(Nuevamente vuelven a la carga los seis únicos miembros del Ateneo Basilio Lacort. Esta vez no solamente siguen con su permanente juego de “sota, caballo y rey” con la pretensión de revitalizar la caricatura “reaccionaria” del carlismo, sino que superándose nuevamente rayan el absurdo al acusar al Partido Carlista de esconder información sobre la represión del bando sublevado durante la Guerra Civil. Por otro lado, cuando afirman que “pretenden que las víctimas les exoneremos en virtud de un pretendido antifranquismo sobrevenido”, no podemos evitar preguntarnos quienes son estos señores y que legitimidad tienen para hablar en primera persona de los represaliados pertenecientes al bando gubernamental. Como ya hemos señalado en otras ocasiones la Verdad, la Justicia y la Reparación es una causa merecedora no solamente de todo respeto, sino de que no se la utilice como excusa para fines político-personales muy discutibles)

Naiz

24/03/2017

Carlos Martínez, Víctor Moreno, Fernando Mikelarena José Ramón Urtasun, Clemente Bernad y Txema Aranaz. Miembros del Ateneo Basilio Lacort.

Definen la etapa de la guerra civil (¿incluyen también el periodo de vigencia de la II República?) como «período del gran error y la estafa sangrienta cometida y sufrida por el carlismo en 1936». Computan como intento de destrucción del carlismo la Unificación y el colaboracionismo, y hablan de «las culpas y los daños que sufrimos y pudimos incurrir por acción u omisión».

Tras un largo excurso sobre las penalidades sufridas por el carlismo en más de 180 años de historia y cuatro guerras civiles, donde enumeran la barbarie que hubieron de soportar los carlistas, llegan a la del trienio de 1936-1939. Objetivo: «si lo que se desea destacar son los crímenes, que no nos oponemos a que se haga pero con veracidad, en su contexto y totalidad de los cometidos y recibidos». Por lo tanto piden que «el relato de crímenes no se reduzca solo a Navarra, sino al entero Estado y, naturalmente a los dos bandos en lucha».

Y concluyen: «Sí, la participación en el golpe de estado de 1936 fue, sin ninguna duda, un gravísimo error por nuestra parte, y todos los crímenes de uno u otro bando deben quedar registrados con el nombre de su autor para que no se olviden».

Realizan, finalmente, cuatro propuestas sobre cómo habría que proceder con el museo del carlismo, resultado del análisis realizado sobre la realidad/veracidad del mismo. En la tercera deslizan la siguiente valoración de su aportación histórica: «la innegable defensa carlista de las libertades comunales y derechos de las naciones del actual estado español, desde el mantenimiento y defensa de los Fueros hasta su participación en el ‘Pacto de Lizarra’…».

La semilla de la que nace todo el esperpento del carlismo no es la defensa de ninguna libertad sino la de unos supuestos derechos dinásticos a la corona española reclamados por el hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro, frente a los de la heredera del primero, Isabel. Eso y solo eso. ¿Qué distinguía a una facción de otra? Someramente: los isabelinos asumían una limitación parlamentaria a la omnímoda voluntad del rey; los carlistas se adherían al estatus de la antigua monarquía absolutista en que el soberano era el rey y su voluntad ley. Claro, aquí aducirán los carlistas que ellos se oponían al centralismo de raigambre liberal exhibido por los isabelinos, y bla, bla, bla. Pero ¿es que el pretendiente quería algo mejor para sus súbditos que lo que les había dado su antecesor, el felón Fernando VII, el rey absolutista? ¿Están seguros los carlistas de que era mejor una vuelta a ese absolutismo? Porque eso es lo que defendían. Eso y que la alianza del trono y la Iglesia no sufriera menoscabo. La Iglesia supervisando la ley y la ley al servicio de la Iglesia. Y al que se salga de la senda marcada por la Iglesia, todo el rigor de la ley. Para eso estaba la Santa Inquisición que, por cierto, abolieron los abominables liberales.  No es broma lo de la Inquisición, porque algunos del entorno de los conspiradores del 36 hablaban en serio de la oportunidad de reinstaurarla.

La inquina contra el librepensamiento que manifiesta la Iglesia es compartida por todas las variantes políticas del conglomerado reaccionario español, una de cuyas matrices, quizás la más importante, es el carlismo y sus derivados. Ese es el caldo de cultivo en que se genera la conspiración contra la República.

La fusión entre Iglesia y carlismo se perpetúa hasta dar sus frutos más sazonados en el levantamiento de los carlistas contra el legítimo gobierno republicano en defensa del «Dios, Patria, Rey» de su divisa. El cardenal Gomá pondría a Navarra como ejemplo de lo que todo buen español debería hacer: lanzarse a una guerra en defensa de los derechos de Dios (¿). Una guerra convertida en auténtica cruzada en defensa de la religión. O ¿por qué se alistaron tantos miles de navarros en las milicias requetés? ¿No era ese un engaño mucho mayor que el que les endosó el Caudillo con su famoso decreto de Unificación del que tanto se lamentan?

Su participación en la sublevación no fue ningún error, como dicen. Fue la consecuencia lógica y necesaria de su esencia como alternativa política reaccionaria que pretendía una vuelta imposible a un pasado que solo existía en sus sueños.

Pero, aparte de que no fuera un simple error, solventar la rebatiña a que dio lugar su participación en tan siniestro levantamiento con un «lo sentimos, nos equivocamos» es una insoportable burla a tanto sufrimiento a que se hizo acreedor su amado carlismo.

Para diluir la responsabilidad del carlismo, su responsabilidad, porque asumen y defienden su historia, diluyen los sufrimientos que ocasionaron en el sufrimiento global generado por la sublevación y subsiguiente guerra civil, en la que ellos también se sitúan como víctimas. Sufrimiento y barbarie que añaden como parte indivisa de la barbarie de la que ellos han sido objeto. Ponen en pie de igualdad las vejaciones sufridas durante las guerras carlistas del XIX (eso sí, no aluden a las que ellos perpetraron en aquellas ocasiones) con los asesinatos de republicanos que propiciaron y ejecutaron durante 1936-1939. Como si las guerras carlistas del XIX tuvieran el mismo carácter que el golpe y la Guerra Civil.

Con la sublevación de la que formaron parte primordial y la guerra a que dio lugar tuvieron el honor de sumarse con más ímpetu al exterminio del enemigo a gran escala, propio de los fascismos, de los que ellos, los carlistas, formaron parte, digan lo que ahora digan. De hecho en 1934 fueron en una delegación de monárquicos de Renovación Española y carlistas que se desplazó a Roma a pedir ayuda, armas y dinero, para acabar con la República. Mussolini, además, puso a su disposición un campo de entrenamiento militar al que acudieron insignes carlistas como Jaime del Burgo o el cura Pascasio Osácar. Fal Conde lo detalla: «más de doscientos requetés preparados en Italia como capaces oficiales, de los que a su vez algunos seguían instruyendo a otros en Urbasa. Amplios cuadros de jefes y oficiales que demuestran que la Comunión Tradicionalista […] tenia en 1936 una preparación capaz de levantar en armas a la nación oprimida». Y el señuelo de la religión no les exime del calificativo de tales, sino al contrario: aquí el fascismo era católico, con la aureola de «santa Cruzada» y detentebalas.

Pero es que, además, no se pueden salir por la tangente del problema exigiendo que se contabilicen los horrores de todo el Estado. Porque en Navarra, como se ha repetido hasta la saciedad, no hubo frente de guerra y, a pesar de ello, la limpieza política que se llevó a cabo entre votantes y simpatizantes republicanos fue programada, consentida y al amparo del poder casi absoluto que el carlismo disfrutó. Navarra fue un auténtico feudo autónomo en la España sublevada, principalmente, durante los primeros meses de la contienda, los más sangrientos, en los que llevaron a cabo el grueso de tal barbarie.

Por lo demás, parecen no enterarse de que el recuento de muertos, de «sus» muertos, su localización, exequias y homenajes incluidos, y la búsqueda y castigo de los responsables ya se llevó a cabo hace mucho tiempo. ¿Acaso no montaron para ello aquella magnífica Causa General que iba a demostrar ante el mundo la faz horrible y criminal de la II República? Hasta que se dieron cuenta de que su investigación les demostraba que el horror que ellos, los buenos, habían extendido era mucho mayor que el de sus denostados enemigos. Y durmieron la gran Causa tras utilizarla en numerosos procesos judiciales contra el rojerío que el carlismo reprimió.

Eso sí, se encargaron bien de silenciar todo el horror del que eran responsables. Ni listados de muertos por sus huestes militares, carlistas y falangistas, ni nombres de los autores de los asesinatos, ni por supuesto castigo para ninguno de ellos, por abominables que hubieran sido. Porque conocer estos nimios detalles, los conocían de sobra. Como también conocían dónde había sido soterrado tanto inocente asesinado. Y esa información, que bien pudieron ofrecer a los familiares a finales de los setenta, se la guardaron asesinos y correligionarios, como colofón a una posguerra en la que hicieron que las viudas y supervivientes republicanos siguieran sintiendo a diario el aliento del golpe. Ahí quedan hoy alrededor de un millar de «desaparecidos» en cunetas y descampados.

Así que está bien eso de que «todos los crímenes  de uno u otro bando deben quedar registrados con el nombre de su autor para que no se olviden». Cuando quieran pueden empezar a exigir a sus correligionarios de ahora y de entonces que expongan y depongan  lo que sepan. Posiblemente, mucho. Lo atribuible al bando republicano ya está de sobra trillado. Es de suponer que a pesar de su buena voluntad sus héroes de la Cruzada y sucesores ni han estado ni están para esas generosidades.

En fin, se puede decir que los carlistas quemaron su último cartucho con ocasión de su sublevación contra la II República. Si sus levantamientos decimonónicos estaban abocados al fracaso, porque iban a contracorriente de una historia que tozudamente se lo advertía, el del 36 fue aún más descabellado. Conspiraron, cuando todavía nadie lo hacía (y ahí están Jaime del Burgo y Fal Conde confirmándolo), y se prepararon para una sublevación con el objeto de reinstaurar la «legítima monarquía», la suya, en el trono de España. Y estuvieron dispuestos a ir por su cuenta al combate. Así estaban de demenciados. A última hora algunos muñidores como Rodezno y Garcilaso consiguieron su acuerdo con los militares, con Mola, para ir juntos a la sublevación, Guardia Civil incluida, tras asesinar a Medel por la espalda, por defender la legitimidad republicana.

Todo hubiera quedado en una asonada más condenada al fracaso, de no haber formado parte de una conspiración mucho más amplia, liderada por militares que contaban con el apoyo de la oligarquía económica… y de la Iglesia. Y estos sí sabían lo que querían y con qué apoyos internacionales podían contar: los de todos los fascismos europeos en auge. Desde luego, lo del «legitimismo carlista» les traía al pairo. Todos esos lloriqueos sobre la estafa franquista dan risa, habida cuenta de las posibilidades reales con que contaban de imponer sus tesis a los representantes de los intereses económicos y políticos de la gran derecha conservadora española, con la que se habían aliado. Gran derecha procedente en gran parte del liberalismo conservador o del conservadurismo liberal, para más inri. El carlismo era una corriente política reaccionaria abocada necesariamente a su desaparición. Así lo entendieron muchos de sus próceres que enseguida buscaron acomodo en el nuevo régimen. El carlismo era ya un muerto al que algunos se empeñaban en insuflarle vida. El cabreo con Franco porque los unificara con Falange y porque, sobre todo, no se aviniera a poner la corona en las sienes del pretendiente carlista (que ese es su falso antifranquismo) no contribuyó en nada a aliviar el sufrimiento causado por los crímenes que habían perpetrado.

Desheredados de cualquier opción real de imponer a su rey, los carlistas cargan, en cambio, con la herencia de los crímenes que querrían olvidar, mientras pretenden que las víctimas les exoneremos en virtud de un pretendido antifranquismo sobrevenido. Situación que algunos adornan con el alucinante pedigrí de un historial de «rebeldes primitivos» que luchan por los comunales, que alientan el surgimiento de colectivos anarquistas (y casi, hasta de la Revolución rusa) y son, también, los predecesores del nacionalismo (desde luego que lo son de la rojigualda, punto innegociable con Mola), o mejor, que constituyen la conciencia nacional vasca en el XIX. Lo cual ya es mucho más que rizar el rizo en la chistera, un delirante intento por embellecer una historia que no tiene mucho de bella ni de ejemplar. En todo caso, allá cada cual de lo que se reclame heredero.

El halo de rebeldes sempiternamente perdedores ha contribuido a suscitar simpatías. Algunos, incluso, transforman esa derrota continuada en una gesta romántica, como material novelable, como en el caso de Valle Inclán. Pero el rastro de destrucción que dejaron tras ellos nos sitúa en la prosaica realidad de los hechos sin retórica que justifique su legado.

En definitiva, que los carlistas constituyan un fenómeno sui generis en el panorama español y en el reaccionario europeo, que quede como objeto de estudio, pase. Pero es una vergüenza que exhiban esa cualidad como atenuante del golpe y de sus crímenes en Navarra, que esa es la cuestión que planteamos y que prefieren sequir esquivando con cuentos por los cerros de Úbeda.

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