Se celebran los sanfermines. Una buena amiga que es monja y navarra, se apresura por la mañana a poner la tele y ver en directo los encierros. Hoy el periódico de mi localidad trae en primera página la imagen de un mozo empitonado por un toro. Y en páginas interiores, las fotos de cientos de riojanos que van a Pamplona en estos días. Pienso en el dolor de las familias de los muchachos muertos o heridos, al ser cogidos.

Recuerdo que, cuando yo era joven y militaba en el partido más antiguo de España, de ideología federativa y autogestionaria, su líder, el príncipe Carlos Hugo, en un alarde de valor y propaganda, corrió en un encierro. Lo vió una bella princesa holandesa que lo contemplaba desde un balcón. Subió a saludarla y así empezó una historia de amor.

Polémica política y jurídica por la colocación de una ikurriña en el balcón del Ayuntamiento iruñés. Esa bandera, ideada por Sabino Arana es seña de identidad de PNV y oficial de la Comunidad Autónoma de Euzkadi. Los partidos, responsables del hecho muestran, una vez más, su ignorancia histórica. Si de verdad querían reivindicar Euskal-Herría, tenían que haber colocado la más antigua bandera de Navarra, la beltza -negra- de su primera dinastía, los Aristas.

Resulta que los humanos nos diferenciamos de los animales, incluso de los más próximos, los primates, en bastantes cosas. El homo sapiens es faber, construye herramientas mucho más sofisticadas. Es loquens, tiene un lenguaje que transmite mucho más que señales y emociones, es capaz de elaborar pensamientos abstractos. Es ridens, sabe reír para expresar su alegría y contagiarla a los demás. Y es narrans: crea narraciones para trasmitir, a través de relatos, historias acaecidas o fabuladas, creando la memoria colectiva de los grupos en que desarrolla su existencia.

Tenemos además otras claves que señalan el salto que dimos desde la pura animalidad. Empezamos a enterrar a nuestros muertos con unos ritos funerarios; con ellos expresamos nuestro dolor e iniciamos el duelo con sus allegados y lanzábamos nuestra esperanza en otra vida tras el más allá, germen -parece- de las religiones. Abrimos nuestros ojos con asombro ante el espectáculo del firmamento, contemplábamos las estrellas y la luna por la noche y el diurno sol que nos da luz y calor; con lo que tomamos distancia de la naturaleza. Tenemos aptitudes artísticas, empezando por la música, nuestros antepasados crearon instrumentos de percusión y de viento, la voz humana, en solitario o en coro, sirvió para entonar himnos de tristeza, alegría y felicidad; junto a ella, la pintura y la talla de estatuillas mostraron la búsqueda humana de la belleza. Hallamos el fuego y aprendimos a cocinar los alimentos, nos convertimos en omnívoros, empezamos a apreciar el arte culinario de los guisos y los asados; y superamos el comer como acto puramente biológico para convertirlo en ágape de diálogo y fraternidad. Domesticamos animales: el perro y el caballo, las especies ovinas y vacunas y las avícolas, con lo que podíamos tener alimentos a nuestra disposición y facilitar nuestros desplazamientos. Inventamos la agricultura -seguramente las mujeres-: roturamos la tierra, sembrábamos y recogíamos la cosecha: empezaron los pueblos sedentarios, a diferencia del nomadismo de los pastores. Y nos convertimos en seres éticos, al hallar reglas para deslindar el bien del mal, unas pocas, universales y el resto dependientes de cada cultura, afectadas por el tiempo y el espacio; con ello la responsabilidad por cumplirlas o violarlas.

No hay duda de que uno de los grandes inventos que cambió la historia fue el de la escritura. Ocurrió en varios lugares: en el Extremo Oriente y en el Próximo, afectando éste a la cuenca mediterránea. La memoria colectiva se transmitía exclusivamente por vía oral. A partir de entonces se contó con un instrumento para fijarla definitivamente y eludir los cambios inevitables de aquella. Pero no se podía evitar que los textos fuesen interpretados por generaciones posteriores de acuerdo con su mentalidad, alterando el primigenio sentido con que fueron escritos. Hay autores que señalan cómo en el Mediterráneo la introducción de la escritura tuvo una consecuencia religiosa: el desalojo de las deidades femeninas por dioses masculinos; cambio que supuso la modelación patriarcal de la convivencia humana.

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