¿Cuál es mi rostro real? ¿Cuál es nuestro rostro auténtico? Es que vamos por el mundo llevándolo tapado con máscaras que lo ocultan, ante los demás ¡y ante nosotros mismos! Si me miro al espejo veo el de un anciano, surcado por las arrugas propias de mis años. Aunque creo -¡ojalá no me equivoque!- que refleja más bien la huella de la sonrisa que el rictus de la amargura. Pero, ¿qué hay debajo de esas máscaras con las pretendemos engañar a todos? Se impone un ejercicio ascético de desenmascaramiento, de romper las imágenes falsas de nuestro ego para encontrarnos con nuestra realidad más íntima: frágil, soñadora y cobarde. ¿Y si resulta que al arrancarnos las máscaras sucesivas tras las que hemos querido ocultarnos, resultase que no tenemos rostro? ¿Puede existir un ser humano sin rostro? Los creyentes podemos tener la confianza de ser amados incondicionalmente, que nuestra faz es iluminada por la mirada repleta de ternura del Abbá de Jesús.

La vida humana oscila entre la risa y el llanto. En la Salve se hablaba de este Valle de Lágrimas, que según Ortega es la mejor descripción de nuestra realidad. La dicha dura poco, mientras que en la percepción subjetiva del tiempo los ratos de dolor se largan desmesuradamente. Incluso hay algunos tan profundos que siempre dejan cicatrices latentes, aunque pasen los años. Mas lo peor seguramente son los miedos a males futuros, a dolores por venir, que anticipados en nuestra imaginación, suponen una duplicación de los mismos, si llegan a producirse.

La regla clásica del “carpe diem”, aprovecha, goza del presente puede ser aceptada, si no se realiza a costa de los demás, o de gentes venideras. Olvidarse de lo que pasa a nuestro alrededor, del dolor de tantos seres humanos, próximos o lejanos, para buscar con ansia el placer instantáneo es una muestra de refinamiento egoísta, al que nos incita constantemente la publicidad.

Una de las obras tradicionales de misericordia es consolar al triste. Pero es ridículo pretender hacerlo desde nuestra complacencia autosatisfecha, con abundantes razonamientos. Sólo pueden consolar de verdad, los que se acerquen al que sufre, desde la experiencia del propio dolor, y, en silencio, a su lado, escuchen sus quejas lastimeras. El dolor compartido es menos dolor que el aguantado en soledad. Saber que alguien nos escucha, nos comprende sin juzgarnos, ayuda mucho. Quien ha sido confortado así, puede ayudar a otras personas mucho mejor.

Carlos Díaz sostiene paradójicamente que “porque me dueles te amo”. Lo que se nos ocurre a primera vista es al revés: “porque te amo, me dueles”. ¿Qué es antes el dolerse o el amar? ¿No será que son acciones recíprocas que se retroalimentan? Si veo sufrir a una persona desconocida y me conduelo de ella , es decir mis entrañas se conmueven en lo más profundo y me estimulan a socorrerla en la medida de mis posibilidades, empiezo a amarla. El amor abarca muchas más esferas de lo que solemos entender en nuestras acepciones coloquiales. Hacerse prójimo de las víctimas de la vida es la lección que nos da la parábola de Jesús sobre el Buen Samaritano.

La frágil tregua en Siria, acordada entre USA y Rusia se ha roto, como desgraciadamente era de prever. Un bombardeo sobre Alepo y el posterior sobre un convoy humanitario lo ha hecho añicos. ¿Culpables? ¿Lo sabremos? Responsables son todos, las grandes potencias, los contendientes, los que prefieren mirar para otro lado.

El drama de los migrantes, refugiados o hambrientos, continúa. Más conferencias internacionales para trata del tema con rotundas declaraciones de buenas intenciones. Mientras, más murallas, más blindar fronteras, más muertos…

Encuentro interreligioso en Asís con representantes de múltiples religiones. Rezos conjuntos al Dios de la Paz. Invocar el nombre de Dios para matar es una idolatría. No hay ninguna  guerra que sea santa. Sólo la paz es santa. ¿Nos uniremos los creyentes de todas las religiones para parar las guerras y edificar la paz?

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