Sabemos que los seres humanos hemos llegado a serlo gracias a ese don evolutivo que es la palabra. Nos permite pensar, dar nombres a las cosas, a otros seres vivos, a las emociones que sentimos dentro de nosotros y comunicarnos eficazmente con otros semejantes.

Claro que como somos entes complejos, frutos de la biología y la cultura, ese don, nuestra capacidad verbal, puede usarse para distintos fines. Podemos utilizarla para reconocer y transmitir lo que de verdad sentimos o pensamos o para engañarnos a nosotros mismos y a nuestros interlocutores.

La diferencia radical estriba en que con la palabra podemos cuidar, acariciar, conocer, irradiar  consuelo o amor, amigar, ser artífices de paz y sosiego. O podemos generar odios, rencor, enemistar, provocar envidias y recelos, opacar,  traicionar.

La conversación entre dos o más personas está entretejida tanto de palabras como de silencios. Quien no sabe escuchar, tampoco sabe hablar inteligente y eficazmente. Escuchar es mucho más que oír, es la búsqueda del significado, manifiesto  u oculto, de lo que nos dicen. Por eso, las preguntas ayudan y sirven a quienes escuchan para comprender lo que la otra parte quiere decir, dejando de lado las precipitadas interpretaciones que nuestros prejuicios suelen dar a las palabras ajenas.

Por eso los grandes manipuladores de la publicidad, comercial o política, dirigen sus mensajes  no a nuestra razón, sino a esos prejuicios que tenemos tan arraigados emocionalmente. Y esos mensajes masivos dirigidos a grandes sectores de población no admiten respuesta personal inquiridora críticamente de sentido. Y si siguen haciéndolo, es porque muchas gentes pasivas los aceptan sumisamente.

Podemos citar tres muestras políticas recientes. La primera, la propaganda que condujo al triunfo del Brexit en el Reino Unido. Se basó en el miedo y su efecto la xenofobia. Miedo a los refugiados que presentan como sospechosos de terrorismo y rivales para conseguir los cada vez más escasos puestos en el mercado del trabajo. A ello, se unía la apelación al patrioterismo, la soberanía británica amenazada por la Unión Europea.

La segunda, el referéndum llevado a cabo en Hungría para decidir si se admitía o no a refugiados procedentes de países en guerra. Los pseudoargumentos, miedo y xenofobia, son idénticos. Y la gente asustada pide blindar la frontera.

El tercero, el reciente acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC para poner fin a un conflicto armado que duraba 52 años. Negociación larga, dura y difícil. El acuerdo tiene sus puntos controvertidos: Conversión de ese grupo armado en un partido político, con reserva de algunos representantes legislativos; amnistía para quienes no hayan cometido delitos de sangre, siempre que pidan perdón a sus víctimas; reasentamiento a los campesinos despojados de sus tierras. En el plebiscito para su aprobación triunfó el no. La oposición, capitaneada por el expresidente Uribe lanzó una campaña dialéctica basada en el rechazo emocional de esos puntos polémicos; a ello se sumó la labor de las confesiones evangélicas que arrastraron a sus fieles con el mensaje de que el Acuerdo favorecía la ideología de género que es contraria a la institución familiar.

Lo que llama la atención es el escaso número de participantes en esas consultas populares. A ese dato se agarran quienes pretenden negarles validez. Pero hay una pregunta de fondo: ¿A qué se debe ese alto número de abstenciones?, ¿qué motivaciones tienen esas dejaciones tan numerosas de su derecho a participar democráticamente? ¿No llama la atención tanto esos silencios como los resultados?

Unas negociaciones cien veces frustradas son las desarrolladas entre Israel y los palestinos y entre los combatientes en la guerra de Siria, con intervención de las grandes potencias. Se eternizan, se interrumpen, se reanudan a veces, con nulo resultado. Da la impresión, muchas veces clarísima, de que las palabras usadas son más armas de guerra que instrumento de paz. Y las víctimas -entre ellas, tantos niños- siguen sufriendo y…muriendo. Alepo, la ciudad mártir, se desangra día a día, y no son  capaces de ponerse de acuerdo para evacuar a los civiles ni dar entrada a ayuda humanitaria. Y Gaza, esa cárcel multitudinaria a cielo abierto… ¿Los rimbombantes discursos pronunciados en las Naciones Unidas en torno a la paz tienen eficacia?

Los que nos decimos creyentes, ¿pronunciamos palabras de paz o guerra? ¿Alentamos la conciliación o el enfrentamiento? Y si nos decimos seguidores de Jesús, somos agentes de paz con nuestra vida? ¿Somos mensajeros de la paz, hija de la justicia, o nos resignamos con nuestro silencio ante la iniquidad triunfante?

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