Según yo las entiendo, no son palabras con el mismo significado, aunque a veces en el lenguaje coloquial se usen como completamente sinónimas. Tienen en común que ambas nacen de la contemplación del sufrimiento ajeno (No voy a referirme a la que se dirige hacia uno mismo en un ejercicio narcisista de visionar doloridos nuestro propio ombligo que se traduce en una baja autoestima, compensada por esa morbosa delectación en el propio sufrimiento que es la mejor manera de incrementarlo y perpetuarlo).

La lástima es acercarnos hacia a la persona que sufre desde una posición de superioridad moral y física. Yo, que soy bueno o buena, y que estoy bien, me acerco a tí, débil y caído, te voy a levantar y -aunque de una forma muchas veces inconsciente- espero me lo reconozcas y agradezcas. En realidad, la lástima no piensa en el prójimo, sino en quien la ejercita, alimenta su ego, tranquiliza su conciencia. Incrementa una autoestima de oropel, si el objeto de la lástima y el entorno que lo advierte, le considerara gente de bien, respetable, se sentirá pagado; en caso contrario, un rencor envenenará su espíritu. Las  modernas técnicas de publicidad ayudan a difundir esa imagen de ilustre benefactor. ¿No nos ponía en guardia Jesús frente a esta tentación, con el consejo de que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda?

La compasión tiene otra raíz y otras consecuencias. El origen etimológico de la palabra nos lo muestra: com-padecer, padecer con, a su mismo nivel. Sintiéndose tan débil y vulnerable como quien sufre. Es acercarse para llorar juntos si es preciso, para compartir latidos de corazón, sabiendo que si tiene algo de lo que el otro carece, es un don recibido y que su destino lógico es repartirlo, porque en realidad lo que importa, el cariño, con ese derrame se agiganta. Y si ve que su ayuda ha servido algo, se siente agradecido. Los voluntarios generosos que dan su tiempo, sus energías y su dinero, saben que reciben mucho más de que lo ellos dan. El pago mejor es ver que la persona sufriente se levanta erguido desde su anterior postración y es capaz de sonreír, aunque la causa de su mal siga. La postura de quien compadece no es la arrogante desde arriba, sino al mismo nivel, aunque sea el suelo  o el subsuelo de la desesperación. Hay que empezar por devolverles su dignidad, que los avatares de la vida parecían haberles arrebatado. ¿No son la vida de Jesús y de tantos santos, creyentes o no, el mejor ejemplo para quienes quieran encontrar el sentido de una vida feliz, compartiendo ternura, acompañada por la lucha por la justicia?

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