Hay varias clases de piedras. Unos son los cantos rodados, los guijarros de los torrentes que, a fuerza de ser empujados unos contra otros por la acción del agua, van limando sus aristas. Otras son las rocas que pueden utilizarse de base firme para edificar sobre ellas. Claro que la firmeza de la roca puede servir de metáfora para aludir a quienes se creen en posesión exclusiva de la verdad, se aferran dogmáticamente a ella, tratan de imponerla a los demás y son incapaces de evolucionar.

En el mundo vegetal, están los árboles y los arbustos. Al pensar en árboles, pienso en los que conocí en mis años mozos. Los nogales -a cuyos frutos soy tan aficionado-, las higueras, los manzanos y perales, los chopos, las acacias, robles y hayas. La firmeza del árbol, sus raíces subterráneas, la savia recorriendo su interior, su tronco y su copa elevándose altiva hacia el cielo llaman nuestra atención. Pero cuando llega el huracán son los humildes juncos, los que, flexibles, se inclinan por lo que no se rompen.

Saberse herederos es signo de sabiduría. La Tradición nos hace humanos. Recoger lo que hemos recibido para transmitirlo a las generaciones futuras. Pero hay que heredar a título de inventario. Aferrarse ciegamente a lo recibido es renunciar a nuestra creatividad. Parte de lo heredado ya no sirve, hay que desprenderse de ello. Y debemos aportar novedades que respondan a las necesidades cambiantes. El resultado es lo que debemos transmitir, sabiendo que nuestros sucesores tendrán que hacer lo mismo. Esta sociedad, individualista, conformada por el pensamiento único, abomina de la tradición. Reniega de sus mayores y no quiere saber nada de descendientes. Sociedad de viejos que pretenden ser eternamente jóvenes.

El pastor Francisco señalaba el clericalismo como uno de los mayores males de la Iglesia. Por reacción, provoca el anticlericalismo, fuera y hasta dentro de la propia Iglesia. Están los que esperan la palabra del cura, para soltar amén. Y los que, en cuanto abre la boca, se oponen, diga lo que diga. ¿No es un miembro más de la comunidad y habrá que escucharle sin prejuicios, para asentir o disentir -en todo o en parte- de sus palabras, según la fuerza de sus razonamientos?. Claro que para ello, ¿no hay que haber madurado y reconocer que todos podemos caer en errores y debemos andar en busca conjunta de la verdad?.

Los llamados carcas y progres coinciden en no saber el puesto que debe tener la Iglesia en una sociedad secular. Para los añorantes del nacionalicatolicismo su papel es la de ser guía inapelable de gobernantes y ciudadanos. Para los pseudoizquierdistas, hay que confinarla en la esfera privada, en el interior de las conciencias y de las sacristías. ¿No será que ambas posturas no tienen claro lo que es público y privado?. Lo público es mucho más que lo estatal. Comprende, además el ámbito de la sociedad civil, en el que, las iglesias, las asociaciones de increyentes y demás corrientes de opinión, deben poder hacer sus propuestas y buscar, dentro de un diálogo respetuoso, un mínimo ético necesario para la convivencia. Si los gobernantes coartan esas libertades e imponen autoritariamente su ideología, ¿no estaremos en una tiranía, lejos de una auténtica democracia?.

Conceder una medalla a una imagen o rendirle honores militares, ¿no es muestra de que vestigios de la unión entre Iglesia y Estado no han desaparecido?. Es tan anacrónico como que autoridades civiles presidan actos religiosos y a la inversa. ¿Por qué continúan entonces estas mezcolanzas indeseables?. Puede que haya casos de buena voluntad, pero temo que en el fondo se trata de aferrarse al poder: unos sobre sus fieles y otros sobre sus votantes.

Los atentados contra centros religiosos, sea en forma de atentados, incendios, pintadas injuriosas, provocaciones, a mi juicio, o son fruto de odio perverso o de un trasnochado anticlericalismo. Reaccionar airados y proclamar que son ofensas contra Dios, es inexacto. Lo son a sentimientos religiosos de personas creyentes. El colmo es tacharlos de sacrilegios y proceder a una ceremonia de purificación del templo que se considera único espacio sagrado por su consagración. Lo sagrado es el ser humano y toda la naturaleza. Respetarlos es imprescindible; los ataques contra ellos sí que son ofensas a Dios.

 

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