Recientemente cumplí mis menos 82 años. Así que si me preguntan la edad que tengo, respondo que no lo sé. Tengo los que me restan por vivir, así que debo de ser un crío bien pequeño.

Lo que no renuncio es a soñar. Muchas de mis ilusiones juveniles se fueron volando tal hojas otoñales. Pero otras siguen, arraigadas con más fuerza, junto a otras nuevas que han ído brotando. Espero que hasta mi último aliento, siga soñando. Sueños de paz y justicia, de libertad y fraternidad.

Siempre he luchado por que mis sueños se convirtieran – en todo o en parte- en realidad. Y sigo haciéndolo, en la medida que mis limitaciones me lo permiten. Con la lentitud que mis pasos ya renqueantes me imponen.

He aprendido, aunque creo que siempre tuve ese talante, a luchar sin ningún odio. Combatiendo lo que me parecen injusticias, los sistema  ahogadores de la libertad y la justicia, pero con respeto a las personas de ideologías opuestas o incluso responsables de crímenes inhumanos. Procuro que la irritación no ahogue la ternura, sobre todo con las víctimas, pero extendiéndola hasta los verdugos.

Hace pocos días murió Marcos Ana, un santo laico, luchador incansable por la justicia, víctima de la crueldad de la dictadura franquista que no sucumbió al lógico odio, sino que salió de la cárcel, fiel a sus ideales y que nos dejó en su vida y en sus versos una lección de esperanza.

Los que queremos seguir a Jesús de Nazaret, tenemos el ejemplo de su vida, su muerte y su enseñanza. Los últimos, la víctimas, son los preferidos de su Abbá. Y un mandato singular: el del perdón y el amor a nuestros enemigos.

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