No son, a mi juicio, lo mismo. Rivales son quienes pugnan por algo que ambas partes desean obtener. Aceptan unas reglas comunes y un árbitro o árbitros cuyas decisiones se acatan disciplinadamente. Se guardan lealtad recíproca, que se manifiesta tanto cuando ganan como cuando pierden. Que el vencido felicite de corazón al ganador, llegando incluso a abrazarle generosamente, forma parte de esta tradición del fair play, del juego limpio, del que los anglosajones fueron maestros.

Enemigos, en cambio, son quienes guardan en su corazón un sentimiento de rencor hacia sus contrincantes. Se manifiesta en una conducta torticera, en el intento de de burlar las normas, en la crítica a quienes deciden por la sospecha constante de que favorecen intencionadamente a la otra parte. La zancadilla, la mofa del adversario, el empleo de la violencia, las trampas para alzarse con el triunfo son habituales. Conocida es la anécdota de Winston Churchill a aquel político novato que se vanagloriaba de haber debatido con sus enemigos políticos. La respuesta del astuto y veterano político fue rápida: no se equivoque Ud, los del otro partido son nuestros rivales, los enemigos los tenemos en el nuestro.

El deporte se presentó durante mucho tiempo como una escuela de rivalidad sana. Pero hace mucho tiempo que se ha convertido en un negocio sucio donde todo vale. El dopaje, las apuestas, el soborno de jugadores o equipos, la violencia dentro y fuera del terreno de juego, los ultras que infestan con su agresividad, los ataques físicos y verbales a árbitros, los medios de comunicación escritos y digitales azuzando las pasiones y el odio son manifestaciones de esa metástasis que corroe el deporte. El colmo es cuando esa violencia irracional llega a partidos de equipos infantiles, con agresiones entre los padres.

No se trata de ganar sólo, sino de humillar al contrario. Los gestos de orgullo presuntuoso al recibir el premio, la rabia incontrolada al no conseguirlo. Se une tanto la honrilla del triunfo, como las bicocas económicas que trae consigo en los deportes de élite.

Eso que vemos en el mundo del deporte se da también en el empresarial y en la política. La corrupción, las malas artes, las mentiras publicitarias, son un círculo vicioso de podredumbre moral que infecta toda la sociedad. ¿Es de extrañar que las actitudes de los ciudadanos de a pié, oscilen desde la credulidad ciega, interesada o no, a la desconfianza total?.

¿Caben unas actitudes distintas en las que primen no el alzarse con un triunfo, sino el colaborar juntos para mejorar todos sin dejar a nadie descolgado?. Difícil sí, pero posible. Es cierto que tenemos genes de agresividad, pero también de cooperación. Se necesita un aprendizaje consciente para desarrollar nuestra capacidad para ese trabajo mutuo y solidario. ¿No exige esto tanto cambiar nuestro impulso interior como luchar contra ese sistema neoliberal que fomenta la competitividad y divide a la sociedad en triunfadores, unos pocos, y una mayoría de perdedores, de prescindibles?.

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