Parece que hoy no nos damos cuenta de lo que significó -y significa, por que sigue habiéndola- la condición de esclavo. Supone negar a un ser humano su dignidad de persona. Reducirla a la consideración de cosa, propiedad de un amo. Y como tal puede tratarla, maltratarla y hasta quitarle la vida. Conocido es el caso de aquellos romanos que alimentaban a las carpas de sus estanques con la carne de sus esclavos. El imperio romano, con su economía fundamentalmente agraria y de minería, se basaba en los tributos que le pagaban los habitantes de los territorios conquistados y en el trabajo de los esclavos. Su decadencia empezó, cuando concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio, con lo que dejaron de pagar aquellos tributos y pasó a depender exclusivamente de la mano de obra esclava. Eran esclavos los hijos de esclavos y los extranjeros hechos prisioneros en sus guerras expansivas. Cuando no pudieron avanzar más por la resistencia de los pueblos situados allende sus fronteras, vino su derrumbe. El genio jurídico romano creó la institución de la manumisión. El amo concedía en acto solemne la libertad a un esclavo que se pasaba a engrosar su clientela para actuar en beneficio de aquel, en un status de liberto, superior al de esclavo, pero no completamente independiente.

En aquel mundo la irrupción del cristianismo debió suponer un cambio sustancial. El seguidor de Jesús cree que la vida, muerte y resurrección de aquel maestro nazareno supuso romper las cadenas que nos esclavizaban, las  del pecado desgarrador y la aparición de un horizonte donde ya no hay judío o griego, romano o bárbaro, libre o siervo, hombre o mujer, sino todos unidos en la fraternidad que Él inició. A la larga, esto era una carga de profundidad, pues esa semilla era el germen de un deber inexcusable: romper las cadenas físicas, psíquicas y morales que aherrojan a tantos seres humanos. Liberar es una consigna que brota de la entraña evangélica.

Interpretar un texto o un hecho de siglos atrás supone un esfuerzo: es difícil desprenderse de la mentalidad actual. Hay que intentar meterse dentro de quien lo escribió o de las habitantes de la época, de su cultura, del idioma que hablaban. Es casi imposible conseguirlo plenamente. Hay un aspecto que -al menos para mí- se me hace muy cuesta arriba. La sensibilidad ética que hemos alcanzado ahora -aunque desgraciadamente la incumplamos- impide justificar lo que choca con ella. Por lo menos, tratemos de comprender el porqué de aquellas posturas.

En la eucaristía del reciente domingo 14 de Septiembre se lee este texto de Pablo: “Querido hermano: Yo Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envío como algo de mis entrañas. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en tu lugar, en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo; así me harás este favor, no a la fuerza, sino con libertad. Quizá se apartó de tí para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, cuánto más has de quererlo tú, como hombre y como cristiano. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo”.

Son tres los protagonistas de esta carta. Pablo, prisionero en Roma, al haber apelado al César como ciudadano romano. Onésimo, el esclavo fugitivo y, como tal, delincuente, que servía a Pablo que le había bautizado, como un voluntario de la pastoral penitenciaria de nuestros días. Y Filemón, el rico patricio, propietario de esclavos, también cristiano. Pablo se lo envía a su dueño, para que lo reciba no como esclavo sino como un hermano, igual que si fuera él mismo. Aquí, en la intención de Pablo hay una intención noble: convertir a un esclavo en hermano de su dueño, apelando sobre todo a esa fraternidad, nacida de la fe en Cristo. Es una transformación profunda, de corazón. Desde luego que sin ella todos los cambios legales no alteran la situación.

Pero…¿no es la esclavitud  algo que hiere de raíz la dignidad humana? ¿Por qué Pablo no la condena frontalmente sino que parece transigir con ella y ni siquiera pide a Filemón que manumita a Onésino? ¿No va contra la misma esencia evangélica? De hacerlo, los cristianos pasarían a ser radicales enemigos del imperio. Y la misma condición de ciudadano romano de Pablo en la cárcel podría haberse vuelto comprometida. ¿Temía que se desencadenase una persecución feroz contra los convertidos a Cristo? ¿Pero no se hubiera alzado una bandera de esperanza para tantas personas sometidas a esclavitud? Preguntas hechas desde hoy, pero ¿no nos fuerzan a discernir cómo actuamos ante las actuales esclavitudes?

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