Confieso mi perplejidad. La derecha que, en teoría, defiende la libertad de mercado y la libre competencia, apoya y fomenta la creación de grandes oligopolios. Los ex-socialdemócratas, aunque sea a regañadientes, los aceptan y, si llegan al poder, no dudan en favorecerlos.

Estoy leyendo un libro, AMBIGÜEDADES DEL AMOR, de Lluis Duch yJoan-Carles Mèlich que me está resultando muy interesante. El papel de la memoria dentro de la comunidad familiar es básico, a través de narraciones, para empalmar las generaciones y transmitir valores, lenguajes y ritos. Advierten que la memoria puede ser salvífica si abre, o letal si clausura y esclaviza.

Ponen de manifiesto la relación estrecha y necesaria entre memoria y olvido. Recordar todo u olvidar todo tienen el mismo efecto: anulan la memoria y su función social. El olvido, permite seleccionar, a través de las necesidades del presente, los recuerdos importantes y desechar los estériles. Así podemos fraguar proyectos de futuro.

Cuando no obtenemos el resultado apetecido con nuestras opciones, podemos hundirnos en la frustración o aprender de ello. ¿De qué depende?. Podemos buscar las consecuencias positivas de los mismos, que seguramente las habrá. E indagar qué motivaciones nos llevaron en la dirección equivocada, para no volver a reincidir en los mismos errores. Claro que como el ser humano es el único que tropieza dos veces en la misma piedra..

Aprender de los éxitos parece harto más difícil. Cuando triunfamos y nos aplauden, se nos puede subir a la cabeza. De engreídos y fatuos parece estar el mundo lleno. Convendría recordar que todo lo que tenemos -cualidades, aptitudes- es un don recibido. ¿Hasta qué punto, si logramos conquistar el objetivo buscado, depende sólo de nuestro esfuerzo, sino demás de esa herencia, de las facilidades genéticas o ambientales que llevamos con nosotros?. Y los dones no son para nuestro goce individualista, sino para compartirlos. Cuando un vencedor entraba en Roma, montado en la cuadriga, para recibir el aplauso de sus conciudadanos, llevaba al lado a quien le recordaba constantemente que era un ser mortal.

Parece que el ministro Montoro va a acceder a rebajar el IRPF en los Presupuestos del año 2018. El argumento manido es que el dinero está mejor en los bolsillos de los ciudadanos que en las arcas del Estado. ¿A costa de qué, de proseguir y aumentar los recortes en sanidad, farmacia, educación, ayudas a la dependencia?. ¿Y a quiénes se va a bajar sólo a los trabajadores por cuenta ajena y a los autónomos?. ¿Para cuándo subirlo a las grandes fortunas? ¿O perseguir de verdad a los grandes defraudadores, a la economía sumergida?. ¿Y la responsabilidad civil subsidiaria de los partidos políticos por los delitos de corrupción, cometidos por sus representantes en las instituciones públicas?.

Me encantan las palabras emparentadas que, sin embargo, tienen significados diferentes. Me fijaré en tres: canso, cansado y cansino. Canso es una expresión del dialecto riojano que alude a ese pelmazo que no para de dar la vara a todos. Aburre hasta a un burro muerto, según la castiza frase. Cansado denota la situación corporal en que por un esfuerzo, la falta de sueño o una situación de estrés, nuestro organismo exige descanso. Y cansino es la apatía, la abulia existencia de ciertas personas que parecen haber desertado de la vida. Los teólogos medievales hablaban de un octavo pecado capital: la tristeza. Esa tristeza perenne que no nace de una desgracia coyuntural, sino de una desidia sofocante.

Parece que llama la atención en la sociedad actual la dignidad que deriva de la conciencia del trabajo bien hecho. En ella la única incentivación que se aprecia es la económica y como ésta suele ser, para la mayoría de los trabajadores, escasa, se desprecia aquella. El resultado es esa actitud, tan común, de que, como nos engañanen el sueldo, regateamos esfuerzo y dedicación. Cuando se ama el trabajo que se realiza y se procura perfeccionarse en él, el resultado es completamente distinto. Claro, que como la mayoría del trabajo ofertado es rutinario y sin margen para la iniciativa creativa, no es de extrañar la apatía laboral generalizada. Cada vez me fijo más en la disparidad de las personas en sus relaciones cotidianas. Las que habitualmente van con el ceño fruncido, incapaces de saludar, que sueltan un bufido al menor contratiempo. Y otras que miran a los ojos, saludan, sonríen, dan las gracias y son capaces de disculparse, si han perjudicado, aunque sea involuntariamente, a otra persona. Las primeras son amigas de la bronca. Las otras, son agentes de paz donde quiera que se encuentren. Los que nos decimos seguidores de Jesús, ¿no deberíamos encontrarnos en esta última categoría?.

Suele clasificarse a las personas entre pesimistas y optimistas. Suele decirse que los primeros ven el vaso medio vacío. Mientras que los segundos lo ven medio lleno. Y ¿los realistas?:  lo ven lleno del todo, la mitad de líquido o sólido y el resto de aire.

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