Hay un pasaje evangélico en el que los fariseos acusan a Jesús de que sus discípulos no guardaban el sábado, pues ese día al pasar hambrientos por un campo habían cogido unas espigas para calmar su necesidad. La respuesta del Maestro fue rotunda: ¡el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado!. Y se autodefinió como Señor del Sábado.

Para muchos creyentes en su Mensaje, la lección es clara. No podemos ser esclavos de tradiciones y normas que ahogan la vida e impiden atender las necesidades del prójimo. Por el contrario, debemos conservar y cumplir aquellas que sí ofrezcan esperanza y cuidado para todos los seres humanos. Una pregunta se nos impone: ¿cómo podemos liberar a aquellos que, quizá con buenísima intención, viven encerrados en la jaula de la obediencia a normas y ritos asfixiantes?. Son fanáticos fundamentalistas que condenan a quienes se atreven a desbrozar caminos de paz y justicia, en la senda del Señor del sábado. (Y este vivir presos de reglas y consignas no se da sólo en el ámbito religioso, podemos señalarlos en todas las áreas de la vida social: jurídicas, políticas, universitarias, asociaciones vecinales, culturales, deportivas…).

Para la vida religiosa plena, el diálogo interreligioso es fundamental, da oxígeno para la necesaria renovación. La Iglesia católica ha superado aquello de que fuera de ella no hay salvación. Reconoce que en los hermanos separados,  las demás confesiones cristianas, y en las otras religiones hay verdades de salvación.  En el depósito de la fe que ella conserva, junto a principios auténticos hay escorias contaminadas del ansia de poder y riqueza que han oscurecido el brillo de la Luz que debe anunciar.

El diálogo puede ayudarnos a todos a la necesaria depuración. Con dos requisitos imprescindibles, que ha señalado el pastor Francisco: la firmeza en la propia identidad (su olvido nos conduciría al sincretismo relativista) y el respeto recíproco. No se trata de imponer, sino de avanzar en el descubrimiento de la Verdad. Y con ese espíritu, abrirnos también a todas las personas de buena voluntad que pueblan el planeta, aunque no se hayan abierto a la trascendencia.

Las religiones, TODAS, han mostrado a lo largo de la historia, una doble faz. Por un lado han sido desgraciadamente un factor de esclavización y violencia. (Quien esté libre de pecado, tire la primera piedra), Y por otro, constituyen un factor de liberalización y de paz. Esta última línea es la que hoy justifica su existencia y se asienta en el diálogo.

Para empezar el que ya se está dando entre los seguidores de Jesús, separados por anacrónicas disputas y rivalidades. Tiene tres patas. La más robusta es la que el pastor Francisco ha llamado el ecumenismo de sangre. Se calcula que son alrededor de 150.000 los cristianos que anualmente son asesinados por fidelidad a su fe. La segunda se refiere al campo teológico para dirimir  divergencias, como en lo relativo a la justificación con los luteranos, y el auténtico sentido del servicio del primado del Obispo de Roma. Y la última, la preocupación conjunta por la justicia social y el cuidado de la Casa Común que es el planeta.

El diálogo con las otras religiones monoteístas, herederas de la fe abrámica es otro campo necesario. Con nuestros hermanos mayores, los judíos, ¿no hemos de reconocer la indudable adscripción davídica de Jesús, su inserción filial en el Pueblo elegido y acabar del todo con una declaración global de culpa en la pasión y muerte de Jesús en la Cruz?. ¿No está acreditado que fueron sólo los jefes del sanedrín y el imperio romano los que asesinaron al Nazareno?.

Con el Islam también también hay que dialogar, reconociendo su devoción sincera al Único Dios, su sentido comunitario y su fervor místico. Para dialogar hay que conocerlo; no son un todo unitario, sino muy complejo. Está profundamente dividido no sólo entre chiíes y suníes, sino dentro de estos últimos los salafistas -financiados por Arabia Saudí- y los moderados e incluso la rama laica que controla el gobierno de Siria. La persecución terrible, desencadenada por yihadistas y el ISIS, ¿puede ocultar seguramente que -como ha dicho un sociólogo- no son musulmanes que se han hecho radicales, sino radicales que se han islamizado?.

Con el resto de las religiones, las orientales, basadas en el silencio. de Asia y las animistas, guardianas celosas de la naturaleza, de África y América, hemos de profundizar en el diálogo, descubriendo los valores que encierran y buscando el punto de confluencia en la común regla de oro: Ama a tu prójimo como a tí mismo. Los encuentros de Asís, siguiendo la estela del amor universal del poverello Francesco, ¿no son el ejemplo de los primeros pasos en la defensa de la vida, de los más desfavorecidos y de la naturaleza?.

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