activistas-protestan-puertas-eurocamara-ceta_ediima20170215_0145_4

El acuerdo comercial, aprobado con el voto favorable de los diputados españoles del PSOE y del PP, representa algo más que una nueva vuelta de tuerca de las políticas neoliberales, al vaciar de contenido el principio jurídico de la soberanía popular en favor de una normativa transnacional que blinda los intereses de las grandes empresas frente a las instituciones públicas.

El miércoles 15 de febrero la Eurocámara aprobó el CETA por 408 votos a favor, con 254 en contra y 33 abstenciones. Esta votación supone su inmediata entrada en vigor, pero de manera provisional y condicionada, pues es necesario que sea ratificado por los Parlamentos de cada uno de los Estados-Nación miembros de la Unión Europea.

En pro del Tratado han votado masivamente los grupos parlamentarios del Partido Popular Europeo, fuerza mayoritaria del centro-derecha europeo, cuyos principios democristianos hace tiempo que se diluyeron en un magma liberal-conservador; la Alianza de los Conservadores y Reformistas Europeos, creada en 2009 por iniciativa del Partido Conservador británico, de carácter moderadamente euroescéptico; y la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa, que integra fuerzas tan diversas como Ciudadanos, el Partit Demòcrata Europeu Català o el Partido Nacionalista Vasco.

La oposición ha sido conformada por Los Verdes-Alianza Libre Europea, coalición de partidos ecologistas y nacionalistas como Equo o Compromís; e Izquierda Unitaria Europea, impulsada principalmente por fuerzas procedentes de la tradición comunista; pero también por diversos partidos de ultraderecha xenófoba como el Frente Nacional francés.

En el Partido Socialista Europeo, la segunda fuerza del Parlamento, únicamente por detrás del Partido Popular Europeo, se produjo una importante división en el voto, pues el Partido Socialdemócrata de Alemania apoyaba el acuerdo mientras que el Partido Socialista francés era contrario.

Poco queda ya del histórico pacto entre la social-democracia y la democracia cristiana que, tras la catástrofe de la II Guerra Mundial, posibilitó y consolidó la generalización del Estado Social y Democrático de Derecho en la mayor parte de Europa occidental en el marco de la Guerra Fría.

La descomposición del comunismo soviético como bloque geopolítico en 1991, como es sabido, supuso la hegemonía mundial del liberalismo americano sin freno alguno, pues la social-democracia y la democracia cristiana europeas renunciaron a sus respectivas tradiciones al ser afectadas por su onda expansiva. La consiguiente crisis global del capitalismo como sistema económico, producida en 2008, si bien ha implicado la crisis ideológica del neoliberalismo no ha sido acompañada de su sustitución ante la ausencia de un paradigma alternativo de igual proyección.

Así no solamente no son rectificadas las políticas estructurales que nos condujeron a la actual crisis sino que los poderes fácticos siguen profundizando en ellas a través de Tratados de Libre Comercio como el TTIP, el TISA o el CETA.

Anuncios