Sin diálogo la vida humana se estanca, ni siquiera merece el calificativo de humana. Lo que ocurre es que cualquier diálogo, tiene dos dificultades básicas: saber escuchar lo que realmente dicen nuestros interlocutores -no lo que deseamos o tememos, según nuestros prejuicios- y el relativismo lingüístico en el que se desarrollan nuestros pensamientos y palabras. Pues lo que para nosotros significa una cosa, para aquellos con quienes intentamos hablar puede tener un significado totalmente distinto, aunque en teoría usemos el mismo idioma.

En los diálogos entre personas de distintas religiones esto se aprecia con toda claridad. No hay que olvidar que toda religión – como dice Fraijó, cuyo pensamiento dirige estas reflexiones- es una comunidad narrativa, aglutinada en torno a unas creencias y a unos ritos. El lenguaje resultante para los miembros de otras religiones no es fácilmente inteligible sin esfuerzo y en el primer contacto.

Incluso entre creyentes de las tres grandes religiones monoteístas -judaísmo, cristianismo e islam-. Para empezar, nuestra fe se dirige al mismo Dios. Llámese Yaveh, Dios o Alá. ¿No se oculta tras esta incomprensión el error grave de considerar al Ser Supremo -con el nombre que se le dé- como judío, cristiano o musulmán?. ¿No es el Único para todos, incluso para los que no son de las religiones del Libro?.

Cuando interactúan coloquialmente gentes de distintas religiones descubren que tienen bastantes coincidencias, cosas comunes y otras que los separan. Bueno es descubrir y aplaudir aquellas y trabajar juntos en esos puntos comunes. Pero sin ocultar las diferencias. Proceden de sus orígenes distintos y muchas veces de visiones dispares sobre la naturaleza humana. Lo que no nos gusta de esas divergencias, puede ayudarnos a comprender mejor la nuestra. ¿Y no ocurre muchas veces que nosotros también incurrimos en esos errores que encontramos en los otros?. La necesaria autocrítica nos ayudará a depurar la hojarasca que recubre la experiencia religiosa fundante de nuestra religión.

Y si pasamos de las conceptualizaciones doctrinales a las conductas, ¿no encontramos en todas las religiones, incluida la nuestra, muchas incoherencias?. ¿Personas que cuya vida religiosa va por una lado, cumpliendo escrupulosamente las normas y ritos, y en los demás aspectos de su vida se olvidan de sus creencias proclamadas?. ¿Y por el contrario, no hay en todas las religiones -y entre gentes sin religión- personas que viven honestamente, luchan por un mundo fraterno y ayudan a los desamparados?. ¿No son estos los justos, los santos en lenguaje católico?.

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