Atentados terroristas en Europa, África, Asia y América. ¿Odios religiosos, étnicos, políticos, de orientación sexual? Libre circulación de armas y proclamas de revancha. ¿Hasta cuándo? El miedo engendra odio y el odio retroalimenta el miedo. ¿Quiénes se acuerdan de las víctimas y sus familias y no las utilizan como bazas de poder?

Terremotos en Italia y en otras partes del mundo. Centenares de víctimas. Solidaridad y apoyos. ¿Es casual que la mayor parte de esas víctimas sean pobres? ¿Cómo prevenir esas tragedias o minimizarlas? ¿Realmente es buena esta naturaleza, obra de un Dios creador, causante de estas tragedias? Preguntas sin respuesta que nos siembran de dudas.

Se ha firmado un acuerdo de paz entre el Gobierno Colombiano y las FARCC para poner fin a una guerra de varias décadas de duración. Pero es sólo un primer paso. Habrá un referéndum en el que se agitará la oposición acaudillada por el expresidente Uribe. ¿Veremos la entrega de las armas? ¿Funcionará la Comisión de la Verdad para esclarecer los crímenes cometidos por ambas partes? ¿Se devolverán las tierras a los campesinos despojados de ellas?  ¿Fructificará la paz en ese pueblo hermano y sabrá emprender la tarea ardua de la reconciliación?

Me cuesta tomar un criterio sobre esa prenda llamada burkini que usan las mujeres musulmanas en las playas. Por un lado frente a un laicismo agresivo que pretende reducir la fe al ámbito estrictamente privado, defiendo la libertad religiosa, el derecho fundamental también a manifestarla, como ha resuelto el Consejo de Estado francés. Pero me surgen dudas. ¿Esas mujeres que lo usan, lo hacen libremente o bajo coacción? ¿Quién puede arrogarse el derecho a decidir si otra es libre o no? Por otro lado, ¿por qué los varones musulmanes no usan prendas distintivas y puede exhibir libremente su pelo y otras partes de su cuerpo? ¿No es eso una discriminación?

Hace tiempo que no escribo sobre los avatares políticos españoles. Me producen aburrimiento y asco. No me dan ninguna confianza los líderes de las cuatro formaciones políticas más votadas. Y tampoco esos ciudadanos que con sus votos siguen aupando a los partidos enfangados en la corrupción. ¿Y qué decir de esos buitres carroñeros del FMI y la UE que han impuesto nuevas líneas rojas de recortes austericidas que debe cumplir el futuro gobierno? ¿No son más vueltas de tuerca para aligerar el menguado Estado de Bienestar que aún disfrutamos e ir entregando más parcelas de servicios públicos a la codicia de tiburones neoliberales?

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Me encontré con una amiga, Isabel, antigua discípula. Íba con  su marido a comprar manzanas. Me dió las gracias por  mis escritos y me dijo que la ayudan. Reconforta que alguien los lea y le sirvan.

En la última Eucaristía se leyó el texto de Lucas que habla de los consejos de Jesús sobre los puestos en los banquetes y la exaltación de la humildad. Andar en verdad definía esta virtud santa Teresa. Vanagloriarse de los propios dones y virtudes es ridículo: hay que reconocerlos  y, al saber que por haberlos recibido, no son nuestros, hay que agradecerlos y ponerlos a disposición de los demás. ¿No sirve la misma argumentación para nuestras limitaciones e imperfecciones? No debemos acomplejarnos por ellas. Habrá que aceptarlas e intentar superarlas. Con ellas, a pesar y gracias a ellas, intentar ayudar los demás.

Descubrir el valor intrínseco de la gratuidad es otra lección que podemos extraer. La actividad que más nos satisface es aquella que desarrollamos en favor de quienes no pueden pagárnosla de  ninguna manera. Ni siquiera tenemos que esperar a la otra vida para recibir esa remuneración.  En mi experiencia como psicólogo voluntario de Cáritas, cuando alguna persona me manifestaba su pesar .por no poder retribuirme, me acordaba de la cadena de la solidaridad que enseñaba el poeta bengalí Tagore y le indicaba lo siguiente: Si de verdad quiere Vd. pagarme, haga lo siguiente: cuando se encuentre con alguien al que  pueda ayudar, hágalo sin pedirle nada a cambio.

Recientemente se ha incorporado a nuestra Comunidad de la Esperanza, un cura jubilado como párroco de una iglesia de Logroño. Vive en el Hogar para sacerdotes ancianos. Premioso en el habla, quizá por la edad, sus palabras desbordan tal bondad, sencillez y entrega a los demás que conmueven nuestros corazones. Se disculpó porque no íba a poder asistir a la próxima eucaristía, pues eran las fiestas patronales de su pueblo. Tenía que preparar bien su sermón que versaría sobre la misericordia de Dios  y la Virgen. Una hermana muy fogosa de la comunidad le pidió que hablara de María, la mujer real del evangelio y no de la imagen edulcorada que nos han transmitido. Yo le indiqué que no se olvidara de la advocación específica con la que se la conoce en su localidad.

A propósito de la humildad, hubo quien recordó la anécdota de aquel obispo, humildísimo para su persona, pero que armó un bochinche gordo porque en un acto oficial se le relegó del puesto preeminente que le correspondía como jerarquía eclesiástica según el protocolo. No dije nada, pero al comentarlo ahora desde mi libertarismo evangélico me lleva a desear la abolición de todos los  privilegios eclesiales. ¿Qué es eso de que un  prelado tenga que estar en primera fila en un acto público? ¿Acaso Jesús íba de figurón al sanedrín o ante el pretor romano o el rey herodiano? Cuando lo llevaron, ¿no lo hicieron aherrojado como un facineroso subversivo para ser condenado? ¿Para ser voz de los sin voz, de los explotados, no es garantía de credibilidad, el aparecer desde el no-poder, desde la debilidad?

Últimamente, vivo en contacto con personas zaheridas por graves enfermedades, tragedias personales o familiares, situaciones de desamparo, soledades no queridas, angustias asfixiantes. Cuando alguna de ellas me entreabre parcelas de su intimidad, siento un escalofrío con dos sentimientos distintos: agradecimiento por la muestra de confianza y el peso de la responsabilidad contraída con ello. ¿Cómo llevar algo de paz, alguna brizna de consuelo a esos corazones heridos? Puedo ofrecer -y lo hago- mi escucha con-doliente, mi silencio atento y alguna breve palabra. No me gusta dar consejos y ahora menos que nunca. Si alguien me lo pide, intento ayudarle a que encuentre dentro de  sí y en su situación la decisión que encuentre más acertada para sí mismo y los suyos. En mi torpeza, acudo a Él. Si el Señor ha puesto a esas personas en mi camino, será por algo. ¿No será que en esta hora penúltima de mi vida, más que mi afán escribidor, espera que acompañe a esas personas sufrientes?

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