Hace años me presentaron en una fiesta a una joven pareja encantadora. Ella me contó que estaban juntos. Y añadió con su pizca de broma que vivían en pecado. Mi respuesta fue rápida: ¿Quién os lo ha dicho? ¿No sabéis que el único pecado es no amar? Pues todas sabemos de parejas que, habiendo recibido bendición eclesial o pasado por el registro civil, viven un infierno destructivo, amargándose la vida a sí mismos o a los demás. En cambio, existen parejas de hecho que realizan su amor en un compromiso mutuo de respeto y que son capaces de abrirse a los demás.

Para llegar a ser personas auténticas, necesitamos haber vivido la experiencia del amor. Sólo el amor, el recibido y el que damos, es el que nos hace existir como humanos. No es fácil y requiere un proceso de maduración, acompañado por desgracia de errores y traiciones, en lenguaje eclesial de pecados.

No arrepentirse de nada de lo que se haya hecho es una consigna narcisista hoy de moda que afirman es la receta de la felicidad. Olvidar el pasado, no reconocer los propios fallos, es la mejor garantía de volver incurrir en los mismos errores. ¿Puedo ser feliz si ese gozo inconsciente lo he logrado a costa de la infelicidad de otros seres? Narcotizar la conciencia, abortarla antes de que pueda surgir como rasgo esencial de una verdadera persona, es decir responsable, es la mejor manera de ser esclavos  de los propios deseos instintivos que nos rebaja al nivel de la pura animalidad.

Claro que cabe otra patología esterilizante: encerrarse en el recordatorio constante de la culpa o culpas cometidas. Revivir una y otra vez en forma masoquista la vergüenza de unas conductas que nos repelen y de las cuales no podemos separar nuestra personalidad. Es la identificación total de nuestro yo con esas perversidades que nos ahogan.

No hace mucho una amiga me contaba lo mal que lo pasaba en su adolescencia y juventud con la educación religiosa que había recibido. Todo era pecado y tenía que acudir angustiada al confesionario para confesar una y otra vez los mismos pecados, de pensamiento y deseo claro, nunca llegaba a los de obra. En broma, le hice una examen de conciencia por los 10 mandamientos. Todo se reducía al sexto, naturalmente, a no fornicar. En cuanto al noveno, no incurría en desear a la mujer de su prójimo, pero pudiera ser a el marido de su prójima. Pero con los años se había liberado de esa tortura. En la misma línea de humor, le pregunté si ya pecaba libremente.

Sorprende la facilidad con que excusamos nuestros propios fallos. Tenemos disculpas rápidas para nuestras malas acciones. Me dejé llevar, yo no creía, todos los hacen… ¿Cuántos actos, deseos, palabras, llevan la impronta del mal?¿Quién puede decir que es inocente, o sea que no sabe, que no hace daño? Puede que no hayamos asesinado ni robado con violencia.  ¿Pero nunca hemos  humillado a a otra persona o  la hemos empleado como medio para nuestros fines? ¿O hemos pasado indiferentes ante su sufrimiento? ¿Cuántas veces nuestras palabras, nuestras sonrisitas,  de incomprensión, desprecio o mofa han herido a nuestros semejantes? ¿Las hemos proferido en arrebatos de ira o de soberbia? ¿Nos hemos dejado de llevar del sentimiento de odio?  ¿Y las veces que hemos callado cuando teníamos la obligación de hablar? ¿De verdad cumplimos nuestros deberes fiscales o buscamos las trampas para eludirlos? ¿Aceptamos sin rechistar este sistema injusto -el neoliberalismo- aprovechándonos de sus ventajas, y nos hacemos cómplices del mismo por no resistirlo? ¿No caemos en sus trampas del consumismo compulsivo? ¿Me niego a aceptar que lo que me sobra no es mío, sino de quien lo necesita? Si analizo mi conducta y sus fallos, ¿no veré que la causa de los mismos están en el miedo, el afán de comodidad y el egoísmo?

Esos y otros parecidos en la misma línea son nuestros fallos -o pecados como prefiramos llamarlos- más frecuentes. Puede resumirse simplemente en no amar.  De ahí el craso error de quienes los reducen a cumplir unos determinados ritos o prescripciones arcaicas. ¿De qué sirve darse golpes de pecho y alardear de ser estrictos cumplidores de los mismos, si luego no nos hacemos prójimos de quien nos necesita? De ahí el error funesto de clasificar a las personas en buenas o malas, de juzgarlas arrogándonos una función judicial que no nos corresponde. “No juzguéis y no seréis juzgados”, se nos enseñó. Cosa distinta es no tener clara la divisoria entre el bien y el mal en las circunstancias concretas en que nos encontremos. Pues haberla, hayla.

Por eso la memoria de lo que hemos hecho y el arrepentimiento es necesario. No para encerrarnos en el pasado, sino para comprometernos para no incurrir de nuevo en tales maldades y a reparar, en lo posible, el daño causado. Necesitamos el Perdón. Para los seguidores de Jesús, la confianza en su Abbá es una garantía. Debemos aceptarlo, -¿no será el no hacerlo el auténtico pecado contra el Espíritu?-  Y a su ejemplo perdonar sinceramente a quienes nos hayan ofendido.  Los no creyentes no tienen cerrado el camino para su sanación. Han de perdonarse a sí mismos y perdonar a los demás. ¿Cómo podríamos, unos y otros, vivir en paz sino es través de esa fuerza sanadora del perdón?

Pero debemos ser conscientes de nuestra fragilidad. De nuestra torpeza para tropezar una y mil veces en la misma piedra. ¿Se entiende ahora la súplica final del Padrenuestro que nos enseñó Jesús: “no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal”? Podemos volver a caer los pecadores perdonados, pero podemos erguirnos de nuevo y proseguir nuestro camino. ¿No es esa la vida humana responsable?.

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