¡Cómo ha cambiado el paisaje humano de la calle en que vivo desde hace unos años! Antes veía a numerosos matrimonios jóvenes con hijos pequeños. Ahora contemplo a una población envejecida, encorvada, unos -como yo- con bastón o muletas, otros con tacatá o silla de ruedas, con motor o sin él. O a abuelos apresurados con sillita de críos vacía o con un pequeñín, a buscar a otro a la salida del cole, pues trabajan ambos progenitores. Cuando veo a parejas jóvenes con niños pequeños entrar en alguna casa, pienso  -y acierto-: a visitar a los abuelos.

La pluralidad étnica y cultural es otra mudanza perceptible. Latinoamericanos -generalmente andinos-; europeos del Este: magrebíes, con la mayoría de sus mujeres con pañuelo  cubriendo su cabeza; pakistaníes con sus típicos atuendos; negros subsaharianos -ellas con sus vistosas vestimentas-. De ahí, los idiomas y hablas distintos que se escuchan. Aumenta el número de parejas mixtas con mestizaje fecundo. Esta calle en la que vivo viene a ser a pequeña escala una representación del mundo actual.

Siguen las conversaciones por la paz (?) en Siria. Las grandes superpotencias no se ponen de acuerdo. Sus intereses económicos y geoestratégicos se lo impiden. Mientras, siguen muriendo civiles y ni siquiera son capaces de abrir corredores humanitarios para que entren medicinas y alimentos. Incluso se bombardean centros hospitalarios y escolares. ¿Si no hay paz en los corazones de qué sirven los discursos y buenas palabras?

Se han publicado cifras estremecedoras de niños muertos, o que pasan sólos las fronteras huyendo del terror de las guerras y que son víctimas de explotadores sin entrañas que los engañan, torturan, violan, venden como esclavos o los asesinan.

Esta madrugada me he despertado sudando, con el corazón al galope y estremecido de terror. Estaba trabajando en un despacho y me anunciaban la visita de alguien que quería verme. Era un médico sirio que había llegado a Europa con su mujer clandestinamente. Sin papeles. Me narró los sufrimientos de su cuerpo, provocados por las torturas a que había sido sometido, por el delito de atender a los pacientes que llegaban su hospital, sin importarle de qué bando o credo eran. La familia de su mujer había quedado en su país y desconocían la suerte que corrían. Me contagió su dolor. Me costó serenarme al despertar.

Me cuesta entender qué concepto de la dignidad tienen altos dirigentes. Oí que habían decidido en algún organismo de la ONU en vez de dar alimentos directamente a los refugiados sirios en Turquía, proporcionarles un documento bancario para que con él fuesen a las tiendas y los comprasen. Ignoro qué ganancia obtenían los bancos y si alguien controlaba los precios de esos productos básicos. Reconocerles su dignidad exige o que puedan volver libremente a su país en paz, facilitar el reagrupamiento de las familias, organizar corredores humanitarios para que puedan trasladarse al país que elijan y que se les reciba en ellos como personas necesitadas que son, con los brazos abiertos.

La ultraderecha avanza en todo Europa. Está detrás del éxito del Brexit británico. Y cada vez tienen más fuerza en el resto de los países. Asustados, los gobiernos conservadores o socialdemócratas aceptan sus postulados. Blindar fronteras, aumentar las medidas de seguridad, renacionalizar jirones de soberanía cedidos a la UE. La pesudoética de los mercaderes que aglutina esta Europa no tiene fuerza moral para oponérsele. ¡Y todavía hay quien habla de nuestra identidad cristiana amenazada por el Islam! ¿No es el culto al dinero la única seña de identidad que hoy defendemos con uñas y dientes?

Corea del Norte hay hecho estallar un nuevo ingenio atómico, provocando un terremoto. Parece que su potencia es igual a la bomba que lanzaron los yanquis sobre Hirosima. Puede colocar el artefacto en un misil. Los gobiernos se han alarmado, parece que ni siquiera China, su tradicional aliado, le respalda en este momento. Se auguran medidas enérgicas de respuesta. ¿De qué clase? Seguramente económicas, con lo que se agravaría aún más la situación famélica de los desgraciados súbditos del tirano. ¿No es un cinismo que las grandes potencias poseedoras de un arsenal atómico capaz de destruir la vida en el planeta sean quienes más protesten? ¿No necesitamos un desarme atómico total? ¿Lo veremos alguna vez? ¿O seguiremos al borde de un precipicio por el que algún loco, de un país grande o pequeño desencadene la debacle? ¿Nos concienciaremos los ciudadanos de a pié o seguiremos cerrando los ojos ante un posible suicidio colectivo?

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