Conviene formular la cuestión en interrogante, pues frecuentemente tenemos una visión reduccionista de lo que significa ser político. Solemos atribuir esta condición a quien ocupa un cargo público o al menos milita dentro de un partido político. Para la mayoría, el único acto con intención política que realizan es al depositar su voto en la urna cuando son llamados a votar en esta democracia formal de que ahora disfrutamos.

Y si queremos hilar más fino, incluso tendríamos que preguntar cuáles son las motivaciones que tienen muchos, tanto para votar como para el sentido de su voto. ¿Rutina? ¿Miedo? ¿Fidelidad a una marca política? ¿Repudio del rival o rivales? ¿Se votan líderes o programas? ¿En cuántas ocasiones se ejerce ese derecho pensando racionalmente en el bien común y no en intereses particulares clientelares o en pura emocionalidad?

La verdad es que queramos o no y aunque nos disguste todos somos políticos. El pasotismo no deja de ser una opción. Y toda nuestra vida pública o privada, consciente o rutinaria, está entretejida de decisiones políticas. Diríamos que hasta el respirar, pues podemos ser sujetos pasivos que consumen aire viciado por la contaminación, que consentimos con nuestros silencio o agravamos con nuestro comportamiento irresponsable. Ir en coche particular, en vehículo público, en bici o andando es una decisión política. Y la misma compra, lo que guardamos y atesoramos, refleja nuestra aceptación o no del sistema. Donde guardamos nuestros ahorros o los invertimos, sean muchos o pocos, es una decisión que sumada a las de los demás tiene consecuencias de índole político incalculables. Claro, el sistema educativo y los medios de comunicación a su servicio tienen buen cuidado en que nos pase inadvertido.

Por eso todos somos políticos, con ideología clara o confusa, con ostentación o sin ella. Quienes se declaren apolíticos, ya manifiestan con ello su inclinación conservadora, favorecen el mantenimiento del statu quo. Algunos, como yo, juegan con el lenguaje y se presentan como impolíticos; o sea no niegan su condición política, pero se consideran inclasificables por las etiquetas habituales y reclaman su derecho a pensar críticamente y a no someterse a las trágalas de la disciplina de un partido. Han visto y vivido demasiadas mentiras y demagogias, advierten los piés de barro de quienes se presentan por la publicidad como gigantes a los que hay que admirar y aplaudir. Se indignan y se muerden los puños desconfiados ante esta farsa partidista y el papanatismo de quien les corean. Han de resistir la tentación de dejar de soñar con mundo más justo y fraterno y luchar por él, aunque no lleguen a verlo sus ojos.

No dejan de haber personas que ejercen esa caridad social que es el servicio a los demás en el desempeño de un puesto político. En realidad, todos alguna vez en la vida debiéramos, si podemos, realizar esa función al menos en el área más próxima a nuestro entorno. No para aprovecharnos del cargo, sino para servir a los demás, especialmente a los más desfavorecidos. Todos hemos conocido, de cerca o de lejos, a alguna persona con esas características. Son un ejemplo vivo y admirable de lo que debiera ser el ejercicio de la función política. Tanto cuando lo desempeñan, como cuando al cesar en él vuelven serenamente a su vida anterior.

Desgraciadamente la fauna política está compuesta de otros personajes. Quizá empezaron llevados de las más nobles ilusiones que fueron abandonando en el camino, llevados de la pasión libidinosa del poder o sucumbiendo a las tentaciones ofrecidas por los poderosos económicos. Son los males de la partitocracia dominante en la mayoría de las raquíticas democracias. Los correcciones previstas para esos abusos en algunos países hasta llegan a funcionar.

¿Cómo se podría tratar de evitar la concurrencia de estas perversidades antidemocráticas?:

*Unas leyes electorales más justas, con listas abiertas en las que dependencia de los elegidos lo fueran más de los votantes que de los partidos.

*La obligación de los cargos políticos de presentar declaración de sus bienes y de los de su familia, tanto al iniciar como al concluir su mandato.

*Procedimientos abiertos a los electores para incoar la destitución de los elegidos por incumplimiento de su programa electoral.

*Democracia interna dentro de los partidos, que evite el control de los mismos por el aparato,

*Prohibición de las puertas giratorias entre cargos políticos y grandes empresas.

*Limitación temporal en el desempeño de un cargo público, como máximo dos legislaturas.

*Medios públicos de comunicación, controlados desde la sociedad y no desde el poder.

*Acabar con la intervención de los partidos en la designación de la jerarquía del poder judicial, para garantizar su independencia.

Pero, ¿los partidos que se  benefician del actual sistema de poder, cuyo control de las Cámaras legislativas pone en sus manos la adopción de estas reformas legislativas, lo harán? ¿Seguiremos los ciudadanos abdicando de nuestra responsabilidad política y aceptaremos sumisamente la supervivencia de la actual situación?

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