18/03/0217

El Tribuno (Argentina)

Felipe Hipólito Medina

En el atardecer romano, crecía la expectativa del público agolpado en la Plaza de San Pedro, esperando la elección del nuevo papa, luego de la renuncia de Benedicto XVI. Era 13 de marzo de 2013 y el cardenal Tauran anunciaba ante una multitud dispersa por el mundo el nombre del Papa.

Ante la pronunciación del primer nombre Giorgius saltó en mi corazón el apellido Bergoglio. A lo largo y ancho de nuestro país y del mundo la gente quedó enmudecida por unos segundos y luego estallaron los gritos, llantos y abrazos, el primer papa argentino, un papa latinoamericano, un hombre venido del fin del mundo. Llovían miles de mensajes de texto, “una bendición para el país”, “horror en la iglesia”. Después de la euforia, los argentinos comenzamos a hacer lotería política. ¡Quién da más!, este papa va a destruir al gobierno de Cristina, esos que lo ningunearon doce años. El sector conservador de la Iglesia sentía que atravesaban su vientre con una lanza frente a un jesuita imprevisible e inmanejable. Los progresistas y sectores politizados de la iglesia lo miraban con desconfianza. Un hombre que sacaba y saca aún del fondo del corazón humano sentimientos encontrados y desconcertantes. Su discurso inicial puso blanco sobre negro y relanzó el Concilio Vaticano II: “Antes de que el obispo bendiga al pueblo -dijo el Papa Francisco inclinándose ante el pueblo de la Plaza San Pedro- pido al pueblo que pida a Dios una bendición para mí”. Estas palabras ponen de manifiesto la definición del Iglesia en Lumen Gentium, Pueblo de Dios jerárquicamente constituido. Como decía San Agustín, “para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano”. Eligió el nombre de un reformador y crítico del poder eclesial: Francisco de Asís, un loco por Cristo, un hombre que procuró vivir de modo radical la fuerza del evangelio sin importarle la presión del poder de su tiempo en una iglesia cansada, corrupta y desgastada. Francisco asumió el pastoreo de una iglesia en crisis, un raro clima interno que la puso en el banquillo del despiadado jurado del mundo y de la prensa. Con graves problemas entre los pastores, problemas iguales y mayores con los que lidió en Argentina. Los problemas de celibato, seguridad económica y obediencia en el clero. La falta de disciplina y la mundanidad se apoderaron de vastos sectores de la iglesia con un trasfondo doctrinal de relatividad. Reencauzar este desborde interno y mantener su función de líder espiritual y referente de paz en el mundo son dos grandes desafíos en una iglesia que se resiste al cambio, y un mundo que camina con criterios propios del dios dinero en un naciente nacionalismo y regionalismo que en otros tiempos trajeron guerra, odio y muerte. La única palabra que tiene el Papa son las del Evangelio y ha demostrado su valor al hablar con claridad en todos los foros. Su misión está más allá de las pequeñas rencillas políticas criollas. Aquí también es víctima de una campaña mediática despiadada que pretende meterlo en nuestras propias dicotomías. Francisco ama al pueblo argentino y sufre cada día el aumento escandaloso de la pobreza en nuestro país, reclamándoles a sus obispos, sacerdotes y religiosas, a todo el pueblo, ocuparse de la Patria. Un país que con un 30% de habitantes bajo la línea de pobreza muestra el fracaso de sus políticas económicas y sociales desde hace varias décadas.

El Papa lo sabe, no está lejos. Francisco quiere una iglesia pobre para los pobres, un pueblo solidario y habitantes que se conviertan en ciudadanos y participen de la vida pública y de la vida política, que hoy parece reservada para los que la pueden comprar. Francisco es el hombre que Dios puso en la Iglesia para sacarla del abismo y lo puso en el mundo como signo de contradicción, como fue Jesús en su tiempo histórico. Recemos por él -como lo pide en cada discurso y en cada encuentro- ya que desde hace cuatro años sigue intentando torcer el brazo del mal.

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