Sakorzy, aspirante a la presidencia de la República Francesa pontificó: la nación da seguridad y la frontera sosiego. Converso, si no lo era ya antes, a la xenofobia nacionalista para restar votos a la ultraderechista Marie le Pen, no duda en vocear contra la inmigración y exigir más murallas para defender la identidad europea y sobre todo la francesa.

Aunque a muchos les pueda parecer una herejía, las naciones políticas son una construcción mental, elaborada por un nacionalismo. Aunque esas naciones sean grandes o chicas, con Estado o sin él, el proceso de su creación y desarrollo es el mismo. De ahí, la radical contraposición con otra nación -o naciones- y entre sus nacionales y los extranjeros. En esa construcción, juega un importante papel la delimitación de las fronteras. Puede ser una raya en un papel, con base más o menos marcada en accidentes físicos, montes, ríos o mares. De lo que se trata, de ahí los esfuerzos educativos y propagandísticos que desarrollan para que se incrusten en las mentes de sus adoctrinados.

Por eso, las fronteras no son, no han sido nunca fuente de paz, sino de desasosiego. Por un quítame más allá un mojón divisorio ha habido tensiones, guerras,  esfuerzos  diplomáticos, complejos acuerdos. Pues de lo que se trata es de ver hasta dónde llega el dominio de nuestra soberanía nacional, ese otro mito vertebrador de las democracias nacionalistas.

La nación política española tiene una fecha conocida de nacimiento, la de 19 de Marzo de 1812, día de la 1ª Constitución, apodada la Pepa, por el ingenio gaditano, donde se parió. Fue concebida en el transcurso de la guerra de Independencia,  por el naciente nacionalismo español, germinado por reacción a la invasión napoleónica. E inspirado en el jacobinismo uniformador, continuador en esto de la tradición borbónica.

Antes existía el imperio español, afincado tanto en Europa como en sus posesiones ultramarinas. Había conocido varios nombres a lo largo de la historia: Hispania, Sefarad, Al-Andalusi. Era una pluralidad de pueblos, con distintas denominaciones, a los que aunaban sólo la fe católica -después de la expulsión de judíos y moriscos- y la lealtad al mismo rey. A partir de Felipe V, copiando el modelo de su dinastía, se fueron creando instituciones comunes y se castigó a los componentes de la antigua Corona de Aragón, por su apoyo al pretendiente Carlos en la guerra de Sucesión, privándoles de sus instituciones políticas y en en el caso valenciano también de su derecho civil.

A los imperios también les preocupan sobremanera sus fronteras. Por ellas tuvieron guerras y contenciosos. Todavía nos colea el problema de Gibraltar. Con el triunfo del Brexit se le ha ocurrido al Gobierno al reino de España proponer la cosoberanía para que así Gibraltar pueda seguir perteneciendo a la Unión Europea. El Reino Unido se niega. Y aquí, por vez primera, se pide contar con la voluntad de los llanitos. Hay dos cuestiones que enturbian la cuestión: el hecho de que Gibraltar sea un paraíso fiscal y el que miles de habitantes de la zona aledaña vivan de su trabajo en el Peñón.

Similar es el caso de la villa de Olivenza. Situada dentro de la provincia de Badajoz y próxima a la raya lusitana. Arrebatada por tropas españolas, también en la guerra de Independencia a su vinculación portuguesa, a pesar de que las constantes pacíficas reclamaciones del gobierno de Lisboa, aquí se hacen oídos sordos. Por eso, la mayor parte de los españoles ignora ese despojo. ¿No debería plantearse la cosoberanía, después de consultar la voluntad de los habitantes de Olivenza?

La peculiar situación de Ceuta y Melilla y la reclamación sobre ellas de Marruecos, es otro problema heredado del imperio español. Sus fronteras con el reino alauita son fuente constante de conflictos, agudizados por la avalancha de emigrantes subsaharianos que intenta llegar a nuestro suelo. Los acuerdos con el reino marroquí y las murallas para impedir ese acceso son vergonzante motivación par la violación de Derechos Humanos. ¿No sería hora de aplicar la misma solución de cosoberanía, eliminando esas fronteras y consultando a los residentes en esas ciudades?

La regla de que para cambiar los límites de la nación política española se necesita el consentimiento de todos los ciudadanos españoles, no se ha aplicado siempre.  La provincia de Sidi Ifni dejó de pertenecer la soberanía española por la guerra de 1958. La provincia del Sahara Occidental, en las postrimerías del régimen franquista, fue ocupada por la marcha verde y miles de compatriotas, con DNI español fueron arrojados al exilio en el desierto argelino. Y para acabar con la independencia de la Guinea español con sus dos provincias de Río Muni y Fernando Poo. Se dirá que eran colonias, pero jurídicamente eran provincias y tan territorios españoles como los virreinatos americanos y Filipinas antes de su independencia.

Con imperios o naciones políticas las fronteras impermeables y sagradas son un mito fuente de continuos conflictos. ¿Hasta cuándo creeremos en ellas y nos daremos cuenta de que a ambos lados de las mismas habitan seres humanos como nosotros con las mismas necesidades, miedos y problemas? En el siglo XXI ser nacionalista y exigir fronteras seguras ¿no es algo anacrónico e injusto? ¿Puede el creyente en el Abbá de Jesús olvidar que el extranjero pobre y víctima es el mismo Cristo en la tierra?

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