No sé si tenemos claro qué es ser laico. Laico es el lego, el que no sabe, en contraposición al clérigo que tradicionalmente era el que monopolizaba los conocimientos. Cuando llegó el Renacimiento, la Reforma protestante y la Ilustración. los saberes de cada época se hacen profanos, se independizan de la tutela eclesial. Pero, sobre todo, en la Iglesia Católica, la mayoría de sus fieles siguen siendo laicos, aceptan sin rechistar las enseñanzas de la jerarquía y según ésta enseña la Iglesia tiene dos clases, claramente diferenciadas, la docente -constituida por el Papa, los Obispos y demás clérigos- y la discente, eterna menor edad que deben obedecer con la mente y sus obras lo que aquellos enseñan y ordenan. Dentro de los laicos, hay otra subclase, que todavía se encuentra en un escalón inferior, las mujeres. ¡Y son la mayoría de la feligresía! Esto se expresa claramente tanto en el Código de Derecho Canónico, como en el Catecismo oficial.

Cuando se habla de desclericalizar la Iglesia, el mayor obstáculo, a mi juicio, no es tanto la resistencia de la jerarquía perder su poder, como el apego a su condición sumisa, laical, de la mayoría de quienes, con su edad avanzada, llenan los bancos de las iglesias, o de los jóvenes de los florecientes movimientos conservadores. ¡Atreverse a pensar por cuenta propia, críticamente, horror!

La cuestión clave será, seguramente, pasar de una Iglesia del NO a una Iglesia del SÍ, en la feliz expresión de fray Betto. Dejar atrás una Iglesia basada en la prohibición, en la definición de pecados, casi únicamente los relacionados con la sexualidad. Como decía el castizo dicho popular: lo que gusta o es pecado o engorda. Y dar el paso a una Iglesia, seguidora fiel de la fe de de Jesús, que abra caminos de liberación, sabedora de que para Dios el ser humano es sagrado y luchar por bajar a todos los crucificados de su cruz, a través de la realización de la justicia, es nuestro auténtico camino.

Asumir nuestra seglaridad en forma plena, mental y emocionalmente, dentro de la Iglesia y de las comunidades que la conforman, es saberse iluminados por la memoria  de Jesús de Nazaret, que no siendo sacerdote, nos invitó  a seguirle formando una asamblea de hermanos, haciendo el bien y sanando a lo oprimidos. Esto requiere admitir la tarea conjunta con quienes se postulan de distinta manera ante el hecho religioso o incluso de ninguna. Ser mayores de edad, tomando nuestras propias decisiones, aun a riesgo de equivocarnos y con la sabiduría de reconocerlos y aprender de ellos.

Es mayoría de edad vivida nos exige no encerrarnos en un gheto, sino abrirnos a un trabajo en común por la dignidad de todas las personas, a fin de que encuentren el sentido de su vida en forma autónoma y responsable. Y connlleva la exigencia a quienes están en un situación de dominación, civil o religiosa, a que se apeen de su poder, muchas veces arbitrario, y busquen la autoridad precisa para servir al bien común. Medios de comunicación, centros educativos, entidades empresariales, organizaciones sindicales y políticas, administraciones de toda índole, desde las locales hasta las internacionales deben alterar sus fines esenciales, desde la competitividad ombliguista y el privilegio hacia el servicio de todos, especialmente de los desfavorecidos.

En este caminar hacia una Iglesia del SÍ hay tres ideologías que frenan la marcha. La primera es la pervivencia del nacionalcatolicismo, la pretensión de que el orden político-social-económico se sujete directamente a las consignas jerárquicas. Esta postura vive de la añoranza de la vieja cristiandad, ignora la secularización y es fuente de conflictos e incomprensiones. Nace del miedo y de la resistencia a perder su posición privilegiada de poder. No anuncian la Buena Nueva, tratan de imponerla coactivamente.

La segunda es hija también del miedo. Es la de aquellos que se dicen cristianos y se avergüenzan de proclamarse como tales. Esconden su fe y son aquellos seguidores de Jesús, como Nicomedes, que íban a verle en secreto, por temor a los jerarcas judíos. ¿No su fe vergonzante un antitestimonio de la la misma?

La tercera es la que ataca directamente la religión cristiana y, en general, cualquier confesión religiosa. Pretende reducirlas al interior de la vida privada, de las conciencias, de los templos. Es el laicismo beligerante, excluyente, que arremete contra cualquier presencia pública de lo religioso, individualmente o en grupo. Puede que sea un resabio de sentirse herederos de los perseguidos durante siglos por su increencia o heterodoxia. Pero hoy, en los inicios del siglo XXI, ¿No revela también el miedo a admitir plenamente la libertad religiosa?

Un mundo nuevo, justo y fraterno, ¿no necesita para su construcción la lucha conjunta, codo con codo, de todas las personas de buena voluntad, creyentes o no? ¿Y los seguidores de aquel preso político que fue Jesús de Nazaret, no debemos aportar su memoria subversiva, contra el dominio del dios-dinero? Austeridad compartida, frente al individualismo consumista, ¿no es la mejor semilla de una Tierra nueva que llevará por nombre Libertad?

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