El ser humano se diferencia del resto de las especias animales, incluso de sus parientes más próximos los primates, no sólo por su capacidad de fabricar herramientas, sino sobre todo por su facultad de hablar. El homo sapiens es faber, pero principalmente loquens. Posee el lenguaje que le permite comunicarse sí, pero mucho más: gracias a él, hemos trascendido el nivel de la animalidad, aunque siga siendo nuestra base biológica. Nos constituye como humanos. Es el medio más importante que ha permitido a nuestra especie sobrevivir. Somos tan frágiles en la lucha por la supervivencia que hubiéramos sucumbido rápidamente, sin el apoyo y colaboración del resto de nuestros congéneres. Y el mecanismo que permitió esa colaboración fue el lenguaje. Por eso, el ser humano es biocultural. ¿En qué porción somos hijos de la biología y la cultura? Difícil saberlo. ¡Están tan tremendamente implicadas ambas recíprocamente!

El lenguaje, raíz del pensamiento nos permite convertir el entorno próximo, cuya percepción es tan imprescindible para la vida, en mundo humanizándolo. Y para intentar comprender el mundo, los humanos hemos inventado cosmovisiones. De ahí, las preguntas: ¿qué es la realidad? ¿podemos conocer el mundo en sí? Lo que creemos conocer está mediado por nuestros prejuicios, por nuestra cosmovisión. Y al ser las contradictorias las imágenes que nos llegan de ella, hemos de recurrir a la paradoja. Como dice Andrés Ortiz-Osés: La paradoja refleja la clave de la existencia. Supone la antilogía de la propia realidad, la cual resulta ser una combinación de opuestos o contrarios.

La especie humana es históricamente emigrante. Hemos llegado hasta los últimos confines del planeta en busca de mejores condiciones de vida. Nuestra capacidad de adaptación se ha visto a largo de los siglos sometida a durísimas pruebas. Al desperdigarse por el mundo, fueron evolucionando y aparecieron los distintos idiomas. En su formulación mítica, la Biblia en su narración de la torre de Babel describe la aparición de la pluralidad de idiomas. Cada idioma encierra una cosmovisión distinta. Cuanto más emparentados están los idiomas, el hecho de pertenecer al mismo tronco lingüístico entraña grandes visiones de la realidad próximas, aunque con diferencias parciales. Con la globalización están despareciendo a pasos agigantados múltiples idiomas, con lo que supone la pérdida irreparable de tesoros culturales.

Los lingüistas distinguen entre idiomas y hablas. Está el habla individual, propia de cada persona, que supone la adaptación del idioma común a las características concretas de cada uno, fruto de su biografía, de sus experiencias cultas o coloquiales. Luego las hablas de un  territorio concreto, los dialectos: todos hemos sido amamantados en un dialecto específico, aunque la enseñanza oficial nos haya hecho asimilar el habla de las reales academias, los batúas… Precisamente la impronta de todos los nacionalismos, grandes o chicos, se muestra en el intento de imponer un único idioma, postergando a los demás o menospreciándolos como si fueran meros dialectos, e incluso intentando reducir la importancia de los auténticos. Todos los idiomas y hablas, son históricos, nacieron en una época determinada y evolucionan, tanto por razones internas, como por el influjo de otros vecinos y algún día acabarán desapareciendo… Existen también las hablas propios de los distintos grupo sociales, de las diversas profesiones, los argots. Los sociolingüistas estudian con especial interés las hablas de los grupos marginales, al borde de la legalidad o manifiestamente en contra de ella, para eludir el control social o policíaco.  Y también se analizan las hablas de las distintos segmentos generacionales dentro de una sociedad. Las modernas tecnologías, el predominio de los medios audiovisuales, con la atención sobre todo a la imagen, están llevando, junto a la disminución de la vida rural y al descenso de la lectura, a un empobrecimiento de las lenguas, a una reducción drástica del vocabulario.

Pero el homo sapiens no se comunica sólo con palabras. Existen todas las formas de comunicación no verbal que completan, matizan, corrigen y modifican lo que expresamos oralmente. Son los gestos del rostro sobre sobre todo, de las manos y del resto del cuerpo que, muchas veces inconscientemente, traslucen bastante más de que lo que, a veces, desearíamos, nuestros pensamientos, emociones y sentimientos. Podemos captar esos gestos nos dicen. La mayoría de las mujeres suelen ser más hábiles en esto, seguramente por poseer más neuronas-espejo que los varones. De esta comunicación no verbal forman parte también los carraspeos, las vacilaciones en el habla…

Y además el silencio. ¡Cuántas clases de silencio hay! Los silencios heladores que hieren cual cuchillos y enconan la atmósfera de quienes los viven. Los silencios hipócritas que encubren vergüenzas inconfesadas. O los silencios que acompañan sinceramente a las personas que sufren, en un con-duelo, reflejo de  cariño compartido.

La música, vía privilegiada de comunicación del homo sapiens, compuesto armónico de sones y silencios. ¿Y qué decir del silencio profundo que nos permite entrar en el hondón de nosotros mismos y encontrarnos allí con el Misterio unificador de toda la realidad? Pero de lo inefable, de lo que no se puede decir con palabras, es mejor callar.

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