Los chaqueteros tienen mala fama. Con esa denominación denigrante, que hace alusión al cambio de chaqueta, se hace referencia en lenguaje coloquial a aquellas personas que mudan de postura religiosa o ideológica. Alguien ponía de manifiesto, con una mezcla de perspicacia y cinismo, que hay algunos que por ser fieles a sus ideas tienen que cambiar de partido.

No se puede dudar que hay bastantes personas que en su honesta evolución existencial cambian de su postura o posturas iniciales. Cambios producidos por su reflexión y análisis de la realidad. Que los motejen de chaqueteros o traidores es un riesgo que han de arrostrar.

Todos sabemos de cambios ostensibles que proceden del cálculo egoísta, del miedo, del afán de hacer carrera o tener éxito en sus relaciones sociales. Suelen distinguirse por el ardor de conversos con que alardean de su nueva postura. Y en casos extremos, por el encono o rabia con que se dirigen hacia sus antiguos correligionarios. ¿No hay mucho de este fanatismo violento en el ardor de tantos torquemadas, inquisidores de ayer y de hoy?

Lealtad y cambio son imprescindibles conjuntamente para ser una persona adulta, emocionalmente estable. Cortar de plano las propias raíces, desarraigarse es una suerte de suicidio existencial. Cerrarse a todo mudanza, permanecer inmóvil a pesar de los avatares de la vida, es secarse, fosilizarse, morir espiritualmente antes que la muerte física nos alcance.

Los atentados terroristas, inducidos por odio religioso, provocan miedo y xenofobia a partes iguales. El yihadismo es enemigo de las confesiones cristianas, del chiísmo, y de cualquier otra fe religiosa que no sea la suya, versión sanguinaria del Islam. Que no se nos olvide que no somos los únicos destinatarios de su fanatismo excluyente. Por eso, afianzarnos en la defensa y desarrollo de la libertad religiosa, educar en ella a las nuevas generaciones, es el mejor baluarte contra ese terror.

Frente a esa amenaza hay bastantes que repiten que el Dios de los musulmanes no es el de los cristianos. ¿Qué decir a esto? Dios no pertenece a ninguna religión. Dios no es cristiano, ni musulmán, ni judío. Parece una perogrullada, pero es la afirmación de que el Único, el Ser misterioso que está por encima y dentro de toda la realidad, es más grande todo lo que podamos concebir. No puede encerrarse en ninguna afirmación teológica. Cualquier afirmación sería una desmesura errónea: elevar cualidades humanas al nivel más alto, antropomorfismo, un dios a nuestra medida conceptual. Los seguidores de Jesús hemos aprendido algo: Es el Amante total y su preferencia no está con los poderosos, sino con las víctimas. Pero, ¿lo vivimos?

La mercantilización de todas las esferas de la vida -individual, familiar, social, pública- es la tónica creciente de este sistema neoliberal. El mercado se ha salido de madre, se ha convertido en un tsunami que todo lo arrolla. El dinero-dios, el tener, el producir, es lo único que justifica la existencia. Esa competencia feroz, ese individualismo exasperado, ahoga toda vida comunitaria, cercena las vías hacia la felicidad humana, destruye la naturaleza y lleva al estrés y la depresión como horizonte continuo.

Es falso que nazcamos libres. Somos los seres más indefensos del universo al nacer. Necesitamos el cuidado, el cariño, de otros seres para subsistir. Pero para ser personas plenas hemos de conquistar la libertad. Romper ataduras, aceptar nuestros límites biológicos y sociales, que condicionan y posibilitan la libertad humana. Y desde ellos, ir consiguiendo parcelas crecientes de autonomía solidaria.

Hay cárceles, cadenas, que intentan impedir y obstaculizar la libertad humana. Pero son peores la actuales, cuando hemos interiorizado la opresión, llevamos los grilletes que nos han impuesto los poderosos en nuestro cerebro. Romper las cadenas interiores es lo más dificultoso. Quien ha ganado su libertad interior, ya es libre, aunque viva confinado. Necesitamos también la libertad exterior, que se traduce en el disfrute de unos Derechos Fundamentales, parejos a unos Deberes también Básicos. No estoy condenado a la libertad, pero sí estoy obligado éticamente a conseguirla y  a vivirla. Para mí y para todos los seres humanos.

Una luz de esperanza se ha encendido en el pueblo hermano de Colombia: el acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC. Se trata de poner fin a un conflicto que dura ya más de cinco décadas. Con varios protagonistas: el Estado sus fuerzas armadas, las propias FARC, los enormes terratenientes y los paramilitares; con unos agentes enturbiadores, los grandes narcotraficantes. Con millares de víctimas: asesinados, secuestrados, torturados, familias destrozadas, campesinos a los que se han arrebatado sus tierras. ¿Cuajará el proceso de paz? El acuerdo debe aprobarse en referéndum. En él se postulará el no por una oposición beligerante, acaudillada por el expresidente Uribe. ¿Habrá suficientes cristianos comprometidos en la ardua tarea de la reconciliación?

Una sociedad civil viva necesita asociaciones nacidas desde la base que sean independientes del poder político. A los poderosos les molestan. En los regímenes autoritarios las prohíben o crean unas controladas por ellos. En las democracias parciales, como las que tenemos en Occidente, lo que hacen es o crear algunas filiales de los partidos o grupos de presión o subvencionarlas generosamente de forma que vivan del presupuesto estatal. Con ello pierden su independencia. Si se desmandan, ¿no queda siempre la amenaza más o menos sutil de cortarles el grifo? Claro que ¿no hay siempre algún bocazas que no duda en recordarles alguna ayuda recibida, para que se posicionen en alguna cuestión partidaria?

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