En los trenes antiguos del norte de España que conocí en mis años infantiles y juveniles, había vagones de 1ª, de 2ª y de tercera. Variaban, como es lógico, en el precio de los asientos y en la comodidad de los mismos. Los estudiantes viajábamos, claro, en los últimos. Cuando empecé a viajar hacia el sur, me encontré que sólo había dos clases. Abajo, se limitaban a distinguir entre los adinerados y la plebe. Entre los seres humanos hay quienes llevan vida de primera, otros de segunda y luego están los que se encuentran en el vagón de cola, los absolutamente prescindibles, los desechos de la humanidad. 

A menudo, vemos a personas que nos parecen descollar entre los demás por sus cualidades excelsas, sean intelectuales, de laboriosidad, de dominio de las artes, en el campo de los deportes, etc… Últimamente hay toda una industria del famoseo que nos presentan como modelos a individuos de todos los sexos, maestros en zafiedad e impudor. Lo peor de esto último es que haya gente que los jalee y los tenga como ejemplos a imitar.

Tendemos a ver como gigantes a esas personas que consideramos aureoladas de un carisma especial. No solemos apreciar que si son gigantes en algo pueden ser enanos en otros aspectos de su vida. Junto a virtudes excelsas pueden reunir vicios o carencias que deslucen su brillo.  De ahí, aquel dicho de que no hay persona importante para su ayuda de cámara. Los gigantes tienen también piés de barro, como todos los mortales.

Acabo de leer un breve ensayo de un maestro intelectual indudable que es George Steiner. He aprendido y me ha desilusionado a la vez. He descubierto que es más erudito que sabio. Se titula FRAGMENTOS. Se basa en el hallazgo ficticio de un pergamino dañado por el fuego, atribuído a un supuesto moralista y retórico del siglo II antes de Cristo.

“Cuando el rayo habla dice oscuridad. El destello del relámpago manifiesta tanto su presencia como la de la oscuridad que lo circunda, vuelve visible la noche, mientras el sonido delinea el silencio…no puede haber luz sin oscuridad, oscuridad sin luz”.

Otro capítulo reza AMISTAD, HOMICIDA DEL AMOR. Aquí, a mi juicio, su razonamiento me revela una quiebra en la estatura de Steiner. Bastante común, pues ensalza con justicia el valor de la amistad y parece reducir el amor al sexo. Y que sólo es capaz de depurarse, cuando al reducirse la líbido se trueca en amistad. Al leerlo me ha venido a la memoria la anécdota, contada por uno de los protagonistas, de que al encontrarse dos filósofos, uno preguntó al otro: ¿sigues casado?. El interrogado contestó afirmativamente. Y el primero siguió inquiriendo: ¿con la misma mujer?. Claro, fué la respuesta. La réplica fué inmediata: ¡Qué falta de imaginación!.

EL MAL ES es el título del epígrafe con que Steiner revive el viejo tema de su existencia y de sus causas. ¿Es sólo carencia del bien? ¿Cuáles son sus causas”. ¿La manzana de Eva, la caja de Pandora, la matanza de un animal totémico? ¿No existe además del mal proveniente de causas naturales, el debido a la perversidad humana? ¿Está inserta en nuestros genes o es aprendida? ¿Puede existir un Dios a la par omnipotente y bueno que lo produzca o lo consienta? Eternas preguntas que preocupan a todos lo pensadores a lo largo de  la historia. Un erudito las plantea. Un sabio desciende a la arena del sufrimiento y lucha por disminuirlo o atenuarlo, no se hace con su inactividad cómplice del mismo. Si es seguidor de Jesús, tiene a la vista la Cruz y está comprometido a desclavar a todos los crucificados de la tierra, junto a todas las personas de buena voluntad.

Quizá son los achaques de su avanzada edad, los que debilitan, además de sus fuerzas físicas, su capacidad de extraer los aprendizajes que la serenidad de la ancianidad propicia. Diríase que se limita a esperar el desenlace de su existencia o a propiciar que se lo adelanten, si se ve totalmente incapacitado. Un pregunta se me plantea: ¿ama Steiner la vida, la ha amado, a pesar de sus amarguras y desazones? ¿Qué relato se ha hecho de la misma para no encontrarle  ningún sentido? ¿No rezuma un pesimismo desesperanzado, para sí y toda la humanidad? Y conste que, como lector devoto, he reconocer que con él he aprendido mucho.

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