En los regímenes autocráticos -dictaduras y totalitarismos de toda laya e ideología- la voz de quien o quienes ejercen el poder es la única que se escucha. A los súbditos sólo les queda acatarla, por convicción o por miedo. Los chistes y las críticas en pequeños cenáculos son la única vía de escape a esas consignas imperativas. Las modernas tecnologías suponen un reto para esa uniformidad impuesta y de ahí sus esfuerzos para ocultarlas y las severas penas para quienes accedan a ellas o las empleen.

Las democracias, con todos sus defectos tan perfeccionables, se basan en un principio totalmente opuesto. Todos tienen derecho a lanzar su voz al ruedo público y las decisiones han de ser frutos nacidos después de una deliberación serena y razonada. Esto ha de aplicarse tanto en una comunidad grande como en pequeños grupos.

Deliberar supone emitir la propia opinión sí y además ESCUCHAR las de los demás. ¿Nos han educado para escuchar?. Es mucho más que oír distraídamente o pensando en la réplica que vamos a lanzar a continuación. Supone analizar lo que nos dicen, cómo nos lo dicen, la parte de verdad que hay en sus aseveraciones aunque no coincidan con nuestro pensamiento. La escucha perfecta supondría conocer la biografía de nuestros interlocutores, sus experiencias vitales, desde dónde y con qué perspectiva ven la situación que estamos debatiendo.

Una de los errores más extendidos es el hecho de que hablen varios interlocutores a la vez. El guirigay resultante impide entender lo que dice cada uno. También en esto se nota nuestra falta de educación democrática. El mal ejemplo que dan muchos contertulios -políticos, periodistas…- se contagia con facilidad. Se precisa una persona enérgica que actúe de moderadora y que dé la palabra por riguroso turno de petición, cortando de raíz a quien quiera saltárselo. También conviene limitar el tiempo, pues no falta quien se alarga en su exposición, impidiendo que hablen luego los demás.

La deliberación debe -si se puede- acabar en una toma de decisión. Pocas veces habrá unanimidad. Más aún, muchas unanimidades son sospechosas. Lo más frecuente es que se propongan soluciones alternativas. Habrá que votar, por el procedimiento que se juzgue más limpio y auténtico. Pero hay quienes no se resignan a esto a no ser que la opinión mayoritaria coincida con la suya. Pueden hacerlo en virtud de un dogmatismo férreo, nacido de unas creencias absorbentes o de un sentimentalismo visceral. La madurez democrática exige que quienes discrepen formulen un voto particular y acatar las decisiones tomadas democráticamente. ¿Sabemos hacerlo?.

Por desgraciadamente, hoy predominan formas que son la parodia de una democracia deliberativa. Se ha sustituído la exposición serena de argumentos y la escucha por la apelación a las emociones más primitivas. Las técnicas de la publicidad mercantil han invadido el campo de la política grande o pequeña. Los populismos toscos y primarios ganan adeptos. El miedo y el odio hacia los diferentes son los resortes más empleados. ¿No hay en todas las latitudes gentes que se prestan a seguirles el juego y a apoyarlos?.

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