El Mundo

27/05/2017

Gabriel Tortella

En enero de 2016 se cumplieron los 80 años de la muerte de Ramón del Valle-Inclán, el segundo gran manco de la literatura española. Con este motivo se han republicado colecciones parciales o completas de sus obras y se ha reavivado un justificado interés en su vida y su trabajo.

Desde una tarde en que descubrí en los altos de la biblioteca de mis padres el Romance de Lobos, soy admirador incondicional de este autor. Allí encontré grandes clásicos de la literatura, pero para el adolescente que yo era, la combinación de maldad, eros, violencia, y muerte, en un ambiente feudal y rural, expresado todo en ese idioma inigualable, modernista y arcaico, descarnado, preciso y humorístico, que encontré en la comedia bárbara, resultaba irresistible. Valle-Inclán recuerda mucho a Goya: su lenguaje es pictórico, colorista, crudo, como los aguafuertes y los cartones para tapices. De algunos otros autores me cansé; de Valle-Inclán, nunca, al contrario. Es, sin duda, uno de los mejores escritores del siglo XX español, con la mala fortuna de que su elegancia, su modernismo arcaizante y su falta de concesiones ramplonas al lector hacen que sea muy difícil de traducir, por lo que su proyección fuera del mundo hispánico es mucho menor de la que merece. Es un caso grave de lost in translation.

Después de unos comienzos literarios interesantes pero no deslumbrantes, a los 35 años publicó Valle su primera obra maestra, la Sonata de Otoño, que fue seguida de las otras tres Sonatas estacionales que consolidaron su prestigio. Valle ha sido siempre escabroso y provocador. Esta es una de sus muchas paradojas: a pesar de alardear de catolicismo y ultramontanismo, toda su obra está impregnada de un erotismo pagano y blasfemo. No sólo le privan las damas adúlteras (si enfermas, mejor) que se debaten y desgarran entre la pasión y el arrepentimiento, entre el temor de Dios y el amor a Don Juan; es que también le atraen el incesto, la violación, la profanación, el parricidio, la avaricia, la lujuria y la muerte, por parafrasear el título de uno de sus libros esperpénticos. Esto le costó caro en términos de público (el público pacato de la Restauración) y de amistades entre sus partidarios tradicionales y tradicionalistas; le quitaron ventas, taquillas y premios. La Academia se asustó ante Tirano Banderas y declaró el Fastenrath desierto.

Contradictorio y enigmático, Valle tomó la alternativa en prosa con las historias del donjuanesco marqués de Bradomín, feo, católico, sentimental, libertino y descreído. Es “un Don Juan admirable” y activísimo en muy diversas edades y parajes. Y aquí viene uno de los muchos enigmas de Valle: es evidente que la seducción femenina obsesionaba al escritor, pero lo que cuenta ¿era fruto de la experiencia, o de la imaginación? Había leído mucho sobre el tema, pero ¿fue él mismo un Don Juan? En las biografías queda poco rastro de sus aventuras amorosas, sobre todo durante sus años estudiantiles y juveniles. Vivió mucho tiempo en el mundo del teatro. Alejandro Dumas padre, también autor teatral, amaba a las actrices de tres en tres. Valle amó a una, y se casó con ella, pero años después de publicar las Sonatas. ¿En qué fuente bebió Valle la inspiración para el magistral donjuanismo erótico de estas novelas? Es un misterio.

Valle asumió su propio personaje hasta extremos histriónicos. Su careta con melena, barba, quevedos, capa, chambergo, su pose de energúmeno, atrabiliario y excéntrico, ocultaban su natural cortesía y caballerosidad. ¿Ocultarían también aventuras amorosas? Es un enigma.

Otro enigma es el de su credo político. Militó abiertamente en el carlismo: el propio Bradomín es carlista. Especialmente entre 1905 y la Guerra Mundial, Valle fue uno de los héroes del Partido Carlista, dando conferencias, participando en mítines, escribiendo artículos y novelas (La Guerra Carlista), y rindiendo pleitesía a los reyes pretendientes. Pero todo en él tiene un punto de chacota. En la Sonata de Invierno, Bradomín dice: “Me alegro de que no triunfe la Causa… Yo hallé siempre más bella la majestad caída que en el trono y fui defensor de la tradición por estética”. Años más tarde, siempre contradictorio, se hizo republicano e incluso flirteó con el bolchevismo (y con el fascismo, todo hay que decirlo). De él escribió Ignacio Hidalgo de Cisneros, militar comunista que fue jefe de la aviación republicana durante la Guerra Civil, y que le conoció en Roma en 1933: “Para mí don Ramón era un republicano sincero, humano y muy progresista, que se entregó con toda su alma a la República, pues estaba convencido de que ésta realizaría una completa renovación de España”. Valle fue amigo y protegido de Manuel Azaña, que en sus Memorias habla de él con cariño y algo de desesperación por sus desplantes arbitrarios, pero que le ayudó cuanto pudo en las horas difíciles de don Ramón. Fue también muy amigo de Hidalgo de Cisneros y de su mujer, Constancia de la Mora, y de Indalecio Prieto, por ejemplo. ¿Con qué Valle-Inclán nos quedamos, con el reaccionario o con el revolucionario; cómo se entienden estos bandazos?

Yo creo que esto sí se puede explicar, mejor que el enigma amoroso. El carlismo de Valle es una reacción ante el ambiente cultural vulgar, soporífero, romo, de finales de la Restauración, de la política cínica y adocenada del período, de una clase política caciquil y corrompida. Otro alter ego de Valle, Max Estrella, en Luces de Bohemia, dice: “España es una deformación grotesca de la civilización europea”. En esta España deprimente, pensaba Valle, había que ser defensor de la tradición carlista por estética. El carlismo de Valle-Inclán era una rebelión honrosa ante la fealdad de la España de la Restauración, que retrató cruelmente en esta obra. Era una regresión inconforme y atávica a un pasado mitificado pero hermoso.

Luego, sin embargo, ocurrieron y le ocurrieron cosas. Llegó la Dictadura de Primo de Rivera; los intelectuales se rebelaron contra ella, y Valle se sumó a la rebelión. El ambiente cultural mejoró (la Edad de Plata) y él se identificó con sus nuevos amigos republicanos. Por otra parte, ahora se sentía plenamente reconocido y así era. Al caer la Dictadura y la Monarquía, parecían abrirse esas perspectivas de transformación y reforma de que hablaba Hidalgo de Cisneros. Pese a estar viejo, enfermo, y con serios problemas familiares, Valle-Inclán se identificó con la República aunque, inevitablemente, despotricara contra muchas cosas, entre otras, contra la CEDA y Lerroux. Desde Roma se solidarizó con la rebelión de Octubre de 1934. Olvidados quedaron el carlismo y el catolicismo. Murió seis meses antes de estallar la Guerra Civil, y es difícil saber con qué bando hubiera estado, si con los requetés y falangistas, o con los republicanos progresistas y rojos.

También podemos preguntarnos, por qué no, cuál sería su posición en la España actual. Yo creo que, hoy y aquí, volvería a ser carlista. Por estética y por ética.

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