Alguien definió al ser humano como ser para la muerte. Somos los únicos animales que saben que vamos a morir. Aunque nos pasemos la vida intentando no pensar en ello. Dentro de nosotros suele haber un intento de rebeldía frente a este trágico destino. Hay quienes aceptan esa finitud y la acogen resignadamente. Pero el afán de sobrevivir a ese destino es mayoritario. Existen los que creen que esa supervivencia se limita al recuerdo que nos dejan los seres queridos, sobre todo si han sido un ejemplo de coherencia y generosidad. Pero ese recuerdo se extinguirá habitualmente en dos o tres generaciones. Habrá seres geniales, como el pintor de la Capilla Sixtina o escritores como Shakespeare o Cervantes, cuyos nombres perduran durante siglos. Pero también, al fin, se extinguirán.

A nuestro Unamuno no le bastaba eso. Quería sobrevivir él mismo más allá de la muerte. Suele decirse que una de las causas más importantes de la aparición de las religiones es esa amenaza de la muerte. Hemos enterrado cadáveres desde la aparición del homo sapiens. Creíamos y creemos que ellos perviven a pesar de la corrupción de sus restos.

Me parece que era el teólogo Rhaner quien afirmaba que lo característico del cristianismo es admitir que la muerte tiene esta función: DEJAR SITIO. No somos imprescindibles y nuestro lugar debe ser ocupado por otros humanos. Ello supone aceptar que nacemos, nos reproducimos y morimos como todos los seres vivos. Hemos de dejar sitio para los demás, para las generaciones futuras. Pero, como somos conscientes de ese destino fatal, surge una pregunta de rebeldía ¿Por qué tenemos, por qué tengo, que morir?. Hace siglos surgió una respuesta trampa, mantenida celosamente, aun hoy, por algunos. La enfermedad y la muerte nos afligen a los humanos, como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Si no hubieran pecado, seríamos inmortales. Y ese pecado original transmitido a todos humanos, a través del acto sexual, es causa de esas desgracias que nos ocurren todos los días. En el relato evangélico, Jesús niega que las víctimas de una catástrofe, la padecieran a causa de un pecado suyo o de sus padres. En el Antiguo Testamento, hay un libro admirable, el de Job que, en lenguaje mítico, se encara con Dios porque, sabiéndose inocente, ha sufrido toda suerte de calamidades. Ese grito angustiado resuena a todo lo largo de la historia. Y para los cristianos alcanza su exclamación suprema en el grito desgarrador de nuestro Maestro en la Cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado?.

La existencia del mal físico, -sean los desastres de la naturaleza que se ceban principalmente en gentes pobres, como los que afectan a nuestro cuerpo vulnerable- y del mal moral, producido por seres humanos contra sus semejantes es una realidad que impide la creencia en la existencia de un Dios, a la vez omnipotente y misericordioso.¿Cómo puede explicarse la muerte de seres inocentes?. Algunos dijeron que si no existe Dios todo está permitido, pues ven en Él la única causa de reglas éticas que delimiten el bien y el mal. Otros responden que si existe, somos irresponsables del mal que causemos, pues Él es el único responsable por habernos creado así.

Todas las religiones tienen cuatro reglas básicas -sintetiza Fraijó-: no matar, no robar, no mentir, no prostituirse ni prostituir a otros. En eso coincide cualquier ética racional. Pueden resumirse en amar a tu prójimo como a tí mismo. En tratarle como te gustaría que te tratasen a tí. Respetarle como persona, sin emplearlo como medio para tus fines.

Pero el mal nos azota. Cualquier sentido mágico de la religión se limita a orar para que su dios resuelva esos problemas. Pero otros, creyentes e increyentes, se afanan y aúnan esfuerzos para combatirlo en todas sus formas. Es lo que hizo Jesús a lo largo de su vida, sanar a los necesitados y denunciar a los opresores, los detentadores del poder religioso y político.

Sabemos como acabó Jesús, torturado y ajusticiado en una Cruz. Fracasó humanamente en su empeño de liberación. Pero quienes le seguimos, proclamamos que su Abbá le resucitó. Y esa fe ilumina nuestra tarea liberadora. Si no existiera Dios, la vida carecería de sentido. Si no hubiera resurrección- que no es la reanimación de un cadáver, sino la recreación de la persona difunta-, los vencidos, las víctimas de la historia ¿no quedarían sin justicia?. Porque el Único, el Misterio que todo lo envuelve es, en frase feliz, RESUCITADOR DE MUERTOS.

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