Definir qué es el tiempo es harto difícil. Hay un tiempo subjetivo, la manera en cómo lo percibimos, así decimos cuán rápido pasa cuando disfrutamos, pero los momentos de dolor o de espera se nos hacen tremendamente largos. Por otro lado, el tiempo tiene una existencia objetiva, aunque sea relativa, e intentamos medirlo. En función del aparente recorrido del sol,  entre el amanecer, el mediodía y la anochecida. O de nuestras propias sensaciones corporales, especialmente relacionadas con el vacío de nuestro estómago, con la sensación de hambre. Hemos inventado aparatos para facilitarnos con precisión, cada vez más exacta, su medida. Relojes de arena, de sol, de pared, cronómetros individuales. Los físicos nos hablan del tiempo como una más entre  las varias dimensiones de la realidad.

Hay dos concepciones del tiempo contrapuestas. La del eterno retorno, inspirada en la rotación de las estaciones del año. Todo se repite una y otra vez, en una cadencia ininterrumpida. Pero también existe la noción lineal del tiempo que se basa en la irreversibilidad de cada situación. No podemos volver atrás. Existe el pasado, el presente y el futuro. El pasado reside en nuestra memoria, en las consecuencias que ha dejado en nuestra vida de hoy. El futuro por definición todavía no es, pero a él estamos abocados. Podemos soñarlo ilusoriamente o podemos trazar en el presente en que nos encontramos proyectos para el mañana, pero si no son suficientemente flexibles para acomodarlos a las novedades imprevistas que puedan surgir, estarán condenados al fracaso.

Hay un juego al que podamos entregarnos, imaginar lo que hubiera pasado si en lugar de hacer aquello que hicimos, hubiéramos tomado otra opción distinta. Esos futuribles nonatos no conducen a nada, sino a distraernos del presente y de nuestras responsabilidades. La realidad heredada o formada por nuestros actos no tiene vuelta atrás. Las asignaturas pendientes en nuestra vida, individual o colectiva, quedará pendientes para siempre. Y si nos volvemos encontrar en una situación parecida no será igual, sino distinta. La experiencia adquirida forma ya parte irrenunciable de nuestra personalidad.

Claro que hay patologías en la forma de vivir el tiempo. Hay quienes viven sumidos en el pasado, reviviéndolo constantemente, bien para añorarlo o padecerlo. Están los que sufren con su vida actual y sólo en sus recuerdos encuentran consuelo. Y los que atenazados por un sentimiento de culpabilidad vergonzosa, vuelven una y otra vez a aquellos días o momentos en los que cometieron aquellas acciones u omisiones que les remuerden las entrañas y quisieran borrar. Otros se consumen planeando el mañana y viven febrilmente cada instante de su presente. No pueden ni descansar, sólo les obsesiona ese futuro al que dedican su existencia. Unos y otros, idólatras del ayer o del mañana, no saben vivir, son  incapaces de gozar, de disfrutar de las pequeñas cosas que nos brinda cada día, de amar, de jugar. Se les escapa la vida inútil y estérilmente.

Porque la gran verdad es que sólo tenemos el día de hoy, el instante actual. Lo pasado ya no es. Y lo venidero, no sabemos siquiera si llegará. Si viviéramos esto, nuestra vida sería seguramente más feliz, más acorde con lo que es ser persona. Valoraríamos mucho más las relaciones con los otros seres humanos con los que compartimos nuestra existencia. Tendríamos los ojos y los oídos abiertos a sus necesidades y deseos. Podríamos escuchar lo que nos dice nuestro cuerpo, darnos cuenta de que es a través de él cómo nos relacionamos con la realidad. Descubriríamos el placer sensual del tacto, del olfato y del gusto que nos transmiten sensaciones placenteras, también las desagradables, pero a éstas no necesitamos estar tan atentos pues suelen ser más impactantes. Y reconoceríamos, urbanitas como somos actualmente la mayor parte de los habitantes de nuestro planeta que necesitamos un contacto más frecuente con la naturaleza.

La forma de vivir el tiempo guarda también relación con las distintas etapas de la vida.  Así el niño vive un presente continuo, no tiene recuerdos, sólo el momento en que está instalado, cuando disfruta o sufre; no hace planes para el mañana. El joven hace proyectos, sus recuerdos son pequeños, no les dedica apenas atención y le parece insatisfactorio el hoy en que se encuentra. El adulto es capaz de conjugar recuerdos, actividades y planes. Y la vejez llega cuando el ser humano renuncia voluntariamente o no puede ya pensar en actividades futuras. Lo patológico de la sociedad actual es que se quiere cercenar el equilibrio existencial del ser humano, modelando personas amnésicas y sin esperanza, que vivan en un hoy insustancial y frívolo, buscando como consumidores compulsivos la satisfacción de todos sus caprichos, inducidos y agigantados por la publicidad.

El drama de la vida humana es que nuestro tiempo es escaso. Se ha alargado con los avances médicos y farmacológicos. Pero sabemos cual es nuestro fin irremediable. La muerte nos aguarda a todos. Intentamos olvidarla, apartarla de nuestra atención, pero ahí está esperándonos. Cuando le toca su hora a alguien próximo a nosotros, al dolor por su desaparición, se añade el toque de atención de que a nosotros también nos llegará ese momento. Conforme van pasando los años, tenemos conciencia de que al otro lado tenemos tanta gente conocida o más que a éste. Y el deterioro de nuestro organismo nos avisa de esa certeza incontrovertible. Nuestro cuerpo está programado para morir ya desde su inicio. ¿Cómo es el tiempo humano a la luz de la muerte? Siempre corto y provisional. ¿Qué sentido damos a nuestra vida desde esta perspectiva definitiva? Cabe la respuesta hedonista y egoísta, se trata de pasárselo bien mientras dure y luego que me quiten lo bailado. Pero también otra posible respuesta, es que el valor de la vida, vista desde ese instante definitivo, sólo reside en si he amado y he sido amado. Lo demás, dinero, poder, fama son menudencias, aunque a menudo en  su busca hayamos dedicado nuestros mejores ímpetus.

La muerte es para el ser humano la gran tragedia, la definitiva. Rompe el hilo de la constitución progresiva de su personalidad. Es la pérdida absoluta de su libertad, limitada y frágil, sitiada en sus coodernadas espaciotemporales. Uno no es autor de su muerte. Ésta muerte le adviene al ser humano, tanto la natural por enfermedad o desgaste físico, como la sobrevenida por accidente natural  o violencia humana. Incluso en el suicidio que puede ser un acto de decisión libre sobre la propia vida, si tiene éxito y desemboca en la muerte, se pierde la libertad. Cesa el sujeto, la persona con su libertad básica, la autoposesión de sí mismo, se pierde el poder poder que es mucho más que el simple poder. Uno no se muere, es muerto en todos los casos. Se pierde toda posible actividad y se queda reducido a la pasividad absoluta.

Hay una pregunta clave que formulaba Levinas sobre si el tiempo es la limitación propia del ser finito o la relación del ser finito con Dios. Para los que creemos que la muerte no es el fin y que hay otra vida definitiva después, la interrogación sobre el tiempo se desenvuelve en términos de responsabilidad. El misterio de la eternidad, de la resurrección de las personas humanas por obra del amor de Dios, da sentido al tiempo en nuestra vida actual. Cada instante de ella se abre a una conexión con lo eterno. ¿Qué he hecho de mi hermano? ¿Cómo he respondido a la indigencia reflejada en su rostro interpelante? ¿He apartado mi vista de su dolor o he dejado que mis entrañas se conmoviesen y he acudido en su socorro?…

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