No existe una única ideología de género. Hay algunos con mala fe pero la mayoría por ignorancia que hablan de “la” ideología de género, como si sólo hubiera una. Lo mismo que los sociólogos hablan de los nacionalismos banales, para hablar de los triunfantes que se articulan en un Estado -y que son asumidos sin darse cuenta por quienes los aceptan-, hay una ideología banal de género, la patriarcal que sostiene que es la pura biología, el ser macho o hembra, quien determina rígidamente los roles a desempeñar por cada género y sus características psicológicas. Cualquier tendencia o legislación que intente anular esa radical diferenciación es antinatural, un pecado en términos eclesiales. A la mujer, le compete sólo el cuidado del hogar y la crianza de los hijos. El espacio público es propio del varón. De ahí, que la posición de la mujer deba ser inferior y sometida a la del varón.

Simone de Beauvoir sintetizó en fase lapidaria la formulación feminista. No se nace mujer, sino que llega una a serlo. La construcción del género es debida a la cultura. La pura biología marca en forma mayoritariamente segura el ser macho o hembra. Pero, a partir de ahí, cada sociedad señala lo que constituye el ser hombre o mujer. No se me oculta que existen algunos planteamientos radicales que señalan que la elección del género es cuestión de libre albedrío. Pienso que son erróneos esos planteamientos. Hay unos límites, biológicos y sociales, que nos señalan una ruta. A partir de ellos y gracias a ellos, podemos construir nuestro género, llegar a ser hombre o mujer. No es algo instantáneo, sino un proceso más o menos largo. Los varones solemos tardar más,

Las luchas feministas, a partir del siglo XIX, se rebelaron contra la lógica patriarcal. La lucha continúa. Ni son todas las mujeres las que están embarcadas en ella. En Occidente se consiguió la igualdad ante la ley. Pero la discriminación sigue en muchos terrenos. Y puede que haya habido retrocesos importantes en la vida social. Las técnicas más refinadas del neoliberalismo y el manejo emocional de la publicidad, para convertirnos en sujetos consumidores compulsivos tienden a convertir a las mujeres en instrumentos poderosos de esa manipulación.

La emancipación del trabajo femenino fuera del hogar ha convertido a muchas de ellas en máquinas agobiadas por una doble jornada. La conciliación de horarios y el desempeño conjunto de las tareas del hogar por ambos es todavía una utopía. Las condiciones del trabajo basura y precario, mayoritario, por turnos imprevistos, diurnos o nocturnos, la alejan desgraciadamente. Los escándalos que no disminuyen de agresiones sexuales, de violencia de género, de feminicidios constantes, de trata de blancas, nos revelan una realidad lacerante. La diferenciación salarial por género en igualdad de trabajo es una constante. Los puestos de mando en toda clase organizaciones, civiles o eclesiales, están copadas total o mayoritariamente por varones.

La ideología de género dominante, la patriarcal, sigue vigente. Una minoría de varones se beneficia directamente de esa explotación. Pero la mayoría del género masculino aprovecha esta situación y con su complicidad la perpetúa. Y no faltan las mujeres que la aceptan; algunas de ellas, por herencia o con astucia, escalan puestos de dominio y no dudan en aplicar las reglas del sistema. Es que hay muchas ideologías de género y varios feminismos. ¿Puede separarse la cuestión femenina de la social y la suerte del planeta?.

Más de un pensador afirmó que no puede ser libre mientras un haya un sólo esclavo en la tierra. ¿Podremos los varones liberarnos, llegar a ser varones auténticos sin reconocer a las mujeres, nuestras hermanas, personas como nosotros y no meros objetos de nuestro deseo o capricho?. ¿Nos atreveremos a asumir nuestra ánima, nuestra parte femenina, nuestra capacidad de ternura?. Sólo mujeres libres pueden ayudarnos a ser varones completos. He de confesar que en mi  vida he tenido el privilegio de tropezarme con varias mujeres de índole. Gracias a ellas, he llegado a ser el varón que soy hoy.

Para quien aspira a ser seguidor de Jesús de Nazaret,  su ejemplo nos marca el camino. ¿Cómo trataba a María de Magdala y a las otras mujeres que formaban parte del grupo itinerante de sus discípulos? ¿Qué imagen de Dios como varón terrible quisieron inculcarnos para amedrentarnos cuando en la Biblia al amor del Dios único por los humanos se le designa con la misma palabra hebrea que al útero femenino? ¿Qué miedos atenazan a esos jerarcas eclesiales que ven a “la” ideología de género como una mal gravísimo? ¿No se darán cuenta de que defienden otra ideología, la patriarcal?

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