2007jornadasPor su interés plenamente actual reproducimos el siguiente artículo pues las concepciones ideológicas y acientíficas (el carlismo como supuesta variante de una “Contrarrevolución” atemporal e internacional que abarcaría incluso a asesinos de Montejurra 76 como los pistoleros de la Triple A argentina) que animaron las Jornadas de Estudio del Carlismo en Estella, entre los años 2007 y 2010, se encuentran totalmente reflejadas en la exposición permanente del llamado Museo del Carlismo.

El Federal, nº 31, diciembre de 2007, p. 7.

Així, sense oblidar altres components comuns al carlisme de la resta d’Espanya, m’han interessat aquells especifícs de les terres catalanes i que atregueren les bases populars del moviment (rebuig de les quintes, consums, empleats…) o els que ho feren a sectors intel.lectuals relacionats amb la Renaixença i el regionalisme. I que la cúpula dirigent no féu més que recollir y canalitzar amb el foralisme. Tan ideològica, però també científica, pot ser aquesta perspectiva com la que utiliza Jordi Canal fent história institucional i ressaltant com a promordials just alguns components comuns espanyols del carlisme. Però ja sabem que Canal seguéix la historiografia més conservadora, la que té com a únic subjecte històric les institucions dominants. I aquest corrent sempre s’ha escudat en el cientifisme asèptic per tal d’amagar el seu propi enfocament ideològic.

Isabel Peñarrubia

Con el título «El carlismo en su tiempo. Geografías de la contrarrevolución», tuvieron lugar en Estella las denominadas I Jornadas de estudio del carlismo, organizadas por el Gobierno de Navarra, los días 19 al 21 de septiembre pasado.

Forzoso es señalar, en primer lugar, la no asistencia de historiadores centrados en el estudio del carlismo, Julio Aróstegui, Vicente Garmendia, Enriqueta Sesmero, Ramón del Río, Lluís Ferran Toledano, Manuel Santirso, Pere Sullana, Isabel Peñarrubia, Robert Vallverdú, del integrismo, Begoña Urigüen y Casimir Martí, por citar solamente a algunos, y la del profesor Josep Fontana, uno de los mejores especialistas en el siglo XIX español; en segundo lugar, la imposibilidad de poder presentar comunicaciones.

Dado que aún no ha sido posible consultar el texto de las intervenciones, a pesar del tiempo transcurrido, nuestro comentario forzosamente ha de ser pequeño y simple, ya que no se puede hacer una crítica, digna de este nombre, sólo con los apuntes tomados al vuelo.

Sin embargo, nos hemos de referir en primer lugar a la filosofía que inspira tales jornadas, de poco estudio, menos reflexión, y escasísima capacidad para el debate, con el triste espectáculo de negar la palabra a algunos de los asistentes, o conceder la palabra en primer lugar a alguno de la organización para que, mediante una intervención prolongada, agotara el tiempo de debate de la sesión. Tal actitud de impronta fascista prácticamente estuvo presente todos los días de las jornadas.

Tanto en el folleto de presentación como en la conferencia de apertura del profesor Jordi Canal se explicita claramente que el objeto de estudio, no es el carlismo, sino el fenómeno de “la Contrarrevolución”, en el cual se ha de enmarcar forzosamente al carlismo, junto a otros movimientos o fenómenos sociales, como los cristeros mejicanos y los jacobitas británicos, ya que –en su opinión- presentan caracteres comunes. Tras relativizar el término“científico”, pasó a cargar contra la producción historiográfica de los últimos cuarenta años por su enfoque exclusivamente socioeconómico y porque no lleva a ninguna parte, incluso calificándola en algún momento como de izquierdas y nacional comunista en directa alusión al profesor Josep Fontana.

En cuanto a los caracteres comunes de dichos movimientos que amalgama en ese fenómeno global de contrarrevolución, la cuestión quedó reducida a uno y de carácter más bien nominalista: todo ellos en su momento han sido calificados como contrarrevolucionarios, sin más precisiones.

Por consiguiente, este conjunto contrarrevolucionario vendría a ser una especie de Internacional Blanca, inmersa en un prolongado conflicto contra la Revolución.

Algunos asistentes nos quedamos algo más que boquiabiertos, cuando interpelado para que concretara los conceptos de revolución, contrarrevolución y proceso revolucionario, vimos que echaba mano del reaccionario Joseph de Maestre: una contrarrevolución es lo contrario de la revolución. Nada sobre la conceptualización del término “revolución”. Ni Marx (Contribución a la crítica de la economía política), ni Maluquer (El Socialismo en España), ni Acosta Sánchez (El desarrollo capitalista y la democracia en España), ni Clavero (Estudios sobre la revolución burguesa en España), ni Crane Brinton (Anatomía de la revolución), ni Pérez Garzón («La revolución burguesa en España: los inicios de un debate historiográfico (1966-1979)», en Historiografía española contemporánea. X Coloquio de Pau), etc.

Así pues el uso ambiguo del término “revolución” –sin precisar su significado en cada lugar geográfico y momento histórico, en un espacio y tiempo concreto- permite que todos aquellos movimientos que han sido calificados con el término “contrarrevolucionario” sean considerados como elementos de un fenómeno más amplio, global y duradero denominado Contrarrevolución, en el que siguiendo esta línea de razonamiento podríamos incluir también a «Le main rouge» de los colonos franceses en Túnez y la OAS por poner un par de ejemplos.

Puestos a seguir por el camino del absurdo vale la pena citar Álvaro de Albornoz, para quien «El pronunciamiento es la forma típica de revolución española. Solo que un pronunciamiento no es una revolución. Entre la revolución y el pronunciamiento hay la misma diferencia que entre la Marsellesa y el himno de Riego». Marx (Groucho), aprovecharía la ocasión para despojar del calificativo de contrarrevolucionario al carlismo. Pero ni lo uno ni lo otro. Los fenómenos sociales hay que estudiarlos en sus propios términos, en su espacio, en su tiempo, en el marco social y en el ideológico.

Cuestión esencial, por lo tanto, para asignar al carlismo su pertenencia a este conjunto-amalgama de la contrarrevolución es negar su carácter foral. Negar cualquier implicación del carlismo con la cuestión foral y la defensa del sistema foral, incluso considerada la cuestión como mero precedente de carácter autonomista. A pesar de lo que podría citarse en contra, valga solo una cita, la de Artola: «La interpretación que hace de la guerra carlista una lucha en defensa del régimen foral es sin duda la que tiene mayor valor» (Antiguo Régimen y revolución liberal), que impartió la conferencia de clausura de estas jornadas.

Hay que señalar la coherencia y seriedad del profesor Meyer, que negó cualquier parecido entre el movimiento cristero y el carlismo, y señaló como está configurándose una memoria de la cristiada que puede servir a ciertos intereses políticos.

Aunque en su momento, cuando tengamos los textos definitivos impresos, se hará la crítica de los mismos, hay que mencionar la conferencia del profesor Jesús Milán, en la que no se refiere a la movilización carlista con el término “contrarrevolucionario” sino como “resistencias populares al orden burgués”, y en la que dio una explicación bien argumentada del por qué había en el primer carlismo un componente parcialmente elitista. Al comienzo de su intervención explicitó tanto sus herramientas conceptuales como sus líneas de investigación, lo cual siempre es de agradecer y le honra.

¿Una Internacional Blanca?

Si fuera cierta tal especulación ahistórica, sería algo más que un conjunto definido por una sola propiedad tan ambigua y relativa como la de “contrarrevolucionario”, sin tener en cuenta en lo que difieren los elementos de este conjunto arbitrario, en el espacio geográfico, el tiempo en que suceden, y los distintos procesos sociales, revolucionarios o no, en el que están inmersos.

Al menos, para afirmar que tal conjunto, por ambigua que sea la propiedad que lo defina, sea una “internacional” cabría suponer una estrategia común y un centro coordinador de los elementos que lo componen, es decir dos propiedades más a cumplir. Ambas propiedades o características inexistentes hasta el presente.

Imprescindible para justificar tal amalgama contrarrevolucionaria internacional es negar por todos los medios habidos y por haber el carácter foral del carlismo.

Sin embargo, la afirmación de esta idea de una internacional blanca en continuada lucha contra la “revolución”, ¿no será con la intención de crear un precedente –ciertamente inexistente- lo suficiente honorable (por la pertenencia del carlismo al mismo, que sería el elemento más valioso por aquello de la larga duración)? Precedente que sirviera para justificar la invasión de la Unión Soviética en los años veinte, el bloqueo de Cuba, la guerra del Vietnam, los cuartelazos en Hispanoamérica –organizados por la CIA pero en algunos casos financiados por muy religiosas monarquías europeas-, las guerras de Afganistán y, ¿cómo no?, la segunda guerra del Golfo. Es decir la invasión del estado soberano de Irak. Guerra realizada al margen del Derecho Internacional, en contra de la opinión pública española y en la que se nos mintió impúdicamente sobre los motivos de la misma.

Ciertamente, la UPN sabe muy bien en qué gastar el dinero de los contribuyentes navarros.

El nacionalismo españolista en cualquiera de sus facetas –la constitucionalista, la nacionalcatólica o la estrictamente fascista- siempre va a más.

Hay que señalar que lo que se pretendía presentar como un proyecto ambicioso al parecer, en nuestra opinión, resultó un fiasco.

Veamos los datos fríamente:

  1. La organización en su lado científico contó –pagó- con veinticinco personas: trece conferencias, una para conclusiones, dos tertulias, cuatro presidentes de mesa y una visita guiada.
  2. Las inscritas fueron cuarenta y dos.

Dejamos las conclusiones para el lector.

Finalmente, nos ratificamos en nuestra opinión, de que uno de los fines inconfesables de la organización de tales jornadas es ir sentando las bases “historiográficas” que permitan la apropiación del carlismo por parte de la extrema derecha españolista. Al fin y al cabo Jordi Canal tal vez sea el único intelectual de la “Civilización Occidental”, que al referirse al atentado terrorista cometido en 1976 en Montejurra lo califique de enfrentamiento fraticida.

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