La vida de todos, la de Jesús también, está formada por risas y lágrimas. Que el Maestro reía o sonreía es indudable. Le acusaba de glotón y borracho porque acudía a banquetes o, a veces, hasta se invitaba. Le gustaba acercarse a los niños y los bendecía. La esencia de su Mensaje, está contenida en el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas. Felices…nos invita a salir de nuestro ego tristón y a abrirnos al encuentro de los hermanos, especialmente de los más necesitados. Así encontraremos la alegría más profunda, la que expande el pecho y abre el rostro en una sonrisa plena. Cuando es más intensa, puede llegar a hacer que se humedezcan los ojos y que lágrimas de dicha se deslicen por la cara.

Pero también, hombre como era,  lloraba con esas lágrimas amargas que nacen de la tristeza. Hay tres momentos cumbre que narran los Evangelios: por la muerte de su amigo Lázaro al que quería entrañablemente; ante Jerusalén, símbolo del pueblo de Israel, prediciendo su destrucción y el asesinato de sus vecinos; y en el huerto de Getsemaní.

En las dos primera ocasiones, estaba rodeado de gente. No tenía miedo al ridículo, como a veces cobardemente queremos reprimirlas nosotros. Más los varones con ese imperativo  machista que nos inculcaban desde la niñez: los hombres no lloran.  ¡Cuántas veces damos ese consejo absurdo a quien se le escapan lágrimas amargas por una pena honda, la pérdida de algo importante en sus vidas, como un ser querido!. Díme qué te duele y sabré cómo eres. Llorar no es cobardes, ni de personas que necesiten terapia profesional; salvo en los casos de duelos patológicos, en los que la persona afectada se refugia morbosamente en su dolor hasta el punto de no ser capaz de llevar una vida normal.

Las lágrimas terribles de Jesús en el huerto de Getsemaní tenían una profundidad mucho mayor. La conciencia de su fracaso, de la traición de uno de los suyos y de la certeza de una muerte horrible a manos de las autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Pero no quiso escapar, ni abandonar la misión que su Abbá le encomendado: testimoniar con su vida y enseñanzas el proyecto de Amor para todos los humanos. Y fueron lágrimas  tremendas emitidas en la más profunda soledad. Sus tres amigos más íntimos, que estaban cerca de él,  se quedaron dormidos. Los duelos de las personas  que se hallan en soledad tienen desesperanza  cruel. Acercarse a quien llora, escucharle lo que brota de su corazón y llorar con ella es el mejor y único consuelo que podemos brindar.  Acudir a frases estereotipadas, a consejos inapropiados es contraproducente y quien las escucha puede tomarlas como insensibilidad ante su dolor.

Una de las bases neurológicas más importantes para la capacidad de empatizar con los demás, de llegar a captar sus emociones, de condolerse con los sufrimientos ajenos, está en lo que los científicos llaman las neuronas-espejo. Nos posibilitan el ponernos en lugar del otro, compartir sus alegrías y dolores, sus risas y lágrimas. Dicen que los psicópatas carecen de esas neuronas-espejo. Y que las mujeres tienen más que los varones; aunque esto habría que matizarlo: la mayoría de las mujeres tienen más que la mayoría de los hombres, todos conocemos a algunas mujeres que parecen tener muy pocas y a varones con una rica sensibilidad ante los sentimientos y emociones ajenos.

Me atrevo a pensar que la persona humana con más neuronas-espejo que ha existido fue Jesús de Nazaret. Su inmensa capacidad de conectar con las personas que sufrían y se acercaban a Él, llama la atención en los relatos evangélicos.  Se le removían las entrañas, los miraba con ternura e intentaba ayudarles a levantarse de su postración y a curar sus dolencias del espíritu y corporales. Sus propios discípulos intentaban aislarle de aquellas multitudes hambrientas de cariño, sedientas de comprensión y afán de curación. Miraba hasta el fondo de sus corazones, los llamaba por su nombre  y respondía a su confianza con la fuerza de su compenetración con su Abbá. Y su Mensaje se resumía en ama a tu prójimo y perdona a tus enemigos.

La herencia y el compromiso recibido por quienes nos decimos seguidores de Jesús se cifra en una Esperanza. Una esperanza que nos compromete a luchar contra el mal, a com-padecer con todos los crucificado de hoy, a conseguir un mundo más fraterno. Es que esperamos que al final de la historia el Amor triunfará sobre el mal y la muerte. ¿No tenemos confianza en aquel Jesús al que su Abbá resucitó y que es primicia de una nueva tierra de paz y justicia?.

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