Empleo la expresión feliz de Arregui para definir la situación excéntrica de las formas tradicionales del cristianismo respecto a la modernidad, nacida de la Ilustración. Esta modernidad se caracteriza por la exaltación de la Razón, por el intento de superar la superstición, por el “atrévete a pensar”, con su consecuencia del pensamiento crítico. La modernidad dió origen a los grandes relatos, inspirados en el mito del progreso continuo e inspiradores de los Derechos Humanos, primeramente reducidos a la libertad de prensa, la propiedad privada y las garantías civiles y jurídicas. Posteriormente, por influjo del movimiento obrero, se ampliaron a los aspectos sociales y culturales. Lo que suele ocultarse es que esos grandes Principios no son más que la secularización de los viejos valores evangélicos. La reacción de la jerarquía eclesiástica es harto conocida: su oposición frontal a la modernidad. Hubo que llegar el Concilio Vaticano II para aceptar la libertad religiosa y propiciar el diálogo con el mundo moderno.

Pero la historia no se detiene. Pasó la modernidad y hemos entrado en la posmodernidad y, para algunos, hasta en la posposmodernidad. Los grandes relatos han perdido su fuerza aglutinadora. La Razón abstracta ha caído de su pedestal (hemos padecido demasiado los estragos de su locura). En su lugar se ha erigido la razón empírica científico-tecnológica que conserva el mito del progreso continuo y a ella dirigen sus creencias masas alucinadas. Sueñan con que se vencerá definitivamente el mal físico, la enfermedad, el envejecimiento y algún día hasta la misma muerte. Los avances biológicos y los progresos en inteligencia artificial producen esas ensoñaciones. Parecen querer ignorar que es un futuro(?) sólo previsto para una minoría privilegiada, mientras esas masas carecen de todo pensamiento crítico, soportan medrosa y masocamente la pérdida creciente de sus Derechos Fundamentales. Son seres aislados, aunque estén interconectados en las redes sociales. Han perdido la fruición de los encuentros interpersonales. Y, a menudo, sus mismas relaciones sexuales son virtuales.

Vivimos en una sociedad tremendamente heterogénea y compleja. Por nuestras calles se cruzan premodernos, modernos y posmodernos. Y en nuestro mismo interior conviven, aunque no lo queramos, tanto la premodernidad, como la modernidad y la posmodernidad. ¿Habrá algunos que respondan sólo a un único esquema vivencial?.

Es cierto que el cristianismo tradicional, tan arraigado en muchas jerarquías y en bastantes fieles que más parecen crédulos que creyentes, está totalmente exiliado de la modernidad. Algunas muestras son:

*Las indulgencias. La invención teológica del purgatorio, para responder después de la muerte por los pecados no mortales y por lo que llamaban “el reato de culpa” de los confesados, dio lugar a estas indulgencias que en la época de Lutero se vendían, con el consiguiente escándalo que fue una de las concausas de la Reforma. Hoy se pueden canjear, plenarias o parciales, a base de rezos, penitencias y peregrinaciones.

*Las reliquias de mártires y santos, objeto de veneración que se colocan en el ara de los altares. Troceadas se guardan y envían a lugares dispares. La entrega de una costilla de san Nicolás de Bari -antecedente del Papá Noel por la iglesia romana a la ortodoxa de Moscú es un clamoroso ejemplo de este anacronismo. En nuestra Patria, tenemos el caso del brazo de santa Teresa que guardaba Franco para que lo amparase.

*Las ceremonias litúrgicas, muestra de una religión mágica. Las plegarias “ad petendam pluviam”, -para pedir la lluvia-, para evitar tormentas y rayos; las devociones populares a santa Bárbara; el ramo de olivo del domingo de Ramos, colocado en las balcones de las casas para evitar que entren los rayos.

*Las imágenes que son patrones de los pueblos. Ahí se mezclan tanto una forma de cristianismo como la vinculación al terruño. Las disputas sobre cuál cristo, virgen o santo es más milagrero tienen un aire infantil y jocoso. Es cierto que algunas de esas imágenes poseen una belleza admirable y tienen un valor artístico indudable. (Aquí confesaré mi devoción premoderna a la Virgencita de la Soledad, patrona del pueblo de mis ancestros y de mi niñez y primera juventud. Es una simple cara sobre un soporte de madera, cubierta con un manto. Pero cuando la veo, evoco emocionado imágenes de mi ayer y la figura de mi madre; y me sale del fondo una Salve Regina que tantas veces recé y canté ante ella).

*La tajante separación entre lo sagrado y lo profano. Sagrados son los templos que se consagran y se someten a ceremonias de purificación, cuando en ellos se ha cometido cualquier profanación. Dicen que son la Casa de Dios -como si no lo fuera toda la creación-. Acogerse a sagrado era la fórmula medieval, para refugiarse los perseguidos por malhechores y agentes de justicia -muchas veces similares-. Esas casas donde se reúne el Pueblo de Dios, deben ser centros abiertos de acogida, como esa catedral centroafricana, donde el obispo, monseñor Aguirre, ha ofrecido amparo a los musulmanes perseguidos por fanáticos, unos islamitas y otros cristianos, para asesinarlos.

*La pervivencia de católicos ultramontanos, partidarios acérrimos de un Estado confesional católico- haylos también los que defienden una confesionalidad laicista- que pretenden asegurar la unidad católica del País, por vía coactiva. Niegan la libertad religiosa, proclamada en el Concilio Vaticano II. De ahí su oposición o su resistencia silenciosa a la apertura, expresada en los gestos proféticos del papa Francisco. No admiten la separación de Iglesia y Estado, sino que pugnan por un Estado sometido en su legislación, administración y tribunales de justicia a las directrices de la jerarquía católica.

¿Es de extrañar que para muchas gentes en búsqueda del Maestro de Nazaret, este cristianismo tradicional, exiliado del mundo moderno, sea un obstáculo que les entorpece su camino hacia la Verdad?.

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