Santiago Carrillo, Memorias, Planeta, Barcelona 1993, págs. 595-596.

Con motivo de la creación de la Junta Democrática de España en 1974, el entonces secretario general del Partido Comunista de España estableció cierta relación con la Familia Borbón-Parma, que recuerda de la siguiente manera en sus memorias:

«Cumpliendo los acuerdos de la junta establecí en París una relación con don Carlos Hugo, su familia y su entorno político. La reconversión del carlismo a las ideas de la democracia e incluso del socialismo era un fenómeno tan sorprendente que me interesó conocerlo de cerca. El señor Zavala –hoy fallecido– me presentó un día a don Carlos Hugo. Era éste un joven universitario formado en Francia, sin duda muy inteligente, con el que resultaba fácil congeniar. Conocí y tuve largas conversaciones con su familia: su padre, don Javier, su esposa entonces, doña Irene, princesa de Holanda, y su hermana María Teresa.

Don Javier era un hombre, ya bastante anciano, que había participado en la resistencia antinazi en Francia y había sido represaliado por los alemanes. Mientras hablaba con él en el apartamento de Carlos Hugo en París me costaba trabajo identificar al hombre que se expresaba como un demócrata con quien cuarenta años antes había sido uno de los organizadores de la sublevación franquista. Don Javier me dijo esa vez que si él y yo nos hubiéramos conocido en el 36 quizá hubiéramos podido evitar la guerra civil. Me lo decía tan sinceramente que no quise quitarle la ilusión. ¡Habían tenido que pasar tantas cosas en España y en el mundo para que él y yo llegásemos a conocernos…! En ese momento recordé un episodio de la guerra civil, una conversación que mantuvimos Delage, Modesto y yo, en la Muela de Teruel, con tres prisioneros navarros, carlistas, que acaban de hacer nuestros soldados. Eran tres muchachos del campo, casi analfabetos, que llevaban bordado el escapulario con el «Detente bala». Estábamos sentados en la hierba con ellos y al preguntarles por qué combatían y se arriesgaban, después de pensárselo mucho, el más avispado terminó diciéndonos que defendían su religión, su fe, porque les habían explicado que los «rojos» luchaban contra ella. Creían en las virtudes defensivas del «Detente bala» bendecido por su capellán. La conversación era más bien deprimente. Socialmente no se diferenciaban de la mayor parte de nuestros soldados, eran trabajadores de la tierra, quizá sus padres poseyeran o llevaran en arriendo una pequeña heredad. Pero eran muchachos acostumbrados a ganar el pan con el sudor de su frente, como los que combatían en el Ejército republicano. Hablando con ellos te percatabas de hasta qué punto había llegado la ruptura en el seno de un pueblo que era el mismo. Y comprobabas que una Iglesia retrógrada era el motor ideológico que movía a la mayor parte de la infantería que estaba frente a nuestras líneas y que a veces luchaba con verdadero fanatismo. Lo tremendo es que la guerra no iba a resolver esa ruptura.

Don Javier, tras la experiencia de la ocupación alemana y del franquismo, era un hombre distinto al del año 36. ¿Acaso yo no había cambiado también?

Sin embargo en el movimiento carlista la evolución que representaba don Carlos Hugo chocaba con sectores que seguían anclados en la tradición, como se vio en una de las marchas a Montejurra.

Doña Irene, su esposa, era una mujer encantadora, bella e inteligente. Hablando con ella me sorprendía que fuese tan fácil entenderse, un miembro de la casa reinante de Holanda y yo, dirigente de un Partido Comunista. Una vez me dijo una frase que me dio mucho que pensar: que ellos –los carlistas– y nosotros nos parecíamos mucho. Y así como cuando Calvo Serer me había dicho algo parecido, referido al Opus Dei, lo había rechazado, en este caso encontraba cierta analogía: la raíz popular del carlismo, la profundidad de las convicciones que cada uno profesábamos, la sinceridad de nuestro comportamiento. Al lado de eso, la nueva versión del carlismo encarnada en don Carlos Hugo no era en absoluto lejana a nuestras propias convicciones.

Mis conversaciones con María Teresa, hermana de don Carlos Hugo, confirmaban la misma impresión.

Yo nunca llegué a ver a don Carlos Hugo como un pretendiente al trono de España sino como el posible líder de un partido cuyo futuro me parecía incierto».

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