las del Mediterráneo. ¿Cómo podía Jesús dar gracias a su Abbá por haber ocultado sus enseñanzas a los eruditos y abrirlas a los sencillos, cuando en la lectura de la Palabra se utilizan textos escritos hace cerca de 2000 años, sin el menor intento de traducirlos al lenguaje de hoy?.

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