Una de las definiciones que suelen darse del ser humano, junto a las de faber y loquens, es la de ludens. No sólo somos capaces de elaborar artefactos, cada vez más complicados y de hablar, hasta alcanzar la elaboración del pensamiento abstracto, sino también la de jugar. Cierto que los cachorros de muchos animales, entre ellos claro nuestros parientes más cercanos, los simios, juegan. Pero en nosotros esa capacidad puede prolongarse en la edad adulta. No ha muerto ese niño que fuimos algún día y que llevamos dentro y de cuando en cuando le dejamos que salga al exterior. Cierto que hay quienes o lo han matado o lo tienen aherrojado; y así viven malhumorados, amargados y amargando a los demás.

Jugar es una actividad gozosa. No busca premios ni competir. No tiene más finalidad utilitaria que el pasarlo bien. Todo lo más la honrilla de una inocente partida. Cuando, con ese ánimo son varias personas las que juegan se crea entre ellas una camaradería, preludio de una amistad sincera. Lo malo es cuando se mercantiliza, cuando se gana o pierde dinero con ello. Así se ha creado una poderosa industria del juego, fábrica de innumerables adicciones que ha llevada a la ruina de muchas personas y familias.

Los humanos usamos también palabras para comunicarnos. Podemos ser esclavos de ellas o dominarlas. No hemos creado el lenguaje, lo hemos heredado. Pero hemos de apropiarnos de él, hacerlo propio, elaborar nuestra propia habla. Al actuar así recogemos una tradición y en parte la traicionamos. Y con ese habla nos comunicamos. Esa interrelación con otros hablantes fructifica en la creación de nuevos vocablos, en la alteración de su significado original. Por eso, es tan interesante conocer el origen etimológico de las palabras. Son como un árbol, cuyas raíces están ocultas pero que lo sustentan y alimentan. La raíz de una palabra entraña un significado que quizá lo hayamos perdido conscientemente, pero que está ahí posibilitándola. Hay palabras que se parecen mucho a otras y que al guardarse en las sinapsis de la memoria contiguas por su proximidad fonética, adquieren un parentesco involuntario más real. Pensemos en humor y amor. ¿Cabe un amor profundo  sin entreverarse con el humor? ¿Y el humor, clave del juego, no debe estar presente en los juegos amorosos para no caer en la rutina anquilosante?

Las palabras no suelen tener significados unívocos. Admiten normalmente varios que sólo se aclaran por el contexto. Sin  contar con que el juego con ellas puede dar lugar a chistes, bromas o engaños dolosos. El pronombre posesivo “mio” puede entenderse literalmente: “la maté porque era mía”, expresión bárbara de un machismo absorbente y celoso. O indicar un relación de un cariño de proximidad: mi amada, mis hijos, mis nietos, no reñido con el respeto a su autonomía. Con el “nosotros” ocurre algo similar. Puede servir para señalar una relación excluyente que marca una diferencia con los otros, los extranjeros, los diferentes. O en sentido mas humanizante, indicar la pertenencia a un grupo abierto, capaz de integrarse armónicamente en otros nosotros más amplios y de que algunos o varios de sus miembros puedan pertenecer, sin reparos, a otros nosotros distintos.

Las palabras, el lenguaje en general, son un símbolo de la realidad. Sirven para trazar un mapa para orientarnos dentro de ella. Lo que no debemos hacer nunca es confundir el mapa con el mundo real. El significante con lo significado. Porque si quisiéremos prescindir de ese engaño, nos podría ocurrir lo que cuenta la leyenda de aquel emperador chino que quiso tener un mapa real de su imperio; el cartógrafo cumplió su deseo: el resultado fue otro imperio.

Una forma de expresar lo indecible son los balbuceos, las metáforas que intentan llevar al corazón de quienes las oyen o leen el sentido de una verdad, de una belleza inefable. Los poetas- y es que, como dijo alguien, la poesía es la música del pensamiento- son maestros en ese arte de comunicar. De ahí el deleite que sentimos con sus versos, Nos transportan a una meta-realidad que puede ayudarnos en la búsqueda de sentido en la vida, que a veces se nos presenta como un cruel absurdo.

Cierto que con las palabras se puede jugar a herir. ¡Cuántas veces se emplean para mofarse de sentimientos religiosos, ridiculizando símbolos que para ciertas personas son sagrados! ¿Sobre quién cae la baba blasfema lanzada al cielo? Algunos responden que con los musulmanes tienen más cuidado, pues les tienen miedo. ¿No suena esta respuesta a añoranza de las hogueras de la inquisición? ¿No revelan estas mofas la ignorancia de quienes las usan pues confunden el símbolo con el Misterio al que aluden? ¿Todavía no se han enterado de los verdaderos símbolos del Abbá de Jesús no son animales o esculturas, sino los rostros sufrientes de las víctimas?

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