Ayer llegó la noticia de la firma de una tregua, entre USA y Rusia, en la guerra de Siria. Dura más de cinco años con millares de bajas y huidos. Muchos protagonistas: el régimen sirio, lo que llaman oposición moderada, los yihadistas, batallones kurdos, turcos, saudíes, Israel… ¿Se respetará el alto el fuego? ¿Coordinarán sus esfuerzos militares las dos potencias para atacar los bastiones yihadistas? ¿Se abrirán corredores humanitarios para que puedan entrar alimentos y medicinas no sólo en Alepo, sino en  el resto de poblaciones cercadas? ¿Se seguirán cometiendo gravísisimas violaciones de Derechos Humanos y del derecho internacional? ¿Responderán de esos crímenes los responsables?

Me encontré con un antiguo conocido, que militaba en un partido lejano de mi postura ideológica y que llegó a ocupar un cargo político local. Por su bondad y buen humor se granjeó general consideración. Nos saludamos con aprecio y aludimos a nuestra común ancianidad.

Hace muchos años, quizá desde siempre, he puesto a las personas por encima de las ideologías. Me he entendido con muchas de todo el espectro político y he fraguado amistad con varias de ellas. Lo que no soporto es el sectarismo, el tratar a los rivales como enemigos a exterminar. Lo triste es que me he encontrado a más sectarios en la cúpula de los partidos, que en las bases, aunque en éstas también los hay.

Respetar a las personas por encima de lo que piensen o crean, de sus orígenes familiares, de sus orientaciones de toda índole, del color de su piel, de su cultura, de su vestimenta es una tarea que debamos aprender todos, desde la más tierna infancia hasta los mayores. Si miro con antipatía o rencor a quien es diferente, deberé examinar dentro de mí cual es la causa. Los prejuicios se heredan e imitan sí, pero también habrá algo mío que no me gusta y no lo reconozco, que me recuerda esa diferencia. El miedo y el odio, esos dos gemelos, tienen ahí sus raíces.

Cada vez más nos vienen epidemias antaño desconocidas en nuestro suelo. A ello se une la aparición creciente de bacterias resistentes a los antibióticos de que disponemos. O las enfermedades inducidas por las grandes empresas farmacéuticas para dar salida a productos producidos en sus laboratorios. Aumentan las alergias y las depresiones. ¿Será por la contaminación, el cambio climático, los animales hormonados que consumimos, el consumo desaforado de antibióticos y ansiolíticos, los productos transgénicos cuyas consecuencias desconocemos y que se venden ocultando su origen, el capitalismo canalla que nos encadena?.

He leído un artículo de ese laico comprometido que es Jairo del Agua. Lleva como título: ¿Tiene la jerarquía misericordia de sus fieles? Me ha hecho reflexionar. Hace alusión a la liturgia, sobre todo a la eucaristía. Se pregunta: ¿en qué dios creemos?, ¿a quién oramos? Se leen textos del Antiguo Testamento que tienen poco que ver con el Abbá de Jesús. Un dios iracundo que toma venganza de sus enemigos. O las preces recordando a dios los males del mundo para que los resuelva.  Se trata de un dios amnésico -hay decirle los males que tiene el mundo- e intervencionista- él debe resolverlos-. ¿No somos nosotros sus manos, no tenemos que resolver nosotros mismos los problemas próximos y lejanos? ¿No descansó Dios el séptimo día y nos dejó toda la creación bajo nuestra responsabilidad?

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