Escribir me ayuda a reflexionar, a poner en orden las ideas que bullen en mi mente. Soy consciente de que no son  originales, pero también que al rumiarlas las he hecho mías. Cogidas de aquí y allá y enhebradas en una almazuela conceptual y también -y más últimamente- sentimental. Brotan al unísono de la mente, el corazón y las entrañas.

Procuro no atacar a nadie, aunque discrepe de sus opiniones y así lo manifieste. Respetar a las personas, pero no por ello aplaudir lo que digan. Y exponiéndome, naturalmente, a que hagan lo mismo con las mías. Lo agradezco, pues así voy aprendiendo.

Pues como dice José Arregi, lo enemigo de la verdad no es la mentira, sino la certeza. Quien está tan seguro de lo que piensa, que jamás duda, es un fanático. Y del fanatismo a la violencia sólo hay un paso corto.

Lo contrario del disenso razonable es jugar a epítetos descalificadores. Tachar a quien no opina igual de fascista, carca o retrógrado es tan irracional como hacerlo de progre trasnochado, comunistoide o guerracivilista. Facilón pero supone al insulto a la inteligencia.

Esto me recuerda la anécdota de la polémica  Unamuno – Millán Astray en la Salamanca de la guerra civil. Al venceréis pero no convenceréis de Don Miguel respondió el legionario con un ¡Viva la muerte!, ¡Muera la inteligencia!

No es extraño que otro filósofo ilustre, Julián Marías, hiciera un resumen acertado del resultado de la contienda: ¡los justamente vencidos y los injustamente vencedores!

Todavía andamos a vueltas con la memoria histórica. Puede manipularse y presentarla sectariamente.  Pero sin ella, no cabe reconciliación. La amnistía promulgada durante la llamada transición fue un cierre en falso. Fue exigida por la izquierda y concedida de buen grado por la derecha. Todas tenían mucho que ocultar.

El perdón es necesario, pero para perdonar hay que saber lo que hay que perdonar. Y luego no olvidar, pero recordar como perdonado. Para que nunca vuelva a repetirse aquella historia sangrienta de odios cainitas.

¿Qué pintamos los que nos decimos seguidores de Jesús en estas lides? Refugiarnos en cómodos espiritualismos y predicar sobre grandes principios, ¿no es traicionar el Mensaje del Maestro? ¿No debemos mancharnos las manos de la porquería de este mundo, aunque nunca el corazón, como repite Carlos Díaz? Mirar para otro lado, cerrar los ojos, sería hacernos cómplices del mal.

Entre la luz que, cegadora, deslumbra y la que ilumina, aunque sea tenuemente,  ¿cuál preferimos?

He hecho circular un artículo de Arregi comentando la evolución personal de Carrere, un cristiano desconvertido. Nadie tiene derecho a enjuiciar el periplo existencia de una persona. Sin hacerlo, un amigo me pregunta: ¿existe un cristianismo para cada tiempo? Si no es idéntico a sí mismo, a lo largo de la historia, no es verdadero. Aquí distingo entre el núcleo de la doctrina de Jesús y los aditamentos que se le han incorporado en las distintas culturas y edades. De forma inevitable. El Mensaje del Nazareno ha de encarnarse para no quedarse en meros principios abstractos y atemporales. Su radicalidad profética se vertió primero en categorías de la filosofía griega y luego en las jurídicas romanas. Esa versión eurocéntrica fue la que llevaron los misioneros a América, África y Asia. Hoy se plantea abiertamente la inculturación del cristianismo en esas culturas y en el mismo Occidente para que pueda ser entendido en las sociedades secularizadas. ¿Qué es lo importante: defender y aferrarse tanto al Mensaje como a la morralla añadida o volver a verterlo, depurado, en las categorías existenciales de hoy? ¿No tendrán que hacer lo mismo las generaciones venideras, volver a las fuentes evangélicas y encarnarlas en su tiempo?

Esa tarea exige ver y escuchar tanto la Palabra contenida en la Biblia, como los signos del tiempos y el clamor de los crucificados actuales. ¿Es de extrañar que desde la tradición medieval se llame al pobre Vicario de Cristo? ¿No tenemos que acepTar alegremente que sean ellos, los pobres, quienes nos evangelicen?

Ayudar a otras personas no significa sólo compartir con ellas bienes materiales, si los necesitan. Más importante es darles nuestro tiempo. Nuestra escucha atenta, nuestro silencio respetuoso y las palabras oportunas.

¡Qué lecciones nos dan a menudo personas sencillas, sin apenas estudios! Recuerdo que al acabar mis estudios como psicólogo clínico en la UNED íba como voluntario a un Centro de Orientación Social que luego se adscribiría a Cáritas. Me tocó atender a una mujer que sufría. Era Testigo de Jehová. Venía acompañada por una compañera. Van siempre por parejas. Al entrar en el portal de la casa, vimos que había en el suelo una estampita de la Virgen. La compañera hizo un gesto como de asco. Sin embargo, ella la cogió del suelo y la colocó con todo respeto encima del casillero. ¡Que lección de consideración hacia un símbolo religioso que no compartía!

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