Naiz

17/02/2017

Víctor Moreno

El ateneo Basilio Lacort lo forma un grupo de personas cuyo ámbito profesional resulta tan variado como su pluralismo ideológico. Su finalidad más notoria consiste en opinar como colectivo con relación a ciertos acontecimientos que impactan en la sociedad. Dos de los hechos en los que ha intervenido últimamente han tenido como objeto temático el Monumento a los Caídos y el Museo del Carlismo de Estella.

En ninguno de los dos casos, sus opiniones han sentado bien en quienes podríamos calificar como representantes de un carlismo residual y en los descendientes directos de golpistas cualificados durante la guerra civil. El Ateneo no ha dudado en señalar al carlismo como una de las milicias armadas que, junto con los falangistas, más terror y muertes sembraron en Navarra durante el golpe militar y la posterior guerra civil.

Como ocurre en estas polémicas, quienes se han sentido molestos por las intervenciones del Ateneo, no solo han recurrido a descalificar su mensaje, sino que, también, han cargado sus tinteros contra los mensajeros. E, incluso, el propio Basilio Lacort ha recibido alguna pulla.

Por una parte, a los miembros del Ateneo, aun ignorando quiénes lo forman en su conjunto, los han tachado de «sedicentes liberales». El exabrupto parece propio de un vidente o pitonisa, pues el diccionario de la Academia entiende por sedicente «a una persona que se da a sí misma tal o cuál nombre, sin convenirle el título o condición que se atribuye». Muy perspicaz tiene que ser este crítico, pues sabe más de los miembros del Ateneo que estos de sí mismos, quienes, al parecer, se atribuyen la etiqueta de ser liberales sin serlo, cuando ninguno ha manifestado cuál sea su pensamiento político.

Por otra, reducir la figura de Basilio Lacort Larralde (1851-1908) a guardia civil y comecuras, solo lo hace quien conoce la historia de este republicano de Bera, y está acostumbrado a manipular y esconder hechos del pasado que afean la conducta de quienes considera cercanos o de su hornada ideológica. Su reduccionismo interpretativo resulta pueril.

Basilio Lacort Larralde fue una figura política importante de su tiempo, documentada por Arbeloa, Lecea y García Sanz, entre otros. Nadie ignora que Lacort fue guardia civil, sí, pero, también, masón, político republicano, periodista, fundador de “El Porvenir Navarro” y de “La Nueva Navarra”, promotor de “El Azote” y colaborador del periódico zaragozano “El Clamor”.

¿Comecuras? Hay que ser, además de imbécil, bastante meapilas para decir que Lacort lo fue. No tenía tan pésimo gusto alimentario. Sí fue un defensor de la separación Iglesia y Estado –un laicista radical avant la lettre–, que denunciaría como pocos en Navarra la intromisión abrasiva de la Iglesia en la sociedad civil, motivo por el que, entre otras heterodoxias, sería excomulgado en 1900 por el obispo de la Diócesis, José López de Mendoza. Muy valiente tenía que ser para enfrentarse a la Iglesia en una tierra donde los propios carlistas afirmaban que «Navarra era cristiana antes de Cristo» “(El Pensamiento Navarro”, 2.10.1906).

Lacort está muerto, pero lo que promovió sigue vivo. Su defensa del laicismo contra la intolerancia y la invasión clerical en un Estado no confesional sigue hoy día más vigente que nunca. Recordemos que los obispos, tanto Ruiz Cabal como López, acusarían a Lacort por «defender errores modernos como el sufragio, el jurado, la tolerancia religiosa, la secularización de los cementerios o la libertad de emitir cada uno sus ideas».

En cuanto a los carlistas, tendrían que estar más que agradecidos al Ateneo Basilio Lacort. Gracias a él, Navarra, y parte del mundo exterior, se ha enterado de que aún hay aborígenes carlistas vivos y coleando en esta tierra. La gente los creía entubados en formol y formando parte de unas vitrinas de un museo. De hecho, llevaban años sin decir esta boca es mía. Y se les nota. Porque, cada vez que intervienen, tiene que sacudirse el polvo acumulado de un pasado más que mítico, cretácico. Es normal. No todos los partidos tienen un archivo tan vetusto. Desde hace 184 años. Demasiado rancio para acomodarlo a los tiempos que corren. Se necesitaría mucha cirugía estética para encajarlo en la actualidad.

El carlismo de hoy no tiene idea original que pueda aportar a la sociedad, sea en el ámbito de la política, economía, cultura o educación… El pasado ha jibarizado su presente desde que perdieron la guerra civil a pesar de estar en el bando de los vencedores. Ni su oposición al franquismo le sirvió para depurar esa mácula indeleble de «rebelde primitivo» y montaraz, místico y romántico, y acomodarlo a las coordenadas de la modernidad.

Y, ciertamente, los carlistas hodiernos no deberían apurarse por su falta de adaptación inteligente al nuevo nomenclátor político. Nadie los echa en falta. Ni siquiera su proverbial defensa de los fueros. Una desafección que les tiene que doler en lo más íntimo, pues, si alguien en esta tierra se ha identificado sui géneris con los fueros, fueron los carlistas. Sin embargo, ni quienes presentan los fueros como restos de una independencia añorada de Navarra como Estado, reconocerán abiertamente que dicha formulación la han ordeñado del carlismo.

Hoy, ningún colectivo mayoritario tiene al carlismo como referente político. La historia los ha exonerado de dicha responsabilidad. Deberían sentirse más que aliviados. Liberarse de tan pesado lastre es lo mejor que les ha podido suceder. Para ellos y para la ciudadanía.

¿Que si el Ateneo Basilio Lacort odia al carlismo? Hombre, hay que ser imbécil, pero muy imbécil, para pensar que exista alguien que se dedique a odiar algo que no existe. Decía Chateaubriand que una cualidad de las personas inteligentes es saber elegir a sus oponentes. Y que, habiendo tanta gente que merece ser insultada por lo bobos que son, conviene esforzarse en elegir al enemigo. Si el carlismo ambulante piensa que es el enemigo a batir, es que sus patrocinadores son unos ingenuos. El carlismo en Navarra lo fue todo, pero, hoy, es nada.

Por lo demás, caso de que a los ateneístas lacortianos les moviese una pizca de odio en sus planteamientos, tengan por seguro que no sería el carlismo su receptor. Existen muchas ideas dignas del más absoluto desprecio. Al carlismo de hoy no se le puede ningunear, porque es nada. Y esto, en lugar de entristecer a sus dirigentes locales y federales, debería alegrarles el día. Ocupando el nicho del olvido que les pertenece por derecho, no sufrirán la intemperancia del odio y del desprecio, como le sucede al resto de la camada política actual. Y lo mejor. Ya no serán responsables de ninguna catástrofe que denigre la condición del ser humano. Ni se les podrá atribuir ningún desastre social, político, económico y educativo como sí cabe hacérselo al Cuatripartito, a UPN y al PSN.

Y, bueno, caso de que fuera posible odiar al carlismo, que no lo es porque no es, tampoco sería motivo de escándalo. Todas las ideas son discutibles y algunas más que otras. Las hay intolerables y repugnantes. Por tanto, odiables y odiosas. Nunca las personas que las profesan. Bastante tienen con soportarse a sí mismas.

 

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