Lo confieso: mi corazón exultó al escuchar las palabras de Juan Goytisolo al recibir el premio Cervantes y declararse de la nacionalidad cervantina. Me hizo solidarizarme con él. Cuando tantas veces hemos dicho, yo me borro de riojano o de español, avergonzado de la conducta de tantos ciudadanos y gobernantes, y teóricamente buscamos otra pertenencia a la que adscribirnos, algunos decían me hago andorrano, aunque los últimos escándalos nos hagan recordar que en todas partes cuecen habas, aunque en nuestra casa lo hagan a calderadas.

En cambio, adscribirse a esa patria del espíritu que es la filiación cervantina, nos incorpora a una aventura digna de ser vivida con entusiasmo. El ánima insobornable de Cervantes, curtida en mil avatares y desgracias, nos lleva por los caminos del Quijote y Sancho a enfrentarnos con los cuadrilleros de la santa hermandad, los crueles inquisidores de ayer y de hoy, pos un horizonte de libertad, donde se acabe la esclavitud, la pobreza y la opresión.

La lección de Goytisolo, rompiendo el protocolo hierático de los biempensantes del sistema nos descubre a un intelectual que no doblega la rodilla, que no se convierte en vocero domesticado y agradecido del poder económico-político. Claro que todos, tenemos nuestro punto ciego y necesitamos que otros nos lo adviertan, como hacía Manuel Alcántara, señalando que de los labios y pluma de Juan Goytisolo no hemos oído ninguna crítica al monarca alauí, a esa monarquía semifeudal que controla Marruecos, donde reside.

Conviene que haya personas inspiradas en el espíritu libre de Cervantes, capaces de decir a las claras la verdad, de desenmascarar la mentira oficial y como el niño del cuento clásico se atrevan a proclamar en voz bien alta que el rey está desnudo. Lobos solitarios, expulsados o salidos por su propia voluntad de la manada, que no se arrepienten de esa soledad, sino que la viven gozosamente, sin tiempo para aburrirse, pero no huraños, capaces de disfrutar cuando encuentran un alma similar a la suya, de entablar con ella una relación fecundamente igualitaria y de salir juntos a luchar por la justicia y la libertad por los caminos de la vida.

Los herederos de Cervantes mantienen su fino humor plasmado en ironía que no es el sarcasmo cruel que destroza las personas, sino la crítica que sólo ceba en los poderosos y en sus dóciles consentidores, pero teñida de la ternura de quienes se saben hechos de la misma frágil pasta humana. ¿No vale la pena apuntarse a esa patria común de personas libres y justicieras?. Con los piés en la tierra y la mirada en las estrellas, ¿no hay que luchar contra gigantes y malandrines, defendiendo la singular belleza de Dulcinea, esa tierra donde pone un nombre LIBERTAD, como cantara aquel cervantino que era Labordeta?.

Anuncios