Seguir a Jesús de Nazaret, ser sus discípulos, unidos por el bautismo a ese Pueblo que debe continuar la tarea que Él comenzó, encierra un importante compromiso: realizar el Reinado de su Abbá en la tierra. Compromiso con dos exigencias fundamentales: coherencia, no escisión entre la fe que proclamamos y nuestra vida (siendo conscientes de que sólo Jesús fue coherente hasta el final, los demás hemos de someternos a revisión constante para detectar nuestros fallos). Y osadía, no ocultar medrosamente nuestro condición de cristianos, pero sin petulancias ofensivas. Ser cristianos más que un honor inmerecido que lo es, no deja de ser cruz que hemos de llevar con alegría y humildad.

Dios y Jesús, (en quien reside la plenitud de la divinidad, en formulación paulina) no son imparciales. Han tomado partido siempre por las víctimas, por los desamparados, los marginados, los hambrientos; en lenguaje bíblico por la viuda, el pobre, el extranjero. Imitando esa parcialidad, es como notarán los demás que somos cristianos.

De ahí que los seguidores de Jesús hemos de llevar ese Mensaje a nuestras familias, a nuestros trabajos, a nuestra vecindad, a las instituciones, a la sociedad, a todos los ámbitos de convivencia en que nos encontremos. Esa opción básica presidirá nuestro voto en una sociedad democrática y determinará nuestra lucha por una sociedad justa y libre: nuestra defensa de los débiles, enfrentándonos a los poderosos que los oprimen. Incómodos hemos de ser, si somos leales a nuestro compromiso. Agentes de paz, con la sonrisa en el rostro que no impide, sino exige denunciar las tropelías que se cometen a diario. Y preguntándonos siempre, si por acción u omisión, no somos cómplices de este sistema inhumano, el neoliberal, que esclaviza a las personas, condena al hambre y la sed a millones de personas, convierte el trabajo en indecente, reduce la actividad económica al enriquecimiento rápido de unos pocos, desconoce nuestras obligaciones con las generaciones venideras y destruye la Casa Común. La conciencia de que la misma vida y todo lo que podamos tener, espiritual y material, es un don recibido que hemos de compartir, incluso partirnos nosotros mismos para dar vida, es la lección que nos dio el Maestro a lo largo de su existencia en Palestina y su muerte. Hemos de ser testigos de su oferta de salvación, desde la firme creencia en que VIVE y en su segunda venida al final de los tiempos.

Pero este compromiso nos obliga no sólo a nivel individual, sino también colectivamente. ¿Es fiel el Pueblo de Dios en su conjunto a este mandato?. Ciertamente una gran parte de él, sí. La entrega a los demás, el cuidado de sus necesidades, la lucha por la justicia, encuentra ahí su camino de esperanza. Pero la Iglesia es a la vez santa y pecadora. El escándalo de que estemos divididos, incumpliendo el ruego encarecido de Cristo de que seamos uno, persiste; aunque hoy estemos dando pasos en la vía del ecumenismo. Los miedos y los agravios no olvidados frenan el avance. ¿Qué impide dar ya el paso audaz de compartir juntos el pan de la eucaristía?. Hoy el ecumenismo de sangre de tantos mártires, cristianos separados, nos invitan a culminar el proceso. Claro que las trabas internas a la evangelización son muy fuertes: La existencia del Estado Vaticano con sus nuncios; el primado del Obispo de Roma no como un servicio de caridad fraterna, sino de imposición jerárquica; la alianza con los poderes terrenales; la estructura piramidal de la Iglesia con sus príncipes electores; el miedo al cuerpo y a la sexualidad; la escandalosa discriminación de la mujer; el postergamiento del laicado reducido a minoría de edad; el ocultamiento de graves abusos, como la pederastia, cometidos por clérigos e instituciones eclesiales, descubierto años más tarde, con olvido de las pobres víctimas; la persecución de los teólogos que se atreven a pensar críticamente; el exilio voluntario del cristianismo tradicional en la sociedad actual… Cierto que el Pastor Francisco se ha lanzado hacia una lglesia alegre, basada en la misericordia y abierta a las periferias, pero las resistencias que está encontrando en altas jerarquías ¿no hacen temer que la nueva primavera corra peligro?.

Y este compromiso se ha de dar también en las comunidades y movimientos que componen la Iglesia. ¿Cómo?. Dando ejemplo de amor y ayuda mutua; compartiendo ágapes abiertos; en la denuncia de los abusos que se dan contra los débiles, tanto a nivel local como global; en la búsqueda consensuada de acciones en la lucha por una nueva sociedad justa y libre junto a personas de buena voluntad; en la creación de islotes de vida comunitaria donde las personas se desarrollen cooperativamente como personas auténticas fuera de la lógica capitalista. Esto obliga a visibilizarnos como grupos cristianos, escandalizando a los timoratos bien-pensantes – de dentro o fuera de la Iglesia- y a soportar incomprensiones, ataques y quizá… hasta persecuciones.

Ese el eje horizontal del compromiso que hemos de abordar, individual y colectivamente, los seguidores de Jesús. Pero hay otro, la otra faceta de la evangelización. El anuncio directo de Cristo. ¿Quién puede sostener que sea incompatibles?. El papa Francisco nos habla de tres escalones: la Memoria de nuestros encuentros con Él (el primero y los siguientes), si de verdad nuestra fe ha dejado ser meramente heredada y se ha convertido en personal; la Oración (sin despreciar el recitado tradicional de plegarias) como meditación que nos lleve a encontrar dentro de nosotros mismos la comunión con Él y con toda la creación; y la Misión. Todos los bautizados hemos sido llamados a dar testimonio de nuestra fe en el Amor resucitado.

¿Qué atrios de gentiles hemos de crear para esa transmisión?. La sociedad es muy compleja: dentro de la Iglesia hay muchas sensibilidades; hay alejados a quienes la figura del Maestro les atrae, pero rechazan los males eclesiales; hay ateos y agnósticos en búsqueda; no faltan los indiferentes a todo lo que sea trascendencia; la pléyade de los que en Occidente han dejado de ser “culturalmente cristianos” por fallos en el sistema educativo; y sin olvidar a los creyentes en otras religiones que han venido a vivir en nuestra sociedad.

¿Qué lenguaje hemos de emplear para transmitir a Jesús?. Desde el respeto y como oferta, su ejemplo nos puede inspirar. Lo mejor de sus enseñanzas está en sus parábolas. ¿Sabremos crear parábolas acordes con la sensibilidad de las gentes de hoy?. ¿Además de usar la vía oral, no tenemos que utilizar hoy los medios escritos de comunicación y las vías digitales?.

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