Me preguntaba un amigo si conocía a alguna persona mala. A bote pronto, le contesté que sí. A mí mismo. Hay dentro de mí zonas oscuras de maldad. Intento reducirlas y que no me impidan practicar el bien. ¿Alguna más? Supongo que las hay. Pero procuro fijarme en sus aspectos positivos y trato de disculpar sus fallos. Intento separar las conductas que me parecen dolosas o negligentes del juicio sobre quien las realiza. Eso no quita para que en un momento de ira, no me salga un exabrupto. Sin ir más lejos, cruzaba el otro día un  paso de peatones con el semáforo en verde y me adelantó un coche a toda pastilla. El epíteto c….n me salió rotundo.

Puedo distinguir a las personas entre íntimas, amigas, conocidas, saludadas y desconocidas. Éstas claro son la mayoría. Todas merecedoras de mi respeto. El número de las amigas, y sobre todo de las íntimas, es muy reducido. Y, dentro de ellas, las féminas son bastante más numerosas.  Y ¿enemigas? La verdad es que no tengo a nadie por enemigo. Si alguien quiere serlo mío, va apañado, porque me niego a reconocerlo como tal.

Lo que tengo claro es que no gusto a todas las personas. Es imposible. No lo intento siquiera. Me limito a intentar ser una persona libre que pretende vivir en paz con todos y  artesano de paz entre quienes me rodean. Muchas veces no lo logro, pero no por eso cejaré en mi empeño.

A menudo me encuentro con personas que me saludan y me llaman por mi nombre. Y me da rabia el no recordar el suyo. Sin embargo, los rostros no se me despistan tan fácilmente. ¿Serán los años con esas lagunas de memoria? ¿O que, como me digo para consolarme, he conocido ya a tantas personas que es imposible acordarme de todos sus nombres?

Leí una anécdota del fallecido obispo Iniesta que fue auxiliar de Tarancón en Madrid. Solía ir a la Dirección General de Seguridad para interesarse por la suerte de líderes obreros, detenidos durante la represión franquista. Al principio le trataban con mucha deferencia. Luego, con frialdad. Posteriormente, le hacían esperar en un pasillo. Cuando detuvieron a una dirigente de la HOAC, acudió como era su costumbre. Pero le señalaron la calle para esperarla. Y allí estuvo pacientemente hasta que la soltaron. Me recordó otro mía, mucho más modesta naturalmente. Por un  soplo cogieron en casa de la abuela -con la que vivía- de una amiga el aparato ciclostil en el que imprimíamos las hojas subversivas que lanzábamos en la Universidad. La citaron en la Jefatura Superior de Policía de Zaragoza, donde residíamos a una hora concreta.  Yo fuí  a una cafetería próxima, desde cuyo ventanal se veían la puerta de  la Jefatura. Y allí me pasé tres horas en una angustiosa desesepera hasta que salió Mari Carmen. ¡Se me hicieron eternas!

¿Por qué cuando tenemos una queja contra alguien, en vez de ir a su encuentro y decírsela directamente a la cara, damos un rodeo y se lo decimos a otra persona para que así acabe enterándose? ¡Cuánto nos gustan los chismes y las habladurías! Con estos juegos, típicos de la inmadurez, hay personas que sufren y otras que gozan. Las relaciones humanas son la ciencia más difícil. Si hubiera exámenes de esa materia, ¿no suspendería -o suspenderíamos- la mayoría?

Hay quienes no soportan la transparencia. Disfrutan con el cierre hermético de las vivencias grupales. Son los que tienden a convertir sus grupos en sectas. Los demás, los ajenos, no deben conocer lo que se cuece dentro de los mismos, sea positivo o negativo. ¿Es tanta su inseguridad personal que sólo basan su autoestima en ese cierre de opacidad? Con  ello les parecerá que su grupo, su nosotros excluyente, gana en importancia. ¿Pero no se darán cuenta de que eso incapacita para ser personas libres y que les aísla de los demás?

Hay dos clases de fiestas. Las cerradas para personas de élite, a las que sólo se accede tras un riguroso proceso de selección y sujetas a un rígido protocolo. Los paparazzi acechan quiénes van, con quiénes y sus vestimentas. A veces, hasta se venden exclusivas. A nivel más modesto, están con las nuevas tecnologías, los selfies, que se envían a los conocidos. Se trata de ponerles los dientes largos alardeando. Entre los cristianos, tenemos una reunión que es a la vez fiesta, memorial y compromiso: la Eucaristía. No puede ser cerrada ni excluyente. No podemos guardarnos su contenido. Hemos de vocearlo en plazas y airearlo. Con sus luces y sombras, afirmaciones y dudas. Al menos, es lo que pienso yo.

Se ha celebrado en Canarias una procesión masónica en la que han desfilado por las calles los masones con sus mandiles. Era costumbre suspendida durante 40 años de dictadura franquista. ¿Cuánto tardarán los nostálgicos del nacionalcatolicismo en denunciar esta ofensa a lo que suponen son las esencias patrias? ¿Y los laicistas agresivos la denunciarán también o se callaran pues no se trata de una manifestación católica? ¿Cuándo aprenderemos todos a respetar la libertad religiosa que es un Derecho Fundamental de todas las personas?

¿Cuántas personas creen -creemos- en los Derechos Humanos, en todos, -civiles, políticos, sociales, económicos y culturales- y para todos?  Lo que ocurre en la América Latina es sintomático. Unos ahogan las libertades privadas y defienden las públicas. Otros reclaman aquellas y defienden el neoliberalismo. Quienes ahogan la libertad en aras de la justicia, se enfrentan a los que reclaman libertades formales y niegan las reales. Mantener presos políticos no es camino hacia la justicia. Todo ello a niveles altísimos de corrupción y tolerancia con bandas criminales organizadas. Feminicidios, asesinatos y violaciones son noticias cotidianas. ¿Y podemos olvidar la presencia omnipotente del imperio exigiendo que su patio trasero no obstaculice los negocios de sus empresas y alzando vallas contra los emigrantes?

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