trabajadores

Artículo publicado en la revista El Federal

Desde el siglo XIX hasta la fecha se han dado dos tipos de participación sociopolítica de los ciudadanos (aunque no las únicas): el partido político, entendido como entidad ideológica que elabora líneas tácticas y estratégicas para conquistar sus fines; y el sindicato, entidad sociopolítica centrada en los derechos de los trabajadores.

Hacia mitad del siglo XX, coincidiendo con el auge del llamado posmodernismo, las ideologías y las formas de participación política empiezan a cambiar y los más jóvenes prefieren integrarse en los llamados «movimientos sociales» (organismos de intervención político-ideológica sectorial) y las ONGs.

A pesar de todo, los partidos y los sindicatos siguen subsistiendo, tanto en los regímenes dictatoriales (donde son el barniz ideológico del poder) como en los demoliberales (donde hay más de uno que compiten entre sí).

En el caso de los sindicatos, objeto de esta reflexión, y en el marco demoliberal, vemos que su multiplicidad proviene de la ideología que los anima, ya sea socialdemócrata, comunista, anarcosindicalista u otras. Según sea su ideología, así se organizarán: tanto en organizaciones disciplinadas y jerárquicas como en otras de corte asambleario, en un abanico de posibilidades entre estos dos polos.

En la actualidad, los trabajadores se afilian muy poco a los sindicatos. En las Españas, no más del 30% de la masa obrera está encuadrada en un sindicato. Este bajo número de afiliados se debe, de un lado, a las características de un mercado laboral cada día más precarizado -en el que los contratos son temporales, con sueldos bajos y con el miedo permanente al paro- y de otro al descrédito de las organizaciones obreras, especialmente las llamadas «mayoritarias», que a causa de sus compromisos con el Estado y la patronal han avalado en muchos casos el retroceso de los derechos de los trabajadores.

¿Hay todavía hoy una necesidad por parte de la clase obrera de organizarse en sindicatos? A la vista del capitalismo neoliberal que sufrimos, con los recortes de los derechos de las personas -no solo de los laborales- y la precarización general de las condiciones de vida, parece que la respuesta es afirmativa. Lo que se necesitan son sindicatos capaces de organizar la solidaridad y el apoyo mutuo entre los trabajadores, frente a un modelo sociopolítico que tiende a separar los derechos políticos de los sociales, dejando la participación de la población en votar cada cuatro años.

Porque hoy los que en realidad mandan son las multinacionales, la gran banca y los megaconglomerados financieros, los cuales dictan las políticas seguidas por los gobiernos. Obviamente cuando se habla de neoliberalismo y políticas públicas regresivas no nos fijamos en las pequeñas y medianas empresas, que aunque pueden conculcar -y muchas lo hacen- los derechos inmediatos de los trabajadores, no deciden nada o muy poco. Son pues, los «peces grandes» los que tienen que ser señalados como autores de las políticas que sufrimos, de los que más o menos según el caso se aprovechan las pymes.

Una amenaza al modelo de Estado social (o del Bienestar, aún vigente en la Constitución del 78) son los acuerdos intergubernamentales como el acuerdo llamado TTIP que se está negociando entre los países de la UE y los EE. UU. Este tratado, en el punto en el que está, y por lo poco que sabemos de él -pues se encargan que el secretismo sea casi absoluto- dejaría sin efecto la negociación colectiva tal como la entendemos ahora. Esto es un ataque a la línea de flotación de los sindicatos obreros.

Así, pues, la situación social y política, sigue, a mi entender, exigiendo la necesidad de sindicatos, aunque estos deban ser si quieren subsistir más independientes del Estado y la gran patronal que en el caso de los mayoritarios que tienen las manos atadas por su dependencia económica de los presupuestos ministeriales.

En la línea de nuestro pensamiento carlista, en el que se sostiene que el socialismo es para compartir, está claro que debemos estar muy atentos también a la realidad social. Realidad que en España cada día se está deteriorando. La codicia de los poderosos parece no tener límites y la redistribución económica entre las rentas del capital y del trabajo día a día está polarizando la sociedad entre una élite de megarricos y una masa de subempleados. Necesitamos compartir. Es algo perentorio.

Agustí Ribas Beltrán

Sindicalista

Miembro de la ATCC

Militante del Partit Carlí de Catalunya

Sabadell, 15.03.16

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