Estamos entrando en esta estación que es del año la que  más gusta, después de los calores del estío y antes de los rigores invernales. No sólo porque naciera en ella. Es la época de  la recogida de los frutos y las cosechas. Con sus vivos colores, deliciosos para la paleta de un pintor. Cierto que para algunos es ocasión para melancolías depresivas. En cambio para mí, lo confieso, ha sido siempre reflejo de una paz serena y reflexiva, en la que quiero vivir y compartir.

Decía Simone Weil: “Si quieres saber si alguien cree en Dios, no te fijes en cómo habla de Él, sino en cómo habla del mundo”.

Debatir para avanzar juntos en la búsqueda de la verdad es necesario. Lo cual supone escuchar a la otra u otras partes, entender sus razonamientos y tratar de averiguar lo que hay de acertado en ellos. Más aún, tratar de indagar qué hay detrás de sus palabras, en qué experiencias personales se apoyan. Así comprenderemos mejor a nuestros interlocutores. Esto es todo lo contrario a tratar de imponer unas opiniones. Al final, puede que lleguemos a un acuerdo. O puede que no. Y admitir el disenso como algo admisible perfectamente en la convivencia humana.

A veces disentimos de personas con las que tenemos vínculos afectivos. No deben entorpecerlos. Y puede que coincidamos con personas lejanas en nuestras relaciones personales.

Muchas veces las discusiones que no debates racionales, se encrespan porque ambas partes usan palabras a las que cada una da un significado diferente. Muy pocas son unívocas. Una puede tenerlo legal y otra meramente físico. O ser palabra técnica y ser usada en términos coloquiales con otra acepción diferente.

Cuando en una discusión sobre un tema en el que hay posiciones extremas enconadas emocionalmente, hay quien intenta sostener otra distinta, no precisamente equidistante de ambas, con frecuencia se le atribuye la opuesta a la del interlocutor, sin prestar atención a lo que realmente se expone. Peor es cuando se sustituyen las opiniones razonadas por insultos. Y con esa descalificación, salen muy ufanos de la disputa.

Los romanos distinguían claramente entre potestas y auctoritas. La potestas es el poder, físico o jurídico, por el que alguien puede imponer su voluntad a otros. Auctoritas, en cambio, es la autoridad moral en virtud de la cual, quien está dotado de ella hace que otros de buen grado cumplan lo que indica. Cuando un político dice claramente que no tiene autoridad para que una persona investigada o imputada judicialmente por corrupción abandone su cargo, ¿no nos está diciendo que carece de auctoritas para ello?.

Se está discutiendo si un cargo legislativo es del partido por el que se presentó o de la persona que lo ocupa. Hay quienes dicen que si deja o la expulsan del partido, debe abandonar el puesto. Para la normativa jurídica vigente es de la persona. Si llegase haber listas abiertas, todavía estaría más claro. Claro que que si la democracia fuese real, la respuesta sería única: el escaño es de los electores que la eligieron. Esto exigiría establecer un sistema para que pudieran desposeerla de su puesto. No lo veremos, claro: se acabaría la partitocracia en la que vivimos.

Los tópicos controlan nuestros pensamientos y nuestras conversaciones. Nos ahorran intentar conocer a las personas concretas. Se atribuyen a un colectivo -territorial, de edad, clase social, grupo ideológico, etc.- unas determinadas características. Y cuando vemos que así ocurre en algún caso, reforzamos nuestro prejuicio. Y somos ciegos ante aquellos que no responden al estereotipo.

¿Hay que obedecer siempre a las leyes?. Hay quien así lo afirma categóricamente. ¿Y si son injustas?. ¿La obediencia debida excusa de culpa al que ejecuta una ley injusta?. El juicio de Nurembeg supuso la condena de criminales nazis que se limitaban a obedecer leyes genocidas. La cuestión estriba en quien decide si una ley es justa o injusta. La conciencia personal es la única que puede hacerlo. Si una ley me obliga a hacer algo que considero injusto o me prohíbe realizar lo que juzgo éticamente obligatorio, debo seguir a mi conciencia. Esto es peligroso para los poderosos, pues es la conciencia la que dicta cuando hay que obedecer o desobedecer. Una democracia real exige la admisión y regulación de la objeción de conciencia. Y esa regla debe aplicarse tanto en la esfera civil como en la religiosa.

Leí hace poco este lema de conducta: “Comparte el pan y la esperanza”. ¿No es una máxima de vida para quienes decimos seguir a Jesús?

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