Releer a los clásicos, nuestros maestros intemporales, es un ejercicio placentero que nos permite, desde nuestras raíces, volar creativamente. Uno de ellos, todavía viviente es George Steiner, con una ancianidad envidiable por su mente lúcida. Su breve ensayo LA IDEA DE EUROPA es manantial para fecundas reflexiones.

Steiner encuentra cinco claves para comprender Europa. La primera, los CAFÉS, “desde el favorito de Pessoa en Lisboa hasta los de Odesa…desde los de Copenhague ante los cuales paseaba Kierkegaard en sus concentrados paseos hasta los mostradores de Palermo. No hay cafés ni primeros ni determinantes en Moscú que es ya un suburbio de Asia”. La especificidad del mundo anglosajón se refleja en esa ausencia de cafés, tienen los pubs donde sólo se bebe y come, pero no se conversa. ¿No serán los cafés, herederos del ágora ateniense?. “El café es lugar para  la cita y la conspiración,  el debate intelectual y el cotilleo, para el poeta y el metafísico con su cuaderno. Está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Un café, una copa de vino… proporcionan un local en el que trabajar, soñar, jugar al ajedrez o simplemente mantenerse caliente todo el día…Mientras haya cafés, la idea de Europa tendrá contenido”.

Europa ha sido y es paseada. Es sus CAMINOS. “La cartografía de Europa tiene su origen en las capacidades y en los piés humanos, en lo que se considera son sus horizontes. Los hombres y mujeres europeos han caminado por sus mapas, de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. La mayoría de las veces, las distancias poseen una escala humana, pueden ser dominadas por el viajero a pié”, peregrinaciones a Compostela, a Roma, romerías, en solitario o en compañía. “Este hecho determina una relación entre la humanidad europea y el paisaje. Metafóricamente -pero también materialmente- este paisaje ha sido moldeado, humanizado por piés y manos. Como en ninguna otra parte del planeta, a las costas, campos, bosques y colinas de Europa desde La Coruña hasta San Petesburgo, desde Estocolmo hasta Messina, les han han dado forma no tanto el tiempo cronológico sino el humano e histórico… Al viajero nunca le parece estar muy lejos del campanario del pueblo próximo… Las bellezas de Europa son totalmente inseparables de la pátina del tiempo humanizado.” Así  la enorme diferencia con América y todavía más con África y Australia. Son espacios inmensos, imposible ir a pié de una ciudad a otra.

Otra característica europea que marca una diferencia enorme con  Estado Unidos salta a la vista: los nombres de las calles. En USA  suelen ser principalmente números, en menor medida de árboles, o de orientación. Este el tercer elemento clave para entender Europa: los NOMBRES DE LAS CALLES. “Las calles, las plazas, recorridas a pié por hombres, mujeres y niños europeos, llevan centenares de veces nombres de estadistas, militares, poetas, artistas, compositores, científicos y filósofos. …Con gran frecuencia, el rótulo de las calles no sólo lleva el nombre ilustre o especializado,  sino las fechas relevantes y una descripción sumaria…Releer los rótulos de sus calles es hojear el pasado presente.”. Incluso, a veces, una placa sobre la pared de una casa identifica el lugar donde se piensa que nació o  vivió un personaje ilustre. “Hay un lado oscuro en  esta soberanía del recuerdo. Las placas fijadas a tantas casas europeas…conmemoran también siglos de matanza y sufrimiento, de odio y sacrificio humanos…Un europeo culto queda atrapado en la telaraña de un in memoriam luminoso y asfixiante”. Eso es precisamente lo que Norteamérica rechaza. Es la tierra de la amnesia colectiva, de la ideología del amanecer y la futuridad.

El cuarto axioma es una dualidad: la DOBLE HERENCIA DE ATENAS Y JERUSALÉN. Esta relación, a la vez conflictiva y sincrética, es tratar de negociar, moralmente, intelectualmente y existencialmente los ideales y aseveraciones rivales, la praxis de la ciudad de Sócrates y la de Isaías”. Los humanos somos capaces de las mayores abyecciones y crímenes, pero a vez hemos generado tres ocupaciones de una dignidad totalmente trascendente. “Son la música, las matemáticas y el pensamiento trascendente en el cual incluyo la poesía, cuya mejor definición es música del pensamiento”. Y estas tres áreas fueron desarrolladas decisivamente en Atenas. Y de su herencia hemos vivido hasta ahora. Pero nuestro destino brota, no en menor medida de Jerusalén. “El desafío monoteísta, la definición de nuestra humanidad en diálogo con lo trascendente, el concepto de un Libro Supremo, la idea de la ley como algo inseparable de unos mandamientos morales, nuestro mismo sentido de la historia como un tiempo orientado a un propósito, tienen su origen en la singularidad y dispersión, tan enigmáticas de Israel”.  Sin la Biblia y sus efectos, no se entiende la cultura europea.

La AUTOCONCIENCIA ESCATOLÓGICA es, al entender de Steiner, el último criterio para entender la conciencia europea. Mucho antes de que se formulase el diagnóstico intelectual de la muerte de las civilizaciones, el pensamiento y la sensibilidad europeas han concebido para sí un final trágico. “Es como si Europa, a diferencia de otras civilizaciones, hubiera intuido que un día se hundiría bajo el paradójico peso de sus conquistas y de la riqueza y complejidad sin parangón de la historia”. “En alemán hay una palabra que no podemos traducir; cansado de la historia. Es una palabra muy extraña e inquietante”. “Entre agosto de 1914 y mayo de 1945, desde Madrid hasta el Volga, desde el Ártico hasta Sicilia. Se calcula que un centenar de millones de hombres, mujeres y niños perecieron a causa de la guerra, la hambruna, la deportación, la limpieza étnica. Europa Occidental y el occidente de Rusia se convirtieron en la casa de la muerte,  en el escenario de una brutalidad sin precedentes, ya sea la de Auschwitz ya la del Gulag. Más recientemente, el genocidio y la tortura han vuelto a los Balcanes. A la luz u oscuridad de estos hechos la creencia en el final de la idea europea y sus moradas es casi una obligación moral. ¿Con qué derecho habríamos de sobrevivir a esa inhumanidad suicida?.

Empezando el siglo XXI, nuestra paranoia suicida no ha  acabado. Los ataques terroristas, la codicia de los grandes mercaderes. Han exacerbado el miedo, lo nacionalismos chovinistas grandes o pequeños, la xenofobia. El drama de los refugiados, el Mare Nostrum convertido en un inmenso cementerio. El cierre de fronteras y la insolidaridad, han acabado de arruinar la matriz de Europa, su doble herencia griega e israelita. ¿Quiénes defienden hoy los Derechos Fundamentales de todas las personas?.

¿Cabe esperanza para la patria europea, para los ciudadanos europeos?. ¿Dónde encontraremos la luz, las raíces testimoniales que nos permitan encontrar una puerta de esperanza?.  Para mí hay que volver la mirada, escuchar los mensajes de aquel galileo que se llamó Jesús, de Francisco de Asís, y en la modernidad de Maximilian Kolbe. Es la vía del amor, del compartir y de la entrega a los demás. Y acabaré citando a tres grandes maestros de ética -Buber, Levinas, Jonas- que nos marcan un camino responsable de actuación partiendo del rostro sufriente y de cuidado de las generaciones futuras. ¿Será casual que los tres sean judíos?.

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