Naiz

29/03/2017

Javier Cubero de Vicente

No es un secreto que la “Marcha de Oriamendi” sea el himno más emblemático del carlismo en su historia. Ni tampoco que fue incluida en el cancionero institucional del franquismo. Lo que no es tan conocido es el hecho de que la dictadura falseó la letra de Ignacio Baleztena, manipulando los dos últimos versos de la tercera estrofa, al sustituir «Venga el rey de España/A la corte de Madrid» por «Que los boinas rojas/Entren en Madrid». Esta pequeña distorsión no fue más que una muestra más del discurso falsificador del régimen respecto al carlismo. Una vez que los requetés desfilaron por Madrid tras la contienda bélica, en el guión oficial no les correspondería ningún otro papel político que la disolución, pues supuestamente ya habrían cumplido con su misión tras un siglo de lucha.

Pero la realidad histórica es muy diferente a la postal francojuanista de boina roja, camisa azul, y final feliz con el Conde de Rodezno visitando Estoril. La realidad es que en 1939 los carlistas vivieron la victoria militar como una derrota política, pero no por ello se desmovilizaron. La realidad es que se reorganizaron al margen de la legalidad establecida y alrededor de su Dinastía, como siempre lo hicieron después de cada guerra, pues no eran legitimistas en vano. La realidad es que para ellos, entre otras muchas cosas, todavía era una tarea pendiente lograr que «Venga el rey de España/A la corte de Madrid».

La realidad es que quien representaba la «Legitimidad Proscripta», Don Javier de Borbón Parma, en su “Manifiesto a los españoles” de julio de 1945, su primer pronunciamiento político tras ser liberado por los Aliados del cautiverio nazi, planteó que «Los pueblos necesitan implantar sistemas que conjuguen la autoridad en el Poder con los fueros sagrados de la personalidad humana. España no puede sustraerse a esta necesidad de revisión. Necesita cancelar este régimen que compromete su porvenir (…) Que una cosa fue la guerra y otra muy distinta el régimen impuesto», considerando que «el debido orden político» es aquel «que establece que los primeros derechos (…) son los de la Sociedad, y que estos derechos no deben ser otorgados, sino reconocidos», y declarando claramente que el carlismo, «apartado desde su iniciación del régimen que impera en España, señaló a tiempo sus errores. Sus hombres han padecido persecuciones por mantener en alto su bandera, pero han logrado conservar viva y eficiente la organización».

Por eso los carlistas empezaron a subir a Montejurra no solamente para honrar la memoria de los «Mártires de la Tradición» sino también para reclamar primero la reconstrucción orgánica de los cuerpos intermedios de la sociedad civil, después «Libertad política, sindical y regional», y por último la «ruptura democrática». Un proceso de evolución ideológica en paralelo a la propia sociedad, y en conflicto con el sistema fascista, en el cual Don Javier ejercería un rol de liderazgo como garantía de identidad y continuidad más allá de los necesarios cambios epocales.

También por eso Don Javier fallecería en el exilio, como tantos y tantos luchadores, hace cuarenta años, un 7 de mayo de 1977, concretamente en Suiza, ya que el Gobierno de Adolfo Suárez tenía prohibida a toda la Familia Borbón Parma la entrada en territorio español. La única excepción sería la del «tonto útil» de Sixto Enrique, que en ese mismo año de 1977, presidiría un funeral en Madrid conjuntamente con el Duque de Calabria, como representante oficial de La Zarzuela.

Durante los últimos meses se ha desatado una polémica mediática sobre el Museo del Carlismo de Estella/Lizarra. En relación a las múltiples e importantes carencias de su exposición permanente se escribieron diversos artículos, y por reciente decisión del Parlamento de Navarra se va ampliar su recorrido temporal desde la finalización de la Guerra Civil de 1936-1939 hasta las elecciones a Cortes Constituyentes de 1977.

Pero en relación a un vector tan importante de la Historia del Carlismo como es el legitimismo dinástico, hilo central de su continuidad política a lo largo del tiempo, no deja de ser llamativo el silencio existente en esta exposición de revisión pendiente, incluso dentro de sus estrechos y arbitrarios límites temporales, sobre la actividad política de Don Javier en su condición de Príncipe Regente del bicentenario Partido Carlista, por entonces denominado Comunión Tradicionalista

Resulta difícil de comprender como fue ignorado el papel de Don Javier en el trágico año de 1936. Con anterioridad al inicio de la triste Guerra Civil, Don Alfonso Carlos instituyó la Regencia en Don Javier, sin privación «de su derecho eventual a la Corona», por Real Decreto un 23 de enero. Por ese motivo Don Javier presidiría la Junta Militar Carlista de San Juan de Luz, con la finalidad de preparar un levantamiento armado exclusivamente legitimista en base al llamado «Plan de los tres frentes», al cual se intentó incorporar a sectores del Partido Nacionalista Vasco. Por esa razón, tras el fallecimiento de Don Alonso Carlos, el 1 de octubre Don Javier sería investido Príncipe Regente de la España tradicional. El mismo día en el que Francisco Franco, en un golpe de Estado, era proclamado Jefe del Gobierno por una Junta de Generales. A ese hecho le seguiría el arrinconamiento del carlismo con la prohibición de la Academia de Oficiales de Requetés, el Decreto de Militarización de las milicias y el destierro de Manuel Fal Conde; dinámica que culmina con el Decreto de Unificación de 19 de abril, mediante el cual se producía la ilegalización del Partido Carlista, así como la expropiación de sus bienes, locales y periódicos.

También parece complicado de entender como se omitió la actuación de Don Javier en el no menos trágico año de 1937. No mucho después del bombardeo de Gernika, y no mucho antes del decreto por el que se suprimían los conciertos económicos de Bizkaia y Gipuzkoa, en confrontación con la nueva legalidad Don Javier visitaría la Casa de Juntas para jurar los Fueros vascos. No debe olvidarse tampoco que, ante las intenciones falangistas de talar el Santo Árbol, éste tuvo que ser protegido por un cinturón de requetés. En noviembre Don Javier entra nuevamente en territorio español para declarar expulsados de la Comunión Tradicionalista a aquellos carlistas que colaborasen con el partido único, entrevistándose con Serrano Suñer, al que manifestó que era contrario a que en España se aplicasen los métodos de la Gestapo alemana, y con Francisco Franco, al cual le expresó su oposición a la implantación del fascismo, pues tal régimen era incompatible con los ideales por los que luchaban los voluntarios del Requeté. Esta estancia en territorio español terminaría rápidamente con su expulsión por orden gubernamental e inspiración alemana.

Tal cual parece como si la figura de Don Javier continuase siendo incomoda para algunos todavía en este año de 2017 en el que se cumplen no solamente cuarenta años de su muerte en el destierro, sino también del veto gubernamental a la legalización de Partido Carlista con el objetivo de impedir su participación en las mal llamadas «primeras elecciones democráticas», que estuvo acompañado de la ocupación policial de los accesos a Montejurra imposibilitando la realización del acto anual.

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