Ningunear a una persona, pasar de ella, cerrar los ojos ante su presencia, incluso de su existencia, es hacerla invisible. Es un mecanismo defensivo que surge del miedo que nos provoca. O por un mal, real o imaginario, que nos ha causado y por el temor que nos lo siga haciendo en el futuro.

En la sociedad actual existen muchas personas a las que mayoritariamente hemos invisibilizado. Son los donnadie, los fracasados, los empobrecidos, los excluidos, cuya existencia perturba nuestra plácida digestión consumista. Si ignoramos que existen, si cerramos los ojos ante su indigencia y desamparo, aunque estén a nuestro lado, nuestro bienestar no se verá alterado. Preferiríamos que estuvieran lejos, encerrados en ghetos aislados, no vaya a ser que su olor alcance nuestra pituitaria y lleguemos a ser conscientes de su cercanía.

¿Hemos vivido la experiencia de haber sido invisibilizados por alguna persona o varias? ¿Cómo nos hemos sentido? ¿Irritados, apesadumbrados, o hemos sonreído con humor? Los que hemos alcanzado una edad tal que por jubilados, achacosos, ya no pertenecemos a ese ciclo de personas productivas, ¿no somos más propicios a ser ninguneados? ¿Y qué sentimiento de recelo experimentamos cuando quien nos ha ignorado habitualmente, de repente se acerca a nosotros, reconociéndonos? ¿No nos acecha la pregunta: qué querrá de mí? ¿No suelen hacerlo los políticos con los ciudadanos cuando se acercan las elecciones?

Claro que la pregunta podemos formularla a la inversa: ¿No habremos nosotros mismos invisibilizado a otras personas? ¿Hemos sido conscientes de ello? ¿Hemos reincidido? ¿A las mismas o distintas? ¿Qué tenían en común?

Pero no faltan aquellos que su miedo alcanza tales proporciones que no pueden invisibilizar a quienes consideran culpables de sus males y se trueca en odio violento. Los buscan para agredirlos, vejarlos, insultarlos, llegando en algunos casos hasta el asesinato. Las agresiones xenófobas y contra los indigentes, aunque sean indígenas, se han multiplicado en esta Europa desnortada que padecemos.

La crisis económica, unida a la más profunda de valores, ha agudizado el problema. El surgimiento de unas extremas derechas, en todos los países y sus avances electorales, ha suscitado las alarmas. Y los partidos asentados tradicionalmente en el sistema, se apresuran a recoger en sus programas esos idearios autoritarios, violentos y excluyentes. El miedo a la pérdida del status social, el fantasma del paro tecnológico, la brutal desigualdad social promovida por rígidas medidas austericidas, están motivando a sectores importantes de la clase media baja y obrera a apuntarse a las filas de la extrema derecha. Se trata de alejar fuera de nuestras fronteras a esos desesperados, a los que la guerra, la persecución o el hambre, les lleva a huir de sus países y trata de buscar refugio en Europa. Y como no podemos invisibilizarlos, les cerramos las puertas y levantamos muros que impidan su acceso.

Pero esta cerrazón, este cerrar los ojos a tantos seres desesperados, ¿soluciona el problema o lo agrava? ¿No es un suicidio a corto plazo lo que estamos cometiendo? Morirán ellos, sí, y nosotros con ellos. Claro que ese odio medroso ya nos ha convertido en zombis vivientes. ¿No es igual táctica suicida la que estamos llevando a cabo con el resto de los seres vivos y con toda la naturaleza a la que expoliamos sin parar mientes en las consecuencias?.

He hecho circular un texto de J.L. Vázquez Borau comentando la apuesta por la no-violencia de Ghandi. Añadía el comentarista la opinión de que no se puede vivir la no-violencia sin una creencia en Dios. Un buen amigo me contesta con una expresión muy gráfica: ¡ya está la burra a brincos! Su queja venía a ser si los ateos, aunque sean de buena pasta, no pueden comprender y practicar la violencia. No me arguye las múltiples ocasiones que creyentes, invocando su fe, han ensangrentado y siguen haciéndolo, tantas familias y tierras. Pero es verdad. Apostar por la violencia es una decisión ética que puede estar motivada por una religión o no. En el fondo, y ante el Misterio último de la realidad, ¿qué diferencia hay entre quien se mueve por la fe explícita en Dios y quien lo hace por la fe en el ser humano? ¿No estamos más unidos, unos y otros que quienes, invocándolo o negándolo, aplastan a otros seres humanos?

Nos atenazan con otro miedo: el fondo de las pensiones se está agotando. Y quienes así actúan proponen ir retrasando la edad, reducir su cuantía e ir creando fondos de pensiones voluntarios y complementarios al sistema público, gestionados claro por bancos y entidades financieras. Una pregunta está en la mente de quienes piensan sobre el tema: ¿qué parte de ese fondo se ha destinado al rescate de la banca? No proponen que sean impuestos sobre el capital los que financien buena parte de las pensiones. ¿No deberían las empresas, beneficiadas por la contención salarial y la reducción de cuotas a la seguridad social, aportar como salarios diferidos cantidades a fondos complementarios de pensiones que sean autogestionados tripartitamente por representantes empresariales, obreros y de la administración?

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