Deia

03/04/2017

Aficionados a la historia siguen los pasos de las tropas que se enfrentaron en Galdames en uno de los episodios decisivos de las guerras carlistas

Cuentan las crónicas que diluvió en abril de 1874. Hasta en eso cuidaron ayer los detalles en la recreación de la batalla de Somorrostro. El centro de documentación y divulgación Trueba y aficionados a la historia pisaron el escenario que allanó el camino a la toma de Bilbao por parte de las tropas liberales. “En plena noche se internaron por Las Muñecas, llegaron a San Pedro de Galdames y subieron a Akendibar con idea de alcanzar Güeñes y, desde allí, llegar a Bilbao siguiendo el Kadagua. Todo entre el 28 de abril y el 2 de mayo”, describió Javier de la Colina. Farmacéutico de Sopuerta, lleva años dedicado también al estudio de una contienda que cambió la sociedad. “Los carlistas perdieron la guerra, la república española el gobierno y Enkarterri, el mineral de hierro”, sintetizó.

Con la guerra de 1936, el recuerdo de lo anterior fue quedando olvidado. Lo que tratan de evitar con los ciclos de conferencias que organiza Trueba desde hace cinco años. “La batalla de Somorrostro es uno de los pasajes históricos a recuperar en la comarca. Supuso un punto de inflexión. Los fueros acabaron cercenados, desde 1876 se terminó con el derecho exclusivo de explotar las cotas mineras y se instauró la obligatoriedad del servicio militar, con lo que estaba por venir: la sangría africana, Cuba y Filipinas”, expuso Ricardo Santamaría, del centro Trueba.

Para saber más sobre la época exploraron la campiña a la búsqueda de restos. Para su sorpresa “transcurridos más de cien años dimos con puntas de bala o casquillos, y creemos que puede existir una inmensa fosa común que aún no ha salido a la luz”. Sin embargo, lo que fue campo de batalla en 1874 resultó afectado por la autopista y una subestación eléctrica y, en el futuro, por un polígono industrial”. Mientras tanto, fueron encontrando material que la gente guardaba en sus casas. Un valioso depósito que será la base de un archivo y quién sabe si en el futuro, un centro de interpretación. Por ejemplo, la familia de la Colina recibió en 2007 un manuscrito en el que se narraba el avance desde las Muñecas

Para acercarse a la historia desde otro punto de vista las jornadas divulgativas concluyeron ayer con una caminata a la ermita de Akendibar, cercana al centro de Galdames. El soportano Javier de la Colina y otros dos expedicionarios vistieron atuendo fiel a la época que les prestaron en Balmaseda. El que se utilizó las dos veces en las que se escenificó la quema de la villa por las tropas de Napoleón en 1808. “Nos sirven de inspiración, los carlistas compraron uniformes de segunda mano en Francia”, explicó de la Colina. A cubierto en un bar de Galdames a la espera de que escampara el aguacero y consultando la previsión del tiempo en sus teléfonos móviles, “parece que hubiéramos cruzado una de las puertas de la serie El ministerio del tiempo”, bromeó con sus compañeros.

Unos minutos más tarde de la hora prevista “vamos a conquistar Akendibar por quinta vez”, jaleó antes de ponerse en marcha. Al alcanzar la ermita los senderistas -entre ellos miembros del Partido Carlista llegados de Bilbao y Nafarroa- se sumergieron en una atmósfera también propia del pasado, en la penumbra iluminando la pequeña nave con velas.

Allí Javier de la Colina detalló los pormenores de la batalla de Somorrostro. “38 batallones liberales no lograban romper el cerco, así que decidieron atacar por Las Muñecas. Cerca de allí falleció el militar carlista nacido en Gordexola, Castor Andetxaga, que se topó con 15.000 hombres. Las líneas carlistas se defendieron como podían. Se vieron sin munición y desbordadas”, relató. Y en Akendibar “se libró una de las últimas escaramuzas, en la que cayeron 200 militares liberales”. De acuerdo a los planes, el 2 de mayo “liberaron Bilbao en una fecha simbólica por la alusión al levantamiento de 1808 contra los franceses”.

Una guerra “entonces muy mediática, con grabados que se publicaban en prensa de varios países de Europa”, eclipsada ante la magnitud de la tragedia que empezó en 1936. De cara al futuro, el centro Trueba y el museo minero piensan en extender su colaboración, quizás con una escenificación incluso más ambiciosa.

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