El gobierno central está preocupado por la deriva del nacionalismo catalán, con su idea fija de un referéndum que juzga inconstitucional y advierte que aplicará tajantemente la ley. De ahí los titulares de la prensa sensacionalista que habla de un choque de trenes. Los más furibundos exigen suspender la autonomía catalana y sacar al ejército en defensa de la unidad nacional.

Pero hay otra cosa que también les preocupa sobremanera: la enseñanza impositiva en las escuelas de una historia trufada de nacionalismo y que niega que Cataluña forme parte de la nación española. De ahí que, según se dice, el Ministerio competente prepara una norma de obligado cumplimiento en todo el territorio estatal que fijará las directrices de una historia de España. Será la versión del nacionalismo centrípeto frente a las de los centrífugos. Porque hay dos cosas que se pretenden ocultar en ese falso debate: una cosa son las naciones culturales -que pueden basarse en la religión, en un idioma mayoritario que convive pacíficamente con otras hablas, en algunas peculiaridades étnicas, en ciertas características geográficas… y que admite pluralidades internas muy fuertes- y otra las naciones políticas. No hay nación política -que exige un poder unitario fruto del mito de la soberanía nacional, una lengua oficial que todos los ciudadanos deben estudiar y conocer, una legislación única de origen estatal, una cultura uniforme, unas fronteras rígidas, la tajante distinción entre nacionales y extranjeros- que no haya sido parida por un nacionalismo. Las naciones culturales no tienen fecha de nacimiento, las políticas sí. La nación política española nació en 1812, (antes, España era más bien las Españas, un imperio, conjunto abigarrado de Pueblos, bajo la Corona común) con la promulgación en Cádiz de aquella Constitución que el pueblo apodó la Pepa, por su fecha el 19 de Marzo. El ejército y la escuela obligatoria donde se educaría al pueblo en ese patriotismo excluyente que es el nacionalismo son los instrumentos de esa inculturación. Abolido el servicio militar obligatorio, sólo queda la enseñanza sesgada de la historia, a disposición de los nacionalismos dominantes para imponer su ideología. Claro que hoy los grandes medios audiovisuales de comunicación se emplean para esa labor adoctrinadora.

En estas reflexiones voy a intentar bosquejar otra historia de las Españas, señalando sus rasgos intrahistóricos -como gustaba Unamuno-. Para ello, me fijaré en otros protagonistas diferentes de las historias al uso. No serán los monarcas, jerarcas eclesiásticos, políticos, militares, ni grandes batallas, los que subrayaré. Serán gentes anónimas (aunque en algún caso, alguna pueda haber llegado a los papeles), pero cuya forma de vida y de interactuar han fijado indeleblemente nuestro pasado y fijan las posibilidades para proyectar eficazmente nuestro futuro. Gentes que pasaban tranquilamente de un territorio a otro, incluso a otros países europeos, en busca de ganarse la vida o de incrementar los conocimientos necesarios para su forma de vida.

Estaban los ARRIEROS, personas que en sus carromatos transportaban mercancías -alimentos y tejidos, sobre todo- de un lugar a otro.

Los EREMITAS que atraían a las gentes hacia el cristianismo. Los más famosos: Prudencio, Saturio, Felices, Millán, Áurea, a los que el pueblo aclamó proclamándolos santos. Sospechosos ante el obispado por su condición laica.

Los MÉDICOS, llamados físicos en el Medievo, sobre todo judíos y musulmanes, que aliviaban las dolencias, tanto de reyes, nobles y gentes sencillas, acudiendo a sus llamadas, con desplazamientos frecuentes.

Los JUGLARES, cantando romances populares o glosando la vida de héroes, como los castellanos Fernán González y el Cid.

Los PASTORES, con su estructura jerárquica, que en los meses de invierno llevaban sus ganados de zonas frías a otras cálidas, como la célebre Mesta, o del Pirineo a los prados del Ebro. Conectaban gentes diversas de las Españas y establecían acuerdos con campesinos y otros pastores, aunque estuviesen sometidos a otras autoridades regias o señoriales.

Los PESCADORES, de bajura y de altura, vascos, cántabros, gallegos, andaluces, valencianos, mallorquines, catalanes…, agrupados en Cofradías y en estrecho contacto con puertos y marinos de otros países. Se regían por normas jurídicas creadas y mantenidas por ellos mismos. Unas eran las de los puertos del Norte y otras las del Mediterráneo.

Los ARTISTAS -canteros, escultores, arquitectos, pintores, músicos, trovadores, grabadores, etc.- cuyos trabajos les llevaban de una zona a otra, en estrecho contacto con los talleres y centros de otros artistas europeos, para completar su formación.

Los PEREGRINOS de los diversos Caminos de Santiago que dieron lugar a una red de albergues y hospitales, construcción de puentes. Afincaron los reinos hispanos dentro de la Cristiandad. Muchos de ellos morían en su peregrinar. Y otros se quedaron aquí, trayendo sus costumbres y contrayendo matrimonios.

Los MONJES benedictinos y del Císter, amparados por los reyes, para que fortaleciesen su autoridad y la del Papado, intentando acabar con la liturgia hispano-mozárabe. Siglos después se sumarían los Jerónimos, en cuyo monasterio mas famoso, el de Yuste, acabaría sus días el emperador Carlos.

Los COMERCIANTES, agrupados en Consulados, con autoorganización que les permitía dotarse de sus propios Estatutos , a cuyos cargos podían acceder tanto los naturales como los extranjeros, residentes en las localidades respectivas.

Las SANTAS HERMANDADES del reino de Castilla o el SOMATÉN catalán, ejemplos de policías locales, creadas desde abajo. Aunque en bastantes ocasiones amparasen los privilegios de los poderosos frente a las reclamaciones y motines del pueblo llano.

Y no dejaré de citar a las MUJERES. No las reinas y de alta alcurnia, sino las sencillas madres de familia e hijas, que con su trabajo abnegado y no agradecido, dentro y fuera de casa, criaban a los hijos, cuidaban a los enfermos y eran el sostén cálido y nutricio de las familias. Y eso ocurría en todas las Españas.

Estas personas, la mayoría anónimas, forjaron la red invisible y real de la unidad de las Españas, por debajo de las mudables superestructuras políticas. ¿Cree alguien que los nacionalismos de toda laya puedan destruir esta conexión profunda, fortalecida hoy por las emigraciones internas desde zonas pobres en busca de trabajo?. ¿No se han creado otros lazos más estrechos?. El intento de romperlos arbitrariamente ¿no crearía traumas insoportables?

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